Cada año echo "menos de menos" el Carnaval. Y bien, el año pasado os enseñé algunos disfraces de mi infancia y este año os muestro que de casta le viene al galgo... mi abuela, mi madre y mi tío (y hasta Pancho, el perro que me salvó la vida) han disfrutado de sus disfraces. Mi tío, de hecho, hasta ganó un premio... vestido de romano. Desafortunadamente la foto en la que posa con su certificado no la tengo, aunque sí algunas del desfile.
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domingo, 10 de febrero de 2013
Y otra vez es Carnaval...
Todos los años veo en directo a través de Canal Sur la retransmisión de la Final del Concurso de Agrupaciones del Gran Teatro Falla, pero lo cierto es que este año estaba tan cansada que para cuando me quise dar cuenta y tenía los ojos cerrados...
Cada año echo "menos de menos" el Carnaval. Y bien, el año pasado os enseñé algunos disfraces de mi infancia y este año os muestro que de casta le viene al galgo... mi abuela, mi madre y mi tío (y hasta Pancho, el perro que me salvó la vida) han disfrutado de sus disfraces. Mi tío, de hecho, hasta ganó un premio... vestido de romano. Desafortunadamente la foto en la que posa con su certificado no la tengo, aunque sí algunas del desfile.
Queda totalmente prohibido el uso de cualquiera de estas fotos, de mi álbum personal.
Cada año echo "menos de menos" el Carnaval. Y bien, el año pasado os enseñé algunos disfraces de mi infancia y este año os muestro que de casta le viene al galgo... mi abuela, mi madre y mi tío (y hasta Pancho, el perro que me salvó la vida) han disfrutado de sus disfraces. Mi tío, de hecho, hasta ganó un premio... vestido de romano. Desafortunadamente la foto en la que posa con su certificado no la tengo, aunque sí algunas del desfile.
lunes, 31 de diciembre de 2012
No es la película, es la canción
A pesar de todo, también lloro. Cuando pelo cebollas. Cuando las lentillas me molestan. Cuando se me mete algo en el ojo o pineso en grandmère.
Y casi cada año, lloro en Nochevieja. O mejor dicho, a unos segundos de inaugarar el nuevo año. No es por los que no están, ni por los que no estarán el año que viene o los que se quedan aquí. No es por el momento "abrazos y besos" ni por las uvas que nunca tomé (es que soy más de aceitunas), ni por los tiempos pasados que probablemente ni siqueira fueron mejors.
Lloro porque en el peor de los casos, lo primero que suena -con los fuegos artificiales y el Big Ben y el London Eye de fondo- es el Auld Lang Syne, una canción que me produce pavor.
Diréis que eso es una estupidez, pero he descubierto que hay varias canciones que de pronto liberan los posos más profundos de mis conductos lagrimales.
Esta canción en España se asocia a las despedidas. Yo la asocio invariablemente al último día de clase, cuando la monja o profesora de turno nos hacía cantar el "llegado ya el momento de la separación".
Y supuestamente no es una canción triste, pero para mí lo es. No por ser la canción que se oye de fondo en It's Wonderful Life. No es la película, es la canción, con letra del poeta Burns y música de la viaja tonada folclórica Roud:
Should Old Acquaintance be forgot,
and never thought upon;
The flames of Love extinguished,
and fully past and gone:
Is thy sweet Heart now grown so cold,
that loving Breast of thine;
That thou canst never once reflect
On Old long syne.
- CHORUS:
- On Old long syne my Jo,On Old long syne,That thou canst never once reflect,On Old long syne.Tradicionalmente se canta al final de las reuniones de Nochevieja, es decir, al acabar la fiesta en Escocia y en los paises anglosajones. Aparentemente todos se cogen de la mano a la persona más cercana formando un círculo y al final del último verso todo el mundo cruza los brazos sobre el pecho, de modo que la mano derecha busca al vecino de la izquierza y viceversa. Luego todos se unen en el centro del círculo, aun con las manos asidas. Y luego se reestablece el círculo y la gente se da la vuelta para quedar con la espalda al centro... aunque esto, amigos, no lo he visto hacer en la vida y creo que en vez de llorar me entraría la risa, como cuando veo una sardana.Y en otros países simboliza en final y el nuevo comienzo, incluyendo las despedidas, en funerales y memoriales por los fallecidos, o en graduaciones. Vamos, que es una cancion multiusos.Y a mí, simplemente, no me gusta nada.
En cualquier caso, vosotros seréis menos "rarit@s" que yo. FELIZ ENTRADA DE AÑO!!!!
domingo, 23 de diciembre de 2012
Las fotos navideñas del cole
Navidad. Llegan las festividades e imagino que esta tradición de fotografiar a los alumnos (previo pago) en el colegio, aún sigue vigente, al menos en la E.G.B. Oh, sorry. Ahora ya no se llama así . Primaria, imagino. Es igual.
Mi madre ha sido la madre de los berrinches, entre otras cosas. Ya no le valía que ese día te peinara y te vistiera como ella quería, con esa ropa "de los domingos" con la cual rezabas que nadie te viera... con ese pelo extra peinado que levabas la sonrisa en la boca porque si cerrabas los labios te estallaba la goma... con esos zapatitos de charol que eran de principios de invierno y ya te aprietan y que no se te ocurra ensuciarlos (a pesar de que nunca salían en al foto!) porque te cae un capón más gordo que un pavo de navidad...
Luego, naturalmente, están esos consejos de madre: "no sonrías con la boca abierta, que te faltan dos dientes y queda feo". "No salgas seria, que parece que estás enfadada". "Quítate las gafas que te hacen fea". "Ponte las gafas que como no ves bien, sales con la mirada perdida".
¿Conclusión? Mi madre acababa siempre a gritos cuando recibía las fotos. Como nos la hacíamos mi hermana y yo juntas desde ella que se unió al colegio, si no fallaba en olvidar los consejos, una era la otra. O las dos al unísono, pero en cualquier caso, he aquí los resultados...
Esta es mi primera fotografía-felicitación escolar, así que imagino que debe ser de 1974-1975 (4 años):
Mi madre ha sido la madre de los berrinches, entre otras cosas. Ya no le valía que ese día te peinara y te vistiera como ella quería, con esa ropa "de los domingos" con la cual rezabas que nadie te viera... con ese pelo extra peinado que levabas la sonrisa en la boca porque si cerrabas los labios te estallaba la goma... con esos zapatitos de charol que eran de principios de invierno y ya te aprietan y que no se te ocurra ensuciarlos (a pesar de que nunca salían en al foto!) porque te cae un capón más gordo que un pavo de navidad...
Luego, naturalmente, están esos consejos de madre: "no sonrías con la boca abierta, que te faltan dos dientes y queda feo". "No salgas seria, que parece que estás enfadada". "Quítate las gafas que te hacen fea". "Ponte las gafas que como no ves bien, sales con la mirada perdida".
¿Conclusión? Mi madre acababa siempre a gritos cuando recibía las fotos. Como nos la hacíamos mi hermana y yo juntas desde ella que se unió al colegio, si no fallaba en olvidar los consejos, una era la otra. O las dos al unísono, pero en cualquier caso, he aquí los resultados...
Esta es mi primera fotografía-felicitación escolar, así que imagino que debe ser de 1974-1975 (4 años):
Esta es la que le sigue y a partir de ahí no estoy muy segura de haber colocado algunas cronológicamente...
