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domingo, 16 de noviembre de 2008

COMO COMER EN TIEMPOS DE GUERRA (Confesiones de un minero)

Era el 17 de Junio de 1936 cuando supimos que Queipo de Llano se había sublevado contra el gobierno en el protectorado de Africa. Así comenzaron los primeros alzamientos en Oviedo, en León, en Galicia y en otras comunidades del centro, y con ello llegó la temida Guerra, una palabra tan conocida y tan poco deseada por los que la conocen. Una Guerra Civil, padres contra hijos, hermanos frente a frente disparándose con saña sólo porque uno quedó en zona Republicana y el otro en la Revolucionaria, porque uno juró una bandera de un color diferente al suyo.

En los frentes asturianos, se decía que a los soldados les daban una botella de una coñac hecho en Gijón y conocido como "Saltaparapetos", porque quien lo bebía se volvía casi loco y saltaba desde las trincheras a cuerpo descubierto. Con los ojos inyectados en sangre y casi ciegos por la bebida, o los mataban o conseguían llegar hasta la posición enemiga y tomarla.

Un día nos llegó la fatídica carta que reclamaba la presencia de mi hermano en el frente, como todo joven patriota. Le destinaron al batallón de Alvarez del Vayo pero tuvo suerte. Por aquella época aún trabajaba con Jesús Polo en el taller de mecánico dentista, por lo que fueron los dos en calidad de practicantes, y mi hermano fue destinado a la Segunda Compañía.

Mientas tanto, en casa los alimentos escaseaban, y las cartillas de racionamiento eran poca ayuda. Un mes recibimos 22 pesetas de racionamiento, sólo para pan, aceite y legumbres. Sólo el litro de aceite ya costaba 1.80 ptas., pero por la escasez no nos lo daban.

En una de las cartas de mi hermano, me decía que fuera hasta Águera de Grado para verle. Yo tenía entonces 13 años y para llegar a Águera debía coger un tren en Moreda, apearme en Trubia y desde allí buscar algún camión que fuese hasta el frente en Águera.

En el camión, según oí a unos ancianos que en él viajaban, transportaban también cajas de municiones. Les pregunté si sabía cuánto nos cobrarían por el viaje y rieron. Uno de ellos, señalando unos cajones apilados al fondo, dijo que deberían pagarnos, porque era gracias a nosotros que pasaban las cajas.

No tardamos en pasar junto al Monde de los Pinos. Podíamos ver las trincheras al otro lado del valle. Decían que allí estaban "los Nacionales" y que en el Monte de los Pinos se ocultaban "los moros". Creo que el color huyó de mi rostro al oir la palabra "moros", porque uno de los viajeros sonrió apesadumbradamente y me dijo:
-"No temas, chico. A esta camioneta no dispararán porque sólo vamos mujeres, viejos y niños. Aunque nosotros no veamos a nadie, ellos hace tiempo que nos han visto, y nos vigilan."

Sus palabras me tranquilizaron de algún modo. Llegamos a Águera sin contratiempos y me dirigí hacia el batallón de mi hermano. Subí por unos pinares y llegué a la cocina de la Compañía. Allí unos milicianos muy amables me acosaron a preguntas sobre sus familiares. Querían saber de los suyos. A algunos los conocía, a otros no. Les ofrecí toda la información de la que disponía, sintiéndome importante en medio de aquel lugar cuajado de miradas ansiosas y sonrisas de esperanza. Aquellos cuya familia no conocía se deshacían en explicaciones sobre dónde vivían y quiénes eran sus padres, hermanos y tíos.

Y yo no podía pensar más que en el contenido de las grandes perolas que hervían al fuego esparciendo sabrosos aromas en el aire, aromas que habrían resucitado a un muerto. Uno de los cocineros debió percatarse de mis miradas furtivas o de mi expresión hambrienta, porque me preguntó si ya había comido, y antes de que pudiera repetir la pregunta respondí que no recordaba cuándo había comido por última vez. Todos se echaron a reír.

-"Los garbanzos todavía están duros -dijo el cocinero-. ¿Tienes buena dentadura?"

Por toda respuesta, le enseñé mis dientes. El cogió un plato miliciano, que son enormes, y con un cazo sacó de la olla una porción generosa de garbanzos que vertió en el plato. Resonaron como si fueran perdigones, y me ofreció una cuchara. Y allí, de pie, ante la atenta mirada de todos los presentes, di buena cuenta de lo que me pareció el más sabroso manjar, mientras contestaba el interrogatorio voraz. Dos minutos después, habiendo finalizado mi plato, y con mucha pena lo devolví y di las gracas. El cocinero me preguntó si quería más. Me encogí de hombros y me premió con otro cazo de perdigones. Estaban tan ricos que desaparecieron aún más rápido que los primeros. La cuestión volvió a formularse y asentí una vez más.
Tras acabar el tercer plato, el cocinero me dijo que no me daría más, tenía miedo de que me hicieran daño.

