2ª ETAPA – CARDONA – LES VECES
La mañana amaneció brumosa y las ganas eran inmesas por todos los expedicionarios por comenzar a caminar. Las bromas fueron las notas dominantes en un fugaz pero nutritivo desayuno compartido en una amplia mesa en el patio de la pensión. A todos nos asaltabna las dudas de cómo responderíamos ante el primer reto de la travesía. En un principo la etapa se presentaba de apariencia suave, ya que el grueso de los Pirineos nos aguardaba en los siguientes días.
La recogida del equipaje a los coches se efectuó con cierta rapidez, y por supuesto no faltó la primera foto en equipo de esta jornada inaugural.
Nuestro primeros metros de marcha transcurrieron en un terreno esencialmente fácil, y casi vigilados por la imponente ciudad de Cárdona que surge al fondo del paisaje. La noche no nos permitió descubrir su monumentalidad, como ahora ya admiramos.
El camino fue distendido y sin grandes esfuerzos físicos transcurrió junto al río que rapidamente nos ofreció nuestros primeros hallazgos, lo que nos permitió detenernos en una pequeña ermita y un vistoso molino funcionando al compós de la corriente.
Proseguimos caminando junto al curso fluvial, y los vistosos rápidos a nuestra derecha nos anticipaban la entrada a una extensa llanura hasta llegar a el Revell, una pequeña localidad que flanqueamos a nuestra derecha, aunque Fernando y Eva no perdieron la oportunidad de buscar algún buen sitio para inmortalizarse digitalmente.
Una hora después, la marcha seguía siendo bastante buena, ya que ayudaba un sol que se resistía a aparecer, lo que nos invitó a nuestra primera parada técnica en una casa de payés, razonablemente cuidada, y en la que nos llamó sobradamente la atención el aljibe o pozo.
A continuación proseguimos por senda hasta llegar a Naves, donde visitamos exteriormente su iglesia y su reducido ayuntamiento, desde donde alcanzábamos a divisar el Castillo de Besora, punto final de nuestra etapa.
El GPS de Jesús funcionaba a la perfecciòn, y un bonito camino de pasto bajo serpenteado por unos árboles frutales fueron nuestros improvisados compañeros hasta la subida hacía la fortaleza, y que no resultó en exceso complicada, aunque ya antes nos habíamos parado para probar unas suculentas moras que nos ofrecía graciosamente la madre naturaleza.
El coche de enlace estaba aparcado junto a una pequeña iglesia, de modo que aprovechamos para almorzar y recobrar fuerzas, de las cuales por lo visto estábamos sobrados, y el “comité de decisiones” prefirió adelantar algo màs de la próxima jornada que se intuía un poco más fatigosa.
Con Rita aproveché para visitar la parte alta de la colina donde se enclavaba una fortificación reconvertida en lujosa residencia y que impresionaba. Una reparadora siesta junto a la fuente de la iglesia me sirvió para desengrasar la guitarra que hacía tiempo no tocaba, y a la vista de Solsona al fondo del valle a la derecha, y que se divisaba desde la altura hice sonar unas respectivas soleares, bulerías y tanguillos, con el público de las cigarras del verano, que ya también afinaban su acústica porque el sol estaba en pleno auge, y el calor apretaba.
Dos horas después de haber descansado, y ya en plenas condiciones restablecidas, decidimos continuar una hora más, por un camino de subida de monte de pino, y que interrumpió abruptamente lo que parecía un apacible paseo cuando el GPS nos indicaba una dirección hacia la altura en campo a través. La otra cara de la travesía nos tocaba sufrir con una subida en progresión constante y sin sendero o via definida, lo que nos obligó a las bravas a cruzar matorral, pino y zarzales. Una penosa andada que llevábamos peor los que marchábamos con piernas descubiertas, agudizando este particular castigo durante un tiempo que parecía nunca acabar, aderezado por los constantes sudores que nos regaban todo el cuerpo. El tío Javier salió peor parado en estas circunstancias, con unas líneas rojas que brotaban desde sus rodillas, pero no le impidió seguir sin problemas.
Una torre electrica significó el fin del esfuerzo ya que nos aupó hasta el asfalto de la carretera, que sin mayores problemas nos llevó hasta el final de etapa en Les Veces. Un recodo en una carretera poco transitada, junto a las ruinas de una masía.
A las pocas horas montamos nuestro campamento, el frío nos atenazaba conforme avanzaba la noche y nos recordaba los sufrimientos de nuestro abuelo descrito en las memorias, en todas las vigilias que tuvo que pasar al raso en los rigores del Noviembre del 1937.
Tras una fugaz cena, como las Perseidas que veíamos pasar, pasé a realizar unas llamadas telefónicas mientras esperaba el regreso de los compañeros de los coches que habían estacionado el vehículo en el final de nuestra siguiente etapa en el monasterio de Lord. Unas horas de espera, pero al final llegaron sin novedad por lo que decidimos recogernos a descansar en las tiendas. Habíamos logrado cubrir el primer día sin novedad.
3ª ETAPA - LES VECES – MONASTERIO DE LORD
No costó desperezarnos tras la primera experiencia en tienda de la travesía. Nuestros acomodados cuerpos acostumbrados a los lechos de colchones y cojines, no asimilaron bien el cambio en general, pero todos asumíamos la implicación física de la travesía en cuanto nuestro abuelo Eduardo durmió en más penosas circunstancias, empeorado por la lluvia y la nieve que le castigó durante todo el tiempo. No por ello estuvieron ausentes los gestos de los obligados estiramientos, y las extremidades en plena explosión del nuevo día, nos demoró un tanto en exceso el inicio de la nueva etapa, tras probar un desayuno de campaña frío compuesto por batidos, galletas y magdalenas, básicamente.
La alzada del campamento tampoco fue especialmente rápida, ya que la humedad había castigado las techumbres de nuestras tiendas durante la noche, lo que nos obligó a dejar que el helio astro, también remiso a su manifestación, hiciera su particular labor de secado antes de que nosotros concluyéramos un no menos trabajoso plegado final, en el siempre desconocido arte de recogida de las tiendas.
El primo Álvaro, médico de profesión, había instalado su consultorio particular para atender las primeras rozaduras y ampollas del camino. Con magistral precisión y rapidez fue atendiendo a sus pacientes, y sus manos serían tremendamente útiles a lo largo del viaje.
Dos horas después, a las tardías nueve de la mañana, comenzábamos nuestra segunda singladura rumbo a uno de los lugares más identificados en el diario, y que esperabamos con verdadera ilusión, el Monasterio de Lord, identificado en el escrito como San Lorenzo de Morunys.
Pese a la amenazante presencia del calor, que pretendía ser protagonista del día, los primeros kilómetros resultaron fáciles entre una carretera secundaria con cierta falta de mantenimiento, para desviarnos a continuación por una pista que nos condujo hasta L´Hostal de Guilanya, una rústica edificiación típica, una casa de payés flanqueada en su puerta de acceso por dos ruedas de carruajes, y justo enfrente de una charca donde las ranas populaban a sus anchas.
Marchábamos por la antigua ruta de sal usada desde tiempos antiguos, para extraer este elemento de lujo en las sociedades clásicas, y que en la zona era abundante por su riqueza, pero el recorrido no permitía para muchas ensoñaciones en el momento que nos tuvimos que salir del camino para comenzar una ascensión bosque a través y sin sendero a la vista, rememorando las imágenes selváticas del día anterior.
Y así fue, solo que con más duración, que comenzamos nuestra subida esquivando ramas, piedras, tallos espinosos y toda clase de género pinchante que nos volvió a deleitar con sus delicadas caricias punzantes en nuestras piernas y algunos rasguños con sangre, y en el que también hubo que atravesar alambrado, hasta que, dos horas extenuantes después, llegamos hasta la pista forestal del C-462, donde aprovechamos para efectuar una parada de descanso para recuperar fuerzas.
Confiábamos en que ya no tuvieramos que salir fuera de la senda, y a los pocos minutos lográbamos ver el Monasterio de San Lorenzo de Morunys, tal y como lo describía en el diario, situado sobre una meseta que se convierte en auténtica atalaya de dominio sobre toda la zona y con el pantano de Llosal del Cavall a sus pies. Sin duda resultó todo un estímulo para apresurar al paso, ya que no hay mayor estímulo para acelerar que el ver el objetivo de la etapa. Además, todo se hizo más fácil en cuanto la pendiente siempre tendía a la bajada, y aunque el esfuerzo resultaba menor, el cuidado no debía bajar de intensidad al tratarse de un terreno muy irregular, a veces con charcos de lluvias recientes, que nos castigaban con el paso de las horas tobillos y rodillas. Siempre que teníamos la oportunidad nos apartábamos en los recodos para tener la oportunidad de contemplar la bella estampa paisajística de la gran masa de agua del pantano en remanso bañando la base de la meseta del Monasterio. Sin duda un cuadro que deleitó nuestros sentidos.
El final de la bajada supuso un nuevo descanso, antes de proseguir por una de las partes que menos nos gustaban pero resultaban inevitables: la carretera que bordea el pantano, y que nos conduciría directamente hasta la población de San Lorenzo de Morunys donde pretendíamos degustar un almuerzo caliente, lo que espoleó nuestro ritmo. Poca gracia nos hacía compartir conversaciones y silencios con la desgradable sinfonia de los caballos de motor de un camión de carga de varias toneladas, o un vehículo diesel de última generación, y menos cuando nos vimos en la necesidad de traspasar varios túneles, y tragar algo de humo.
Unos kilómetros después nos sorprendió una caravana con unos mossos de escuadra al principio, y nos informaron que la carretera estaba cortada por motivo de un rodaje de un anuncio publicitario, cómo no, de un jeep. Un helicóptero que se dejaba ver, rodaba las tomas aéreas, y a los pocos minutos nos dejaron proseguir, lo que nos permitió seguir admirando la belleza de la misma fuente del pantano por donde atravesamos el puente del muro de contención.
El rodaje se retrasó por nuestra marcha imprevista de peatón, con la que no contaban sus responsables, y en cuanto traspasamos nuestro último tunel se preparó toda la maquinaria con cámaras, vehículo trucado y especialista incluido. Un kilómetro más alló observamos todo el circo del rodaje preparado en la que no faltaron jaimas de personal, remolques, caravanas, servicios de protección... es el valor de la publicidad del siglo XXI. Nos rompe el encanto del camino, pero rápidamente apareció la población de San Lorenzo de Morunys, en plenas fiestas por su patrón en la que colgaban farolillos y banderas por doquier. Nuestras energías escaseaban y llegamos sin más demora al Restaurante El Jardi que sirve a propósito para un merecido almuerzo en una terraza que se contagiaba del ambiente festivo de la localidad, aunque el primo Carlos había sufrido sobremanera en todo el recorrido al romperse la suela de sus botas, y no pierde un minuto para buscar una tienda para comprarse unas nuevas que consigue satisfactoriamente.
Las antiguas veteranas de Camino de Santiago no resistieron. Las mías, veteranas de viajes a distintos desiertos subsaharianos, se rompieron en Senegal en Navidades; las buenas artes de los zapateros africanos impidieron que terminara en chanclas, afortunadamente. Una locura arriesgarme para esta nueva prueba, pero esta vez también lograron resistir.
Por supuesto no faltó la inevitable siesta después de un generoso almuerzo sobre unos jardines muy bien cuidados, poco más abajo del restaurante. La población pequeña no ofrecía demasiadas alteraciones acústicas por el tráfico, y una excursión de jubilados de Arenys del Mar, algunos con ganas de hablar, nos turbó el sosegado descanso. A las dos horas continuamos nuestra subida al Monasterio, al que llegamos a las siete de la tarde tras un gran repecho final. Afortunadamente un teleférico montacargas nos alivió del peso de las maletas en la gran escalera de acceso que sirve de entrada.