Mi madre odia esta foto: yo estoy mirando no se sabe a qué y comi si estuviera ap unto de echar a llorar, y mi hermana parece estar perdida y acojoná... a saber lo que nos estaba diciendo el fotógrafo pero yo tragaba saliva por si las moscas... Obsérvese el frío siberiano que debía haber en Cádiz en esos años porque juro que nunca más he llevado cuello alto y mucho menos un jersey debajo de uno de lana pura de oveja (tejido por mamá) que parece bien gordo...
Claro, así pasa lo que pasa, que "mamá" dice que más nos vale sonreir, que la foto se la van a cobrar igual y luego nos echa la bronca porque mi hermana parece el doble del conejo de Duracel y yo parezco pazguata... Eso sí, parece que este Diciembre hacía mejor tiempo y aunque los vestidos son a juego y hechos por mamá, nos han dejado quitarnos las rebequitas... (rosa fucsia si no recuerdo mal, de una lana superpicajosa)
Lo que nos lleva a otras Navidades, y otro mal trago. Juro por Dios que prefería al ATS que venía a ponernos las vacunas una vez al año que al maldito fotógrafo... Mi hermana vuelve a hacersurcos en el suelo con las palas y yo me acabo de enfadar y otra foto que mi madre no se atreve a enseñar... Si no me hubiera comprado unas gafas tan horibles, a lo mejor me habrían quedado ganas de sonreir...
Volvemos al invierno siberiano y esas lanas gordas-regordas!
Aquí ya me lo tomo con filosofía. Hago un tímido intento y me quedo tan pancha. Mi hermana sigue haciendo lo que le da la gana...
Viva el calentamiento global. Seguimos usando vestiditos idénticos, mi hermana y yo, pero con manguita corta. Creo recordar que las rebequitas a juego eran de color crudo...
Este año nos han puesto hasta mesita... parece que mi madre quedó más contenta con nuestro intento... auqnue caras que no se pueden cambiar...
¿De verdad mi madre pensaba que un jersey de marcianitos para mi hermana combinado con una falda escocesa (previamente mía) era una buena cmbinación para una foto...? ¡Con razón salgo medio descojonada, si es que rezumo mala idea por todas partes!
Yo odiaba ese jersey de lana... era de color perla con hilos plateados que picaban patosusmuert... y encima parece que me cogió en mi día más ochertero. Catorce años... ¡y qué mal llevados!
Claro que... seamos justos. ¿Cómo iba mi madre a permitirse dar consejos sobre cómo posar en las fotos de clase cuando a ella misma la sacaron de estas guisas y medio bizca...? (aclaro que a mi madre al nacer la golpearon en la cabeza con los forceps, lo cual le provocó un estrabismo que solo le corrigieron con los años, aunque doy fe de que cuando se enfada, se le va el ojo p'al lao)
¡Y AHORA OS ANIMO A TODOS A HACER UN POST CON VUESTRAS FOTOS NAVIDEÑAS ESCOLARES! (si no son escolares, no valen!)
domingo, 18 de noviembre de 2012
Recuperando mi pasado
O recuperando mi infancia. O un momento de ella. Un sentimiento. Una sensación, un recuerdo. A veces me encuentro recuperando mis trocitos de niñez, y al recibir ese álbum de cromos de Marco que tuve hace más de treinta años, o ese tomo de Dumbo que di cuando pensé que ya era "mayor" para esas tontadas, me encuentro recuuperando a la vez el olor de los yogures con los que te regalaban los cromos, y si me apuras mucho, su sabor. Porque lso yogures de ahora no saben ni parecidos a los de antes. Y aquí menos, aunque sean de la misma marca.
Cuando Glénat (hoy EDT) reeditó el primer tomo de Esther y su Mundo y llegó a mis manos días antes de que saliera al mercado, lo primero que hice fue abrazarlo y olerlo. Y recordar cómo ahorraba mi paga semanal par ir a comprar los tomos de Bruguera, con sudor y lágrimas hasta conseguir las 500, 800 o 1000 pesetas que costaban entonces. ¡Tardaba tanto en ahorrarlas con mi triste paga de 200 pesetillas! Y la sensación al tener ese tomo en las manos, una reedición tan esperada por los fans de la serie, ciertamente me hizo recuperar un cúmulo de sensaciones.
Me considero afortunada en ese sentido: todo aquello que alguna vez tuve y perdí, lo he vuelto a recuperar, a veces con creces. Porque yo tuve muuuuchos Lilys, pero no la colección completa y ahora casi lo estoy consiguiendo, me faltan realmente pocos, si tenemos en cuenta que son unos 738 tebeos. Y he hecho otras colecciones que jamás tuve. He comprado trajes para Nancy que nunca estuvieron en el armario de mi muñeca, me he quitado "espinitas" como tener una Core, La Familia Feliz de Mattel con su casa, una Lesly (de hecho tengo 3) o una Laura de Toyse. Muñecas que nunca me compraron porque para algunas ya era muy mayor cunado llegaron al mercado español o mi hermana las tenía y a mí me habían comprado algo que mis padres pensaban "era mucho mejor".
Claramente ignoraban que la hierba es más verde, pero mucho más, al otro lado.
Naturalmente, todavía tengo cosas en mi listado esperando a poder conseguir. Siempre hay que tener una ilusión guardada en algún cajón, porque de lo contrario, la vida no tendría sentido. Sería demasiado fácil. Por eso, cuando los sueños se cumplen, hay que buscar nuevas metas, nuevas ilusiones.
El caso, es que, casi en la recámara de mi memoria, había algo que he añorado durante mucho tiempo, pero por desconocimiento no busqué. Aunque siempre he tenido el ojo atento por si aparecía en el blog de alguna coleccionista de muñeca o vete a saber.
Se trata de una muñeca que "tuve" de pequeña, pero desconocía su nombre o la marca. Era una muñeca antigua, que había pertenecido, sin duda, a la infancia de mi madre. Y yo jugaba con ella los fines de semana en casa de mi abuela.
La casa de mi abuela, de la que ya he hablado en otras ocasiones, no era una casa. Era un "partidito" típico gaditano, una habitación multiusos que de día era salita y comedor y de noche dormitorio. El sofá era la cama de matrimonio de mis abuelos, del mueble bar salía una cama donde dormía mi tío. Yo pasaba allí los fines de semana y mi cama eran los dos butacones puestos juntos y un colchón sobre ellos. Según fui creciendo (no mucho, ya, que nos conocemos), se creó una "extensión" entre los dos sillones hecha con dos botes de detergentes de esos redondos que también eran multiusos: cuando se acababa el detergente se convertían en tambor para guardar juguetes.
Al priincioio, yo pasaba todos los fines de semana en casa de mis abuelos, hasta que nació mi hermana y cuando fue lo suficientemente mayor, mis fines de semana se convirtieron en alternativos. No había sitio para las dos a la vez. Y también, como no, mi herman compartía esos juguetes que antes solo habían sido míos.
Los tambores de detergente tenían toda clase de pequeños tesoros, la mayoría pertenecientes a la infancia de mi tío: sus cowboys de plástico de diversos colores y rostros desgastados, los "taquitos", que era como yo llamaba a unas piezas de madera pintadas en colores para hacer construcciones, el predecesor del tente y el lego; piezas de plástico de animales, desde un pavo salido del atrezzo de un belén hasta un enorme toro; un casco, tobilleras y muñequeras de romano; bolas de billar (tres, dos de color crema y una roja); puñales de indio y de vaquero pijo (con empuñadora asemejando al marfil); escopetas de chupona; una pistola de plástico; un sombrero de sheriff; la placa del sheriff y el revólver, con su cartuchera; yoyós... Tembién tenía en una estantería una caja con los Juegos Reunidos y en el armario y sobre él, mi abuela tenía varios muñecos. Había uno negro. Pero negro, negro, de plástico duro y sin pelo, con ese pelo "esculpido" en el plástico. Creo que había alguno más que no recuerdo, y luego estaba esta muñeca:
Nunca tuvo nombre oficial. La llamábamos "la llorona", y extraoficialmente era mía, pero nunca me la llevé a casa porque mi hermana también jugaba con ella cuando pasaba allí los fines de semana. Luego, me hice mayor y me olvidé de la muñeca, a la que mi abuela hizo un faldón y un gorrito y metió en la vitrina junto a su mejor juego de café. Y ahí quedó para siempre...
...hasta que murió mi abuelo hace ahora ya quince años y mi tío, su mujer y su hijo decidieron mudarse con ella para que no estuviera sola. Naturalmente para entonces mi abuela ya no vivía en aquel partidito en el casco antiguo que tantos años de felicidad me proporcionó, sino en un pisito con ventanas a la Bahía y dos dormitorios. Así que mi tío instaló a mi primo en su antiguo dormitorio, ellos ocuparon el de mis abuelos y a mi abuela le construyeron un tabique en el amplio salón, creando un tercer dormitorio. Tiraron todos sus muebles, la mitad de sus figuras y recuerdos y entre esa "basura" fue a parar la muñeca. Cuando yo quise preguntar por su paradero, ya era tarde, a esas alturs ya habría perecido en la incineradora o estaría sepultada bajo toneladas de basura aguardando su turno para la forzosa cremación.
Estuvo en mi mente todos estos años, maldiciendo el atrevimiento de mis tíos de no haber preguntado a nadie antes de haber tirado nada. Probablemente porque "solo era una muñeca vieja". Pero para mí era más que eso. Era mi compañera de mimos de la infancia, con sus olores, su tacto casi de bebé real y su pelo tieso. Y es que en esos tiempos yo no me dedicaba a lavar a los muñecos con cuidado y buen champú ni ponerles mascarillas. Como mucho, un cepillado rápido de vez en cuando. Y la muñeca de la foto de Todocolección es exactamente igual que mi muñeca. Que como ya he dicho, nunca me dediqué a buscar porque desconocía su nombre.
De hecho, su hallazgo se ha producido por pura casualidad. Una muy querida amiga me envió un enlace a unos juguetes de cartón de dientecitos, y abajo aparecía en pequeño las fotos de otros productos del mismo vendedor, entre ellos muñecas. Y esta estaba allí, mirándome con sus pequeños ojitos. Y supe que tenía que conseguirla. A toda costa. Si no hubiera sido porque lleva un conjunto original, habría pensado que era MI muñeca, porque a esta le faltan algunos dígitos, algo muy común en este tipo de muñecas de la época por el tipo de goma:
A raíz de este anuncio, supe que su nombre era Dulcita y que tambié había un Dulcito y que además, las hicieron con diferentes caras a lo largo de los años: y aunque en Todocolección he encontrado otras en mejor estado y más baratas incluso, esta es la que tiene la MISMA cara que aquella que yo tuve. Hasta el mismo peinado. Y los deditos rotos.
Expresar lo que me entró por dentro es difícil. Sí, tenía que conseguirla a toda costa y como el vendedor era de Madrid, le pedí a mi amiga Coti que me la comprase y ya está hecho. Me reuniré con Dulcita, mi llorona, en menos de dos semanas.
A veces no todo es nostalgia, y no es un "simple" libro, un tebeo o un trozo de plástico. A veces, cada objeto que nos rodea tiene su propia historia.
Y esta es la mía y la de Dulcita. Una sola, inseparable. Nos separó el destino y ese destino nos ha vuelto a reunir. Porque aunque no sea la misma muñeca, para mí el sentimiento es el mismo.
Expresar lo que me entró por dentro es difícil. Sí, tenía que conseguirla a toda costa y como el vendedor era de Madrid, le pedí a mi amiga Coti que me la comprase y ya está hecho. Me reuniré con Dulcita, mi llorona, en menos de dos semanas.
A veces no todo es nostalgia, y no es un "simple" libro, un tebeo o un trozo de plástico. A veces, cada objeto que nos rodea tiene su propia historia.
Y esta es la mía y la de Dulcita. Una sola, inseparable. Nos separó el destino y ese destino nos ha vuelto a reunir. Porque aunque no sea la misma muñeca, para mí el sentimiento es el mismo.
domingo, 30 de septiembre de 2012
Traumas Gastronómicos
Hace poco os hablé de esos "traumas" que arrastro -algunos compartidos con mi hermana- desde la infancia/adolescencia.
Para mí, hablar de ello ha sido una terapia (totalmente gratuita) al comprobar vuestro apoyo y la cantidad de gente que "sufrió" episodios similares o no se lleva bien con sus biológicos. Soy consciente del sentimiento de sentirte mala hija, descastada, sin sentimientos o demasiado dura, cuando en realidad, simplemente hemos tenido la mala suerte de tener malos padres.
Si hay cosas que compro a mansalva, llámense tampones o papel higiénico, también hay otras que me producen un sudor frío cuando las veo y que no he vuelto a probar. Son cosas que pasan, imagino.
A mí me encanta el queso. Lo adoro. En todas sus formas, de todos los países, de todos los sabores. Camembert, Emmental, Goulda, Stilton, con frutas, fresco, parmesano... sin embargo al Cigarral le tengo una manís insana. Si me lo ponen delante, me lo como sin rechistar y probablemente ni me daré cuenta de que es Cigarral. Pero a la que me lo digan, no pruebo ni un cachito. ¿La razón? Como he comentado con anterioridad en el otro post, había cosas que mi madre compraba al por mayor. Para ella más barato y para nosotras un suplicio.
Mi madre hacía y sigue haciendo una compra mensual y luego cada martes hace la compra de productos más frescos como fruta, verdura, y cosas que se vayan acabando. Pero todo lo que es "de despensa", se compra al mes. En mi adolescencia, el embutido para las meriendas y desayunos se compraba para todo el mes, llámese un chorizo entero y medio queso cigarral. O uno entero. Ella no podía comprar una cuña, no. Y ojito, que hasta que no se acababa una cosa, no se podía abrir otra. Es decir, si empezabas el queso, no podías merendarte un bocata de chorizo hasta que éste no se acabase, porque mi madre vive con la teoría de que dos cosas abiertas a la vez se acaban antes o se estropean al mismo tiempo.
De modo que me he llevado semanas enteras comiendo queso para merendar. Y luego un chorizo (Revilla o similar), que ya era una porra de granito. Ademas mi madre, con dos cojones, cortaba unas rodajas de casi un centímetro de grosor. No me extrañaría que todos mis problemas dentales provinieran de comer chorizo de cantimpalo. De la parte dura del palo.
Consecuencias: lo dicho anteriormente. No me menciones el cigarral, que no lo como. Tampoco he vuelto a comer chorizo comprado en barras y poco me falta para sacar el metro y comprobar el grosor de cada loncha.
Una tarde que mis padres salieron, mi madre me dijo que había naranjas en la nevera, por si queríamos hacer zumo. Hacía poco que había comprado el primer exprimidor eléctrico que hubo en casa (y el último porque se ha usado más bien poco), y a mi hermana y a mí nos hacía ilusión hacer turnos para exprimir. Lo único que nos dijo mi madre es que las naranjas de zumo estaban en una fuente, que no cogieramos las naranjas de comer.
Cuando abrimos la nevera, había dos fuentes idénticas llenas de lozanas naranjas, redondas y brillantes. Pero ni pajolera idea de cuál era la de zumo. Teniendo en cuenta que yo debía tener por entonces unos 12 años y mi hermana unos cinco menos, podéis imaginaros la escena. Bueno, qué coño: a día de hoy no distingo una naranja normal de una de zumo. Ni que me importe, porque soy incapaz de exprimir mis propios zumos, no sea que no esté licuando la fruta adecuada.
Estudiamos las naranjas con cuidado. Las olimos, las tocamos, las medimos unas junto a las otras, razonando que las que parecían más jugosas debían ser la de zumo. Teníamos un 50% de posibilidades de elegir la opción equivocada y la ley de Murphy, como no, compinchada con mis padres, hizo que exprimiésemos las que no eran.
Bronca monumental al llegar a casa, que nunca comprendí tal drama. Conseguimos sacar un litro de jugo de un kilo de naranjas que no estaban destinadas a ello. Los gritos de "sois unas inútiles" y "se acabaron los zumos", seguidos de "inútiles, buenas para nada, vaya criz me tocó con estas dos imbéciles" aun resuenan en la cabeza de mi hermana. En la mía solo hay una boca de culo de pollo abriéndose y cerrándose, hace tiempo que aprendí a silenciar a mi madre, al menos de memoria para dentro. Y no he vuelto jamás a comer naranjas. Mandarinas, y con cuenta gotas. Esas sé que no se exprimen.
A mí me encantaba la mermelada de ciruelas. Con moderación, pero como era previsible, mi madre no podía comprar para el mes un bote de fresas, otro de ciruelas y otro de cualquier otro sabor... No, ella todos del mismo, intercalando sabores cada mes. Y como uno llega a cansarse, sucede que el bote se ha abierto, se han comido dos cucharadas y no se ha vuelto a tocar durante las cuatro siguientes semanas. Y ahí tienes a tu madre como dependienta comprobado fechas de caducidad diciéndote que la mortadela no se abre hasta que se acabe la mermelada de ciruelas. Y tú que, por progresar, una tarde decides rebajar el contenido del bote comiéndotelo a cucharadas, y cuando te has dado cuenta, te has pimplao el bote entero. Y no pasa nada. ¿Había que acabarlo en menos de dos días, no?
Pues no. Porque cuando llegó mi madre (con su inseparable marido, mi padre), a casa, no me echó la bronca por ello como en parte esperaba mientras raspaba con la cuchara el culo del bote de cristal. No. Me empezó a preguntar si no me sentía enferma, porque de seguro habiéndome comido de una sentada un cuarto de mermelada, tendría que estar vomitando por las orejas. Hacía dos o tres horas que había concluido mi merienda y estaba perfectamente. Pero su insistencia y su preguntar cada quince minutos si no me dolía la tripa, si no tenía un ataque de diarrea o si no sentía ganas de vomitar acabaron poniéndome tan nerviosa que esa noche me fui a la cama sin cenar y con el corazón latiendo en la garganta. ¿Me moriría de indigestión en medio de la noche...?
No recuerdo cuándo fue la última vez que comí mermelada de ciruelas, pero esta vez nada tiene que ver con cogerle asco o no. Es que simplemente aquí no la hay. Pero arrastro un sentimiento de culpabilidad tan grande que soy incapaz de traerme un bote cuando visito España.
Por otro lado, está el tema de La Casera. Aquí evidentemente no la hay, pero el día que puse un pie fuera de mi casa para iniciar mi propia aventura, fue el último día que vi una botella de casera. También las compraba mi madre cada semana, cuatro, cinco o seis botellas que debían durar toda la semana (cola, naranja y limón) La blanca solo se compraba para beber con tinto de higos a brevas. Un vaso para comer y otro para cenar. Durante el día, si tenías sed, a beber agua. Del grifo, claro. En casa de mis padres solo han entrado botellas de agua mineral en tiempos de sequía.
Y el problema de la casera es que ni a mi hermana ni a mi nos hacía mucha gracia el sabor de limón, pero daba igual. Creo que en realidad nunca nos atrevimos a decirlo en alto: la bebíamos y punto. Nada de tener sabores predilectos, de hoy me apetece cola y ahora naranja... hasta que no se acababa una botella no se abría otra, así de simple. Que si usábamos dos botellas a la vez, "se le iba la fuerza a ambas". Oh, y cuando solo quedaba en la botella medio vaso... te lo rellenaban con la botella siguiente, aunque fuera de otro sabor. Mi madre era especialista en "rebujitos" de limón con cola, limón con naranja o cola con naranja. Una asquerosidad, pero la hemos tenido que beber.
A dia de hoy sigue sin gustarme la limonada, la fanta no es que me vuelva loca y la cola ha de ser Light y de la marca Coca Cola. Por ahí no paso.
No soporto los san jacobos, ni el lomo adobado, ni los filetes de pollo empanado. El huevo frito me da asco. Era lo único que nos ponía de noche, junto a salchichas frankfurt fritas. Yo le decía que me las pusiera crudas, que a mí me gustaban crudas, que no las quería fritas que tenían mucha grasa. No comprendo por qué no me las podía comer así. A día de hoy, las frankfurt las como crudas o hervidas, y si son de pollo, mejor que mejor. O de pavo.
Antes de que las Oreo se hicieran famosas, en mi casa ya "entraban" galletas similares, los Bocaditos de Cuétara. Se compraba una caja de esas que tenía que durar todo el mes, y las normales de María, más un paquete de Príncipe y luego las galletas sacrosantas de coco de mi padre y Bocaditos de limón, que no se podían tocar. Ahora cuando veo anuncios de las oreo donde niñas de muy poquita edad "enseñan" a sus padres a comerse una oreo como debe ser, separando las galletas y chuperreteando la crema, me acuerdo de las collejas y los "guarra, come como una señorita" que nos ganábamos mi hermana y yo por hacer lo mismo, con estas y con las Príncipes. Y yo adoraba ese surtido Cuétara que a casa solo llegaba por navidad...
Como creo que ya os he dado la tabarra lo suficiente, lo dejo ahí... ¿Soy la única que ha aborrecido comidas por abusar de ellas en el pasado...?
jueves, 13 de septiembre de 2012
PIPPI y la CHILABA
A esta foto le tengo mucho cariño, y a la vez me da urticaria mirar esa chilaba de lana gorrrrrda que me tejió mi madre (moda terror, lo llamo yo, la tortura a la que me vi sometida esos años, estas cosas sí que dejan traumas profundos). En la foto yo tenía unos cinco años y me la hizo la monja que teníamos en párvulos, Sor Javier.
Sor Javier siempre ue buena y cariñosa conmigo. Me tenía un singular apego y yo también tengo gratos recuerdos de mi tiempo bajo su tutela en clase. Tiempo después abandonaría el centro, destinada a otra parte de la geografía española y jamás volví a saber nada más de ella. Imagino que a estas alturas, estará criando malvas apaciblemente.
La foto me la hizo con su cámara como sorpresa para mi madre, y sostengo en mis manos un libro de Pippi Calzaslargas que me encantaba tanto la serie como el disco (que tengo aún) y si no recuerdo mal, el libro pertenecía al colegio, y a mí me encantaba. Lo he buscado incansablemente por ebay y en la única ocasión que lo encontré me pedían media hipoteca por él y otra media por enviármelo por correos a estas tierras tan inhóspitas donde los españoles somos tontos y no sabemos que un libro de ese tamaño y peso, por muy certificado que esté, no va a costar más de 10 euros. Y estoy hablando de hace ya unos cinco años...
Sor Javier me separó del resto de niñas durante la hora del recreo, y me llevó a la parte posterior de la escuela, donde un pequeño patio con jardines y una fuente baja (que cariñósamente llamábamso unas cuantas "la piscina" por su forma alargada), hacían de la entrada trasera un bonito escenario (que no se parecia para nada en la foto, como es natural). Me hizo prometer que no se lo diría a mi madre, para sorprenderla con la foto, pero al regresar con mis amigas al patio y estas interrogarme sobre mi desaparición con la monja, tuve que contarles todo.
A la salida del colegio, una de ellas, hija de la amiga de mi madre, con quien hacíamos a diario el camino de regreso a casa, no tardó ni un minuto en cantar como la Caballé:
-"Sor Javier le ha hecho una foto a Ruth con el libro de Pippi y es una sorpresa"
Ya no, bonita. La anécdota aún se recuerda por casa, como se recuerda a sor Javier, quien por cierto, en mi mente, es clavadita a una de las monjas de Canción de Juventud. Y probablemente no se parezcan en nada.
Si alguien rconoce el libro de Pippi, lo sigo queriendo. Aunque sea prestado.
miércoles, 5 de septiembre de 2012
Rencores, traumas y manías
Reconozco que hay frases, dichos y diretes que no llegan a mi entendimiento. Yo no comprendo frases como "perdono, pero no olvido", porque perdonar para mí supone olvidar lo sucedido como si nunca hubiese pasado. Ergo, me considero una persona muy rencorosa.
Si perdono, perdono con el alma. Pero si no olvido algo, es que no lo he perdonado, y nunca lo haré si ese suceso sigue molestándome aunque haya jurado haber perdonado. Yo lo siento en el alma pero hay cosas que ni olvido, ni perdono.
Cada año, ir a casa para mí supone un suplicio mayor del que nadie pueda imaginar. Los que me conocen desde hace tiempo, saben de mis desavenencias familiares, desde mi infancia y juventud ultradisciplinada hasta mi escapada de casa para poder estar con el que posteriormente fuera mi marido, hoy alguien a quien no he perdonado pero sí olvidado, hasta tal punto que a veces estoy convencida de que solo fue un figmento de mi imaginación y que lo inventé todo. O lo soñé. O mejor dicho, sufrí una pesadilla de las que no me gustan, porque por lo general, me divierto mucho con mis pesadillas, son como mirar una película. En 3D.
El caso es que a veces, toca enfrentarse con fantasmas a los que no tienes ganas de ver la sábana. O volver a oir. Pero mi hermana, que siempre fue un poco débil en todo, se encarga cada año de repetir la misma cantinela siempre que tiene ocasión, como una abuela pesada en su mecedora mientras teje una bufanda que nadie se va a poner en la vida. Estas conversaciones recurrentes siempre acaban en lágrimas para ella y en rabia para mí.
Mi hermana y yo somos polos opuestos. Otra frase que no comprendo es esa de "los polos opuestos siempre se atraen". En la física, sí señor. Pero en la realidad para nada es así. Yo quiero muchísimo a mi hermana, pero a veces la molería a collejas. Mi hermana nació para ser mártir. Yo para meter el dedo en la llaga y además, reirme.
Mi hermana siempre ha sido muy sensiblera. A mí, sin embargo, me educaron con el "si lloras por algo que no te afecta personalmente, te voy a dar yo mil razones para llorar". Ergo, he visto reportajes en telediarios (como el de la niña Omayra que murió ahogada en un agujero de agua cuando se le quedó la pierna atrapada bajo una viga tras la erupción de un volcán en México), sin que se me permitiera llorar. Nunca he derramado una lágrima por una película de las de mucha pena. No en público, desde luego. Me enseñaron a no hacerlo, y el interior de mis labios tiene cicatrices suficientes para probar que fui buena alumna.
Mi hermana lloraba con la canción de "La Gata Bajo la Lluvia" de Rocío Durcal y el "Cocoguagua" de Enrique y Ana. Y yo, contrapunto de su dolor, me descojonaba viva. Qué queréis que os diga. Puedo comprender que mi hermana con cuatro años llorase escuchando como un pobre pollito buscaba a su mamá que sin duda había acabado en el puchero del granjero, pero lo de La Gata Bajo la Lluvia no me llega al seso.
Mi hermana siempre ve el telediario y llora. Y no por los recortes. Mi hermana me llamó llorando hace un año o más cuando oyó en el telediario la noticia de aquel submarino o barco ruso al que no enviaron o no quisieron enviar ayuda a tiempo y cuya tripulación al completo pereció asfixiada. Que sí, es una noticia muy trágica y ciertamente triste, pero no comprendo por qué tenía que llamarme a moco tendido a las diez de la noche cuando nunca hemos tenido ni un amigo medio ruso. Que no significa que la historia no me parezca tremenda, repito, pero no comprendo ese martirismo y ese santiteresismo que hace que incluso cuando ve una rata espachurrada por un coche al lado de la carretera se le salten las lágrimas como si fuera Lassie. Que a mí también se me saltan las lágrimas, pero tratando de evitar las arcadas.
En ese otro sentido, mi hermana es más fuerte que yo. no en vano es enfermera dental e higienista y se ha chupado muchas asquerosidades con las que mi estómago no puede. Yo veo una aguja y entro en coma. Si la sangre no es la de mi propia regla puedo acabar inconsciente en cero coma uno. Sin embargo, he estado presente en dos autopsias sin que me temblara una pestaña (vip vaporub bajo la nariz incluido). He tocado manos de momias y he visto muertos (no como el niño de la película, yo los he visto en su caja en los velatorios de aquí), y tampoco me tiemblan las pantorrillas ya. A todo se acostumbra uno. Pero no me enseñes una aguja que me sigo cayendo redonda.
Después de este rollo para poneros en contexto de lo que sigue, solo puedo advertiros de que os estoy abriendo una compuerta muy grande a lo más oscuro de mi alma. E indirectamente, a la de mi hermana, debido a la infancia y pre-adolescencia que hemos "sufrido" en manos de mis padres. Más de mi madre que de mi padre, que a fuerza de años de mi hermana de ver cosas de las que yo ya no he tenido que ser testigo, ha llegado a la conclusión de que -como en casi todo hogar-, la que lleva los pantalones es mi madre, pero que mi padre, a veces, no ha sido más que un pelele manipulado por su mala leche. Y de ello, son fe los numerosos cardenales y castigos que ambas hemos sufrido, yo más que ella, porque mi hermana es mártir pero no tonta, y siempre fue un corderito mientras yo me parecía más a un vampiro de True Blood, enseñando los dientes si me mostraban la mano que había de besar. Y así me las dieron todas sin paños calientes.
Mi hermana asegura andar por la vida con varios traumas a cuestas con los que ha lidiado de la única manera que ha podido: haciendo lo contrario de lo que se nos intentó enseñar. Yo también lo he hecho así pero yo nunca lo vi como un trauma. Y ahora es cuando estáis todos a cuadros pensando de qué carancho estoy hablando. Pues os lo voy a explicar.
Mis padres siempre han sido muy estrictos con todo. Y además, tacaños al máximo. Tacaños con nosotras, porque manda cojones que tu madre te diga que no se puede gastar las 12,000 pesetas que cuestan tus lentillas, aunque el oftalmólogo le haya dicho que mi miopía ya se ha estabilizado y que es mejor usar lentillas en lugar de gafas, porque mi visión se centrará más. Pero claro, mi madre dice que no se gasta ese dinero porque soy una irresponsable que seguro que pierde la lentilla a la primera de cambio y no va a estar comprándome nuevos pares cada mes. Luego, cuando oyes que la cocina que van a instalar la próxima semana les ha costado 200,000 pesetas de los años ochenta, ya te queda claro por qué no podían comprarme algo que a larga iba a ayudarme con mi visión.
A los 17 años tuve mi primer trabajo remunerado, y con mi primer sueldo me compré un par de lentillas. Me duraron casi cuatro años y nunca, jamás, hicieron amago de perderse ni de caerse de mis ojos. Solo una vez he perdido una lentilla desde entonces, y como ahora las uso desechables, pues tampoco fue mayor problema.
¿Mi trauma? Creo que el día que tenga mi propia casa y tenga que comprar una cocina entera lo voy a tener difícil, porque siempre recordaré los grios, los llantos y las broncas por no poder tener lentillas y seguir con aquellas gafas de pasta horribles, que se podían doblar y hacer un burullo y no se rompían, hasta que cobré mi primer sueldo.
Segundo caso, que es común a mi hermana y a mí y con iguales consecuencias: mi madre se quejaba siempre de la cantidad de papel higiénico que usábamos a juzgar por lo poco que duraba el rollo de papel. Que nunca hemos tenido pruebas de que no lo gastase todo ella, ojito. El problema de ser hijas es que te crees todo lo que te dice tu madre. Así que el papel, racionado. Consecuencias a día de hoy: mi hermana y yo compramos papel higiénico en cantidades industriales, y lo usamos sin miramiento. Aquí no se ahorra.
Con las compresas/tampones, también tenemos trauma. Mi madre solía comprar, naturalmente, las compresas más cutres y baratas del super; a veces, sí, en cantidades industriales. Durante cierta temporada, tuvimos compresas de algodón a mogollón provenientes del hospital. Mi hermana y yo las odiábamos, y yo estaba extasiada con esos anuncios del o.b donde podías ir a la playa sin pantalón corto para que no se te notase el "bulto" (que ahora veo fotos mías en la playa de la época y sé cuándo tenía la regla, en todas en las que llevaba las calzonas rojas!), esos anuncios donde te podías meter en el agua porque no pasaba nada, nada, NADA! Mi madre ni quería oir hablar de ello.
Consecuencias: mi hermana se compra las compresas más caras del supermercado. Yo nunca he sido capaz de volver a usar una desde el día en que ¡por fin! pude comprarme mis propios tampones. Veo una compresa y me producen un asco inmenso.
Cuando tenía 14 años, quedé un sábado por la mañana con una amiga para ir las dos tranquilamente a visitar el Museo Arqueológico. Lo habíamos visitado con anterioridad con la clase, pero queríamos verlo sin prisa, para pasar la mañana del sábado. Con esta amiga, casi siempre quedaba el fin de semana, mañana o tarde para ir a su casa a jugar, a la playa o de compras. Y nunca me habían dicho en casa que no. Fue decirles que iba al museo, y mis padres me montaron el mayor pollo de la historia. ¿Qué era eso de dos chicas solas en un museo? ¡Podían atacarnos dentro! ¡Meternos en alguna habitación y hacernos algo! Yo lloré, grité en arameo y les llamé cada nombre de la Biblia. No salí ese sábado ni los tres siguientes. Oh, al museo fuimos, claro que sí, mintiendo y diciendo que íbamos a dar un paseo, al mercado a comprar o qué se yo. Mi amiga nunca comprendió por qué no me dejaban ir a un inocente museo. Yo, a día de hoy, tampoco.
Consecuencias: creo que mi hermana, testigo mudo y aterrorizado del numerito circense que se montó en mi casa, jamás ha visitado el Museo Arqueológico, y estoy segura de que si ve abrirse o cerrarse alguna puerta pensará que va a salir el monstruo desconocido a violarla y convertirla en estatua de sal o algo. En cuanto a mí, conocía el museo como la palma de mi mano. Hasta que lo renovaron.
Podría contaros muchas más cosas, pero creo que acabaría aburriéndoos y alguna me la reservo porque merece post aparte. Solo puedo añadir como final que, a dia de hoy, soy incapaz de entrar en el dormitorio de mis padres. A veces, cuando he ido de visita, mi madre me ha dicho, "ven al dormitorio que te quiero enseñar algo", y yo he permanecido bajo el quicio de la puerta. No es hasta que me mira extrañada y me dice "pero entraaaaa", que no me atrevo a dar un paso dentro de la habitación. Hay cosas que se aprenden a golpes y están ahí para quedarse.
Y no, no le perdono nada.
Y no, no le perdono nada.
domingo, 15 de julio de 2012
Enigma olímpico
En breve comienzan las Olimpiadas, lo que me ha hecho recordar que en el álbum de fotos de mi abuela, encontré una fotografía digna de cualquier ceremonia de apertura (de pueblo).
Por detrás están los nombres de trece personas y ninguno es familiar excepto el último, el de mi abuelo. Como me consta que el único deporte que mi abuelo realizó a lo largo de su vida fue el tumbing-siesta y el empinamiento de codo, imagino que el acto no es deportivo, quizá de la legión, en la que estuvo un breve periodo de tiempo en su juventud. Pero el atuendo no es muy legionario que digamos...
domingo, 1 de julio de 2012
Cuando la hierba parece más verde...
A veces, la vida de los demás, las circunstancias de los demás o lo que vemos más allá de nuestra propia vida nos puede parecer mejor. Es eso que el dicho recoge tan bien, aquel que dice que "la hierba es siempre más verde del otro lado".
Y a veces no es así. O sí. Pero todo depende de cómo lo queramos ver.
Recuerdo perfectamente aquellos años en los que Internet era una cosa que no estaba ni en nuestra imaginación y un ordenador era algo que solo salía en las películas de ciencia ficción. Por aquel entonces, el servicio de Correos de seguro trabajaba más que ahora (auqnue haya resucitado gracias a ebay y otros portales). Pero las cartas... la magia de esa carta con su sello y su matasellos, era mil veces mejor que recibir un email largo de una persona a la que aprecias y lo que es mejor, nunca contenía estúpidos pps ni fotos de paisajes con moralinas idióticas. En esos tiempos, un año como 1992 o 1993 quizá, recibí una carta de una amiga a la qu quería -y sigo queriendo- muchísimo. El destino quiso que nos conociéramos en BUP, pero la vida nos tomó por diferentes derroteros a pesar de tener un interés común: el periodismo.
Yo me casé allá por el 91, con un Policía Nacional, lo que me llevó casi al otro extremo de España, a uno de esos pueblos de la costa de Girona que los extranjeros encuentran paradisíaco pero que en mi caso se convirtió en una prisión: mis sueños de seguir estudiando algo que me gustara se vieron truncados, y frustrada, tuve que elegir lo más cercano posible en el prisma de gustos: Relaciones Públicas.
Así, sintiendo a veces que había tirado mi futuro al lago más profundo, seguía escribiendo en casa desde que me levanaba hasta que me acostaba, pero eso no era más que un sueño y pronto alguien se encargó de decirme que todo mi esfuerzo era una pérdida de tiempo y que nunca me llevaría a nada. Durante diez años no pude escribir una palabra, pero esa es otra historia.
el caso es que recibí carta de mi amiga, en la que entre anécdotas de su trabajo -ya había terminado la carrera en Sevilla y había abierto su propia agencia de información-, me omentaba que envidiaba mi vida: haber encontrado "el amor", tener una vida armoniosa, estable...
Y sin embargo, yo envidiaba la suya. Haber podido realizar su sueño, y para colocarle la guinda al pastel... abrir su propia agencia, y que le fuera medianamente bien (estaba comenzando!).