Mientras tanto, alguien se había encargado de avisar a mi hermano y tras unos abrazos y ponernos al día, bajamos al pueblo, donde me presentó a los médicos con los que trabajaba y nuevamente fui sometido a un interrogatorio sobre sus familiares y conocidos. Llegada la hora de comer, mi hermano me preguntó si había almorzado.

-"Pues... Sólo unos garbanzos en la cocina, que todavía estaban duros"
-"Ah, no -dijo uno de los médicos-. El tiempo que tu hermano esté aquí, comerá con nosotros."

A la una y media fuimos a almorzar. Me dieron un plato de patatas cocidas con carne. De segundo, un buen filete. Jamás había comido cn tanta abundancia.

-"¿Comiste bien? -quiso saber mi hermano. Mi respuesta fue un "Sí" contundente-. Bien, pues ahora vayamos a ver dónde puedes dormir esta noche.

Fuimos a una casa de labranza. Ricardo tenía amistad con los dueños y éstos, al verme, debieron pensar que hacía años que no comía, porque me ofrecieron leche y boroña, un pan de maiz que hacen muy bien en la zona de Grado y que estaba buenísimo. En tan singular ocasión era mejor que un pastel. La leche pasaría del litro, porque la jarra donde me la sirvieron estaba llena hasta el mismo borde y era voluminosa. El trozo de boroña llegaría al kilo. Y esa noche iría a cenar con los doctores y de vuelta adormir al hórreo, en una colchoneta de hojas de mazorca.

Estando en la cama, me vino el aroma delicioso de avellanas y nueces, y en medio de las tinieblas fui buscando a tientas hasta dar con un saco lleno de avellanas. Tirando de los hilos del tejido hacia los lados, saqué algunos frutos y los comí con la misma avidez del que no ha comido en días. Las cáscaras las guardaba en los bolsillos, hasta que estuvieron llenos, y entonces los eché dentro de la camiseta, aunque pinchaban. Pasé toda la noche allí, sentado en la oscuridad, comiendo sin parar. Por la mañana me fui a una acequia cercana al hórreo y allí me deshice de las pruebas. Desayuné y luego cogí una saco de mazorcas que mi hermano, arriesgando la vida, había recogido entre los dos frentes para proveer alimento para su familia, porque los agricultores no habían recolectado la cosecha con el comienzo de la Guerra.

En Trubia intentaron quitarme la saca. Con mis lamentos y lloros y mi aspecto enclenque conseguí que me la dejaran. Todo era intervenido y la palabra "requisar" estaba a la orden del día. Aunque era sinónimo de robar, la Guerra daba a muchos el derecho de "requisar" todo aquello que se le antojase.
El hambre y la necesidad hacen mucho. Se rumoreaba que en el Matadero de Moreda se mataban vacas requisadas que decían era la carne que proveía al frente, pero que en verdad se la quedaban los que "manejaban el asunto" en Moreda.
La sangre del vacuno sacrificado la daban gratuitamente, medio litro por persona. Tantos fueron a por ella que llegó un momento en el que para poder recoger la sangre a las once de la mañana, teníamos que guardar cola desde las cinco de la tarde de la jornada anterior, pero no estábamos toda la noche expuestos a la intemperie en la cola. Dejábamos los cacharros en nuestro lugar y hacíamos una hoguera para no pasar frío. El hambre no te deja dormir y unos cuantos decididos pensamos en ir a robar panolles. La primera noche todo fue estupendamente en la Vega de Gueria. Creíamos que nadie se daba cuenta de las panochas que desaparecían en medio de la oscuridad, pero una madrugada nos esperaron con un par de tiros de escopeta. Nos quedamos sin panolles y algunos se quedaron sin un lugar junto al fuego, porque por una mazorca sin maiz y ensalivada, nos dejaban una piedra donde sentarnos en la primera fila.

Decidimos dar tregua a las mazorcas y dejar correr tres o cuatro noches sin asaltar el maizal, pero con hambre en el estómago la noche se hace eterna e ideamos una nueva táctica: iríamos en dos grupos. Uno, desde la distancia, tiraría piedras para hacer ruido, y los otros irían por el lado opuesto a coger las panolles que luego repartiríamos entre todos. La estratagema dio buen resultