
Bajo el encanto bohemio de las calles de París y las numerosas obras de arte que albergan sus museos, se esconde otra ciudad. Una de muertos anónimos, olvidados, desterrados, empujados de un lugar a otro.
Son las catacumbas de Paris, un enorme osario organizado en una sección renovada de la red de subterráneos y cavernas de la ciudad que se convirtieron en atracción turística a partir del siglo XIX.
Son las catacumbas de Paris, un enorme osario organizado en una sección renovada de la red de subterráneos y cavernas de la ciudad que se convirtieron en atracción turística a partir del siglo XIX.

La mayoría de grandes iglesias parisinas tenían sus propios cementerios, pero el crecimiento de la ciudad y la cantidad ascendente de "habitantes perpétuos" les dejó sin espacio. El Cementerio de Les Innocents, el más grande de París, estaba tan saturado en el siglo XVII, que sus vecinos estaban contrayendo enfermedades debido a la contaminación causada por los cuerpos enterrados de mala manera, las tumbas comunes abiertas y tierra con materia orgánica en descomposición que se movía de un lado a otro. Así, se decidió crear tres cementerios suburbanos y declarar en ruinas los interurbanos, cuyos restos serían discretamente mudados a su nuevo hogar, las catacumbas creadas en unas antiguas minas es desuso.

Cuando estuvimos en París hace un par de años fuimos a visitarlas. Dios sabe que sufro de claustrofobia aunque soy capaz de controlarme. No tengo problemas en quedarme encerrada en un ascensor, sé que hay oxígeno entrando por las ranuras. Pero me invade un nerviosismo especial al hallarme en lugares donde no puedo ver una puerta o una ventana cercana. O lugares con los techos bajos. Cuevas cerradas. Entrar en las catacumbas fue un reto, y a pesar de no dejarme llevar por el histerismo y controlar mi respiración, me inunda una película de sudor pegajoso que resbala por mi espalda y una sensación de angustia que no se convierte en pánico mientras siga viendo las señales de salida. El cartel de la entrada decía que la porción abierta al público de este gigantesco osario se visitaba en un tiempo de 90 minutos. Nosotros lo recorrimos en media hora. Eso sí, el guiri se lo pasó pipa.

Las catacumbas de París se componen de muros alineados de huesos. Tibias, cráneos, peronés, fémures, se apilan ordenadamente contra las paredes, algunos de ellos hasta osadamente colocados formando perfecta líneas, círculos o cruces. Incluso me atraví a tocar el cráneo pelado y reluciente de una calavera sin mandíbula, tras lo cual sólo pude gritar en medio de la penumbra: "Ay, pol dió, que assssco".
En el interior de estos pasadizos, a menudo húmedos y con el suelo arenoso, resbaladizo en algunos tramos y cubierto de charcos, hay letreros con la procedencia original de los diferentes grupos de huesos, en algunos "patios" hay diminutos altares y placas con frases en latín, así como el nombre de las calles bajo las que te encuentras.

Impresiona ver tal cantidad ósea puesta a lo largo de las paredes de piedra. Millones. No en vano hay más de 300 kilómetros de túneles, aunque abierto al público, por su peligrosidad, sólo estén poco más de kilómetro y medio. Sería fácil perderse en estos intestinos laberínticos, y encontrarte, quizás, con los fantasmas que dicen deambular por el lugar, que originalmente fue excavado por los romanos, aunque no en tal extensión. Algunos dicen haber oído el rumor de voces, tal vez de aquellos a los que la muerte no dejó dormir en completa paz, huesos trashumantes expuestos en total desnudez al ojo morboso del visitante. En algún lugar del tiempo estos huesos que ahora se acumulan unos sobre otros formaban una persona, ahora diseminada sin ton ni son por los pasillos interminables de este Osario Municipal.
Tal vez, todo sean leyendas...