Me di cuenta entonces de que siempre ansiamos lo que no tenemos y no apreciamos lo que sí es nuestro. Pero cuando mi matrimonio se rompió, aunque lo pasé mal como cualquiera puede imaginar, sus palabras resonaban en mi mente y decidí subsanar los errores. No pude hacer Ciencias de la Informaciuón, pero me contenté con Imagen y Sonido y un año de sacrificio convalidando asignaturas y suplicando notas para ello. Un título que a día de hoy de poco me sirve, pero el caso es que lo hice porque quise. O porque pude. Porque si la hierba es más lozana al otro lado de la valla, solo tienes que cambiar el abono para la tuya o plantar césped nuevo.
Todo este pensar viene a cuento también de reflexiones llevadas a cabo con una excompañera de EGB con la que me he reencontrado a través de Facebook desde el año pasado. Hemos hablado de mucho en muy poco tiempo, porque a veces, un par de palabras valen mucho más que una parrafada, y cuando se tienen probelams o personas problemáticas en común en la infancia, bastan las palabras. Con esto no me refiero a que la una pensemos de la otra que la hierba es más verde en el jardín contrario. Creo que ambas aceptamos las diferentes tonalidades de un color tan bonito. Ella puede apreciar lo que tiene, porque es por lo que ha luchado. Yo por lo mío. Esta no es la cuestión.
La cuestión es ver que el césped que nuestras torturadoras plantaron no solo no es verde, sino que se secó hace tiempo. Y que aquellos que pensaban que se comían el mundo ni siquiera le dieron un mordisquito. Que al final del día existe la justicia poética, y que aunque no te alegres de las desgracias de los demás, ciertos recuerdos haga que al menos, se te escape una sonrisa.
Tu hierba no es la más verde, pero hay gente que ni siqueira la tiene para comparar. Y eso dice mucho de la pobre infancia que tuvieron, obligando a otros a regar sus plantas bajo su látigo hasta que el látigo se agotó y se volvió contra ellos.
Y amí el verde, en las postales. Para lo demás, la playa, gracias.
E., esto va por tí y lo sabes. La hierba, mejor fumada, lo sé.
lunes, 18 de junio de 2012
De mayor quiero ser futbolista
De pequeña sentía especial admiración por dos miembros masculinos de mi familia: mi tío Eli, que de joven tenía para mis ojos un parecido absoluto con Elvis (más tarde también añadiría la barriga y los kilos de más, aunque no ls patillas ni el tupé), y mi primo segundo Nicolás.
| Mi primo es el tercero por arriba a la izquierda, en ambas fotos |
Mi primo Nicolás era mi héroe. Era futbolista. Del Racing Portuense, no menos, oigan. Y estaba convencida de que si ponía de mi parte, algún día yo lo sería también... pero del Cádiz, por lo menos, porque ser mujer... ¡ser mujer era lo de menos! Para cuando yo creciera los equipos serían mixtos, como los coros en Carnaval y el ejército y las peluquerías unisex...
Bueno, cualquiera que me conozca sabe que para los deportes soy una absoluta negada. En futbol yo era el equivalente a cualquier futbolista irlandés: perdida en el limbo. Y por lo de crecer... me planté también antes de llegar a la pubertad...
Pero sí, yo estaba muy ogullosa de mi primo Nicolás y guardaba recortes y flyers varios de su equipo a pesar de que nunca me molesté en ir a ver un partido. Además, mi primo Nicolás era guapo. El más guapo de todos los primos.
Y esto me recuerda a una anécdota sucedida mientras mi abuela estaba hospitalizada en el hospital en Enero del año pasado, preludio de una deterioración que acabó con ella casi seis meses después. En esas fechas estaba yo en Cádiz y fui cada día a visitarla. A veces me reconocía (¿tú eres Ruth? ¡Desde luego!¡Y me había dicho tu madre que te habías muerto!). Otras, me confundía con mi hermana Raquel, y yo no la sacaba de su error, porque siempre ha confundido nuestros nombres.
Otras veces, me hablaba de su hermana Lola como si fueran adolescentes o niñas y se quejaba de que Lola era más mala que un dolor y de que le pegaba.
Una tarde, estando yo presente, llegó su hermano Antonio con mi tía Pepi. Antonio es el único hermano que le queda vivo de una familia que fue numerosa. No numerosa de las de ahora de tres hijos. Numerosa de las de toda la vida, con 8 o 10 hermanos que se han ido quedando por el camino a lo largo de los años. Yo hacía al menos quince años (o más) que no veí a mi tío Antonio (Antoñito para la familia), y aunque evidentemente le encontré mucho mayor, le reconocí al instante. Pero mi abuela... mi abuela reconoció a su mujer, Pepi. "¡Mira quién está aquí! La Pepi..." Y por más que le decíamos "y tu hermano, Antoñito...", ella negaba con la cabeza y sonreía Pepi, como si el señor al lado no existiera.
La guinda del pastel la puso mi primo Nicolás, que apareció una tarde. Ahora peina ya no canas, sino pelo blanco directamente. Tras ser futbolista del Portuense pasó a ser entrenador (creo que del Chiclana, no estoy segura) y siempre se ha mantenido en forma, pero hace mucho tiempo que se retiró y el tiempo no pasa en vano. Mi abuela no le reconoció, y cuando mi primo le espetó con su acento chiclanero: "tita Juana, soy tu nieto, Nicolás..." Mi abuela le dedicó una mirada asesina y como si le hubieran dicho el disparate más grande del mundo contestó indignada: "¿Tú que vas a ser Nicolás? ¡Nicolás es muy guapo y tú eres un tío muy feo!"
Creo que la familia aún se revuelca de risa al recordarlo.
Hoy entre mis fotos he encontrado un recorte del Diario de Cádiz con la noticia de su boda. Y me ha hecho mucha gracia. La señora en primer plano era su madre, Tránsito, hermana de mi abuela. También murió hace varios años. Aunque eso, a mi abuela, nunca se lo dijimos.
También tengo toreros en la familia, pero esa historia mejor dejarla para otro día...
jueves, 7 de junio de 2012
domingo, 29 de abril de 2012
El Chico del Cine
Corría 1997 y aún vivía en Cádiz. Creo que era septiembre, porque más o menos por esas fechas tenía lugar el Festival de Cine Alcances, y me hallaba cubriendo el evento para un semanario y yendo a cuantas películas podía.
Esa noche se trataba de The Pillow Book. Había leido maravillas sobre su argumento y el hecho de que un jovencísimo y todavía casi desconocido Ewan McGregor fuese el protagonista, la hacía más atractiva. La película, finalmente, me pareció un truño y no llegué a terminar de verla.
Al entrar en la sala decidí sentarme en una de las últimas filas, donde solo había tres o cuatro asientos juntos. Por aquel entonces, recién separada, de lágrima fácil, con todos mis amigos en pareja y sintiéndome más débil que nunca, se puede decir que era romántica desesperada. O mejor dejémoslo en desesperada a secas.
El caso es que sentada en mi asiento junto al pasillo, mientras comenzaba la película fantaseé con esa idea de que entrase un chico guapo, guapísimo y se sentase a mi lado. Y si me daba algo de palique, mejor que mejor.
Las luces se apagaron y el soniquete de los jingles de siempre comenzaron a borrar ese sueño inverosímil de mi cerebro. De pronto sentí un movimiento a mi derecha y alguien se sentó en el asiento contiguo. De reojo ví que era un chico. Espectacular. De esos que una solo imagina en anuncios de televisión o de los que solo existen en la imaginación de una romántica desesperada. Perdón, de una desesperada.
-Uff, casi no llego. Menos mal que aún no ha empezado -me dijo. ¡Me estaba dando palique!