Nos recibió con gran hospitalidad el padre Juan de Urban, con quien tuve la oportunidad de hablar en los últimos meses, para efectuar la gestión de albergarnos. Las atenciones fueron máximas por el prior del lugar donde nuestro abuelo Eduardo estuvo refugiado varios días después de unos primeros momentos marcados por el frio y la lluvia, que provocaron síntomas de fiebre, y que le impidió seguir avanzando con el resto de sus compañeros. Así tuvo que permanecer hasta que finalmente se pudo incorporar en la siguiente expedición de fugitivos. Su larga estancia le brindó la oportunidad de efectuar en el diario una descripción somera de todo el complejo del monasterio cuya iglesia fue incendiada, pero que pudo acogerse en la parte de la hospitalería.
El padre Juan de Urban nos colmó de atenciones en todo momento. El grupo fue llegando por partes, ya que cuatro tenían que hacer los relevos de los coches de apoyo, en preparación para la etapa del día siguiente. Los afortunados que llegamos primero, tenemos la ocasión de disfrutar de unas estancias muy cuidadas, con su cuarto de baño y camas con sábanas limpias. Todo un lujo, y muy bien recibido tras el duro camino recorrido. Por las ventanas de este tercer piso se descubría un espectacular paisaje de todo el valle con el embalse azulado a nuestros pies. El sol de verano moría en un precioso crepúsculo, y nos pintaba una de las estampas más visuales del viaje.
Al rato se nos incorporó María y el tio Nani y, a la espera de los dos restantes del grupo que nos faltan, el padre Juan de Urban se nos ofrece como guía para mostrarnos todas las dependencias. La visita obligó a presentar nuestros respetos a la imagen de la Virgen de Lord, de gran devoción por la zona, y cuya festividad es cada 8 de Septiembre.
Nos explicó las visicitudes que transcurrieron durante la Guerra Civil, donde fueron quemados todos los retablos del templo salvo el de San Pablo, perseguidor de los cristianos en plena empatía del santo con los salteadores, que finalmente respetaron los inciendarios. La figura de la Virgen de Lord se salvó ya que días antes algunos lugareños la escondieron temiendo su profanación. La estratagema no duró mucho, ya que fue descubierta poco después, y trasladada como botín de guerra hasta Solsona, donde al final del conflicto fue recuperada junto con otras piezas artísticas, expoliadas en un camión abandonado rumbo a Francia. Muchos lo atribuyen a intervención divina.
El padre Juan, un tarraconés de fe sencilla e inquebrantable alabó siempre en sus comentarios la intercensión de la Madre de Dios en su advocación de Lord para guiar siempre los bienaventurados pasos del Monasterio. El segundo fue la recuperación de un edificio que mostraba signos de ruina a principio de los años 70, donde la providencia llegada del padre Jordana, con sus pocos utensilios permitió rehabilitar la construcción.
Los ojos de nuestro guía mostraban su brillo del proceso seguido para convertir el Monasterio en un lugar tan restaurado, y que tuvo su día grande hacía escasos meses cuando el joven obispo de Solsona celebró la misa con la iglesia recien restaurada, a donde acudieron los fieles y todas las fuerzas vivas de la regiòn.
Poco después llegaron el resto de expedicionarios, el primo Marcos y el tio Javier, tras un aparatoso periplo para dejar el vehículo en el final de la siguiente etapa en Molins de Fornols. Pero antes, el padre Juan nos introdujo en el comedor donde una suculenta y preparada cena nos esperaba para ser degustada. Las expresiones de asombro se dejaron oir en la amplia sala, al ver los suculentos platos preparados y su perfecta disposición. Tras bendecir la mesa, nos despedimos del padre Juan de Urban, no sin antes obligarle a compartir el desayuno con nosotros a la mañana siguiente. Resultó una cena magnífica donde nuevamente pusimos en común todas las vivencias -que no fueron pocas- de aquel día que ya concluía para retirarnos, una vez bien recogido todos los platos y los utensilios, a nuestras habitaciones.
No pude menos que pensar que la gran prueba de nuestro abuelo pudo realizarse gracias a este concepto tan inusual en los tiempos de hoy llamado generosidad. Jamás podremos olvidar la entrega y disposición de este buen hombre de Dios, el padre Juan de Urban.