Sonreí desde mi nube y dejé esa permasonrisa allí mientras fijaba los ojos en la pantalla e intentaba dejar de temblar. Porque estas cosas, de verdad, solo suceden en las películas.
El argumento, a pesar de ser de lo más interesante a primera vista, se reflejaba bastante mal en pantalla. La película era lenta, monótona, gris. El desconocido a mi derecha se movía inquieto en el asiento. Yo ya estaba considerando abandonar la sala. A media proyección, la pantalla quedó en negro, de pronto, como si la cinta se hubiera roto. Un minuto después se encendió la luz y por megafonía nos anunciaron que debido a una avería, el visionado se reanudaría en unos diez minutos.
Salí al foyer. Necesitaba mover las piernas. El chico también lo hizo y me preguntó qué me estaba pareciendo la película. Al decirle que me esperaba otra cosa, asintió y me dijo que él sentía lo mismo y que no sabía si quedarse o no.
Cuando nos conminaron a volver a la sala, regresamos a nuestros asientos. Ni media hora después, volvió a suceder lo mismo y esta vez sí, cortesmente, después de un cigarrito en la puerta, le comenté que ya había perdido cualquier interés por la situación de los protagonistas y que me iba.
-Yo también -me sonrió-, o vamos a estar aquí toda la noche si esto vuelve a suceder. ¡Y mira que es larga la película! ¡Y sosa!
¡Ahora!, pensé. Ahora es cuando me invita a acompañarle para tomar una cerveza. Lo sé, lo presiento. Porque eso es lo que suele suceder cuando las situaciones que soñamos comienzan a tornarse realidad...
Pero no fue así. Me dijo adións y tomó la de villadiego y yo me quedé en medio del foyer pensando si esa noche lo único que tenía por hacer era lamentarme y terminar de ver aquel rollazo de película o marcharme a casa.
Me ganó el ser tan vaga. Volví a casa. Sola. Dejando el romance para los sueños. Y todavía desesperada.
lunes, 27 de febrero de 2012
Mis Carnavales pasados...
Durante unos años estuve muy vinculada al mundo del Carnaval gaditano: cubriendo el concurso de Agrupaciones desde el Teatro Andalucía y el Falla, saliendo en la cabalgata Magna y los pasacalles tanto en carrozas como bailando, etc.
Antes de eso, durante mi adolescencia, las disfrutaba al máximo. Mis abulos vivían en el centro de Cádiz, en el casco antiguo, donde se concentra el ambiente de la calle. Y yo las pasaba en su casa. Si mis padres habían dado permiso para que regresa a las dos de la mañana, mis abuelos lo ampliaban hasta las cuatro, bajo la condición de que me asegurase de ser acompañada hasta la puerta. Y yo, con esas horas de llegada, me sentía muy madura y muy mayor.
Pero antes de todo eso, mucho antes, hubo otros carnavales, e incluso viví las "Fiestas Típicas Gaditanas", ya que desde el comienzo de la Guerra Civil en España, se había prohibido la celebración del Carnaval. En Cádiz se siguieron celebrando a escondidas, y tras la explosión del 47, con la intención de subir los ánimos de la población, se vuelven a autorizar las agrupaciones, eso sí en verano. Naturalmente yo no había nacido por entonces, pero en el 67 se trasladan las fiestas a Mayo y es cuando se rebautizan como "Fiestas Típicas Gaditanas". O sea, lo mismo, con otro nombre. Desde mi nacimiento y hasta 1976, mis Carnavales llevaban rebequita o manga corta. Después, vuelta a ese frío invernal de Febrero que ahora me da risa. ¡Que en Cádiz no hace frío, que hace humedad!
Y he aquí las fotos de algunos disfraces de mi infancia:
domingo, 12 de febrero de 2012
Una de Whitney
En 1992 Whitney, gracias a la banda sonora y a la película de El Guardaespaldas junto a Kevin Costner estaba hasta en la sopa. La película fui a verla al cine con el que entonces era mi... ejem... marido. Un año después, compramos el film en VHS y lo visionamos en casa muchas, muchas veces. También compré el CD. O mejor dicho, lo compró él.
Mi ex lloró a moco tendido con El Club de los Poetas Muertos, película que se resistió a ver cuando la compré porque creía que era una moñada. Sin embargo, un día me confesó que El Guardaespaldas era su película favorita y que no se cansaba de verla.
El día que nos separamos, cogí todas mis cosas. El CD y el VHS de El Guardaespaldas se lo quedó él. Desde entonces, no he vuelto a ver la película. Aunque sí recuperé la banda sonora.
En una de mis primeras "citas" con el guiri, le pregunté si El Guardaespaldas formaba parte de su lista de películas favoritas. Mirándome como si de pronto me hubiera salido una segunda y tercera cabeza sobre los hombros, me preguntó incrédulo:
-¿Y por qué razón tendría semejante moñez que formar parte de mi lista de películas favoritas? ¡Vaya mariconada!
Creo que el guiri tampoco ha visto El Club de los Poetas Muertos, aunque esta sigue en mi lista particular de grandes películas.
Tal vez por estos pequeños detalles es por lo que uno se enamora. Desconfío de un hombre que admita que le gusta The Bodyguard, a no ser que sea gay, claro.
jueves, 5 de enero de 2012
LOS REYES
En mi familia, tenemos una ejemplar y estrecha relación con la Casa Real de sus Majestades Los Reyes de Oriente. Mi tío (a la derecha de foto, en primer plano, fue Rey Mago (ignoro cuál, eso sí, pero fue Rey al fin y al cabo, en la función de Navidad de la parroquia de niño. Además, el del otro extremo, es el nieto de mi madrina, toma ya!)
Mi madre aparce también en esta foto, creo que en el papel de la prime de María. Años después yo representaría a María Magdalena en el Instituto, pero nada que ver!
Mi madre sí tiene fotos con los Reyes, yo no.
¿Por qué yo no tengo foto? Mi tío tiene... mi hermana creo que tiene... yo no. No es que mis padres me odiaran particualrmente, pero yo siempre fui muy especial para ciertas cosas y bajo NINGUNA circunstancia dejé que jamás me hicieran fotos con el Rey Mago de turno que invariablemente ponían cada año en la Plaza de las Flores, con su gran carpa y su fotógrafo profesional. Nada que ver con los grottos de hoy en día todo automatizado y digitalizado y hecho por cualquiera, pero... yo no sé lo que era. No sé si era pánico del señor bajo la barba o de salir en la foto con más cara de gili y medio bizca como mi madre. El caso es que, ahora, me arrepiento, pero en fin... si tengo que hacerme una foto con Papá Noel en condiciones y en estudio, lo menos que puede hacer es darme unos azotitos en el trasero por haber sido una niña muy mala y pretender ser peor cada año, pero no creo que a los miles de niños (y peor aún, a sus padres), les haga gracia alguna tal display de sinceridad!!!... en fin, siempre digo lo mismo... que otro año será!! O es que quizá de pequeña yo pensaba como esta cria, me parece a mí que siempre fui así de lúcida, eh?:
Y qué voy a decir? Que ni siquiera las influencias de mi tío haciendo su investigación cercana al... rey que fuera que representaba y tras codearse con él para aprender mejor los entresijos de la profesión para dar todo de sí en su actuación consiguió que a lo largo de los años me trajeran algunas de las cosas que más quise... lo pusiera o no en la carta a Sus Majestades... pero no pasa nada... lo que los Reyes no trajeron, lo consiguió la visa... que no es cuestión de traumatizarse...
Espero que Los Reyes Majos os dejen muchos regalos, porque los Magos no existen. Bueno sí: está Juan Tamariz!!!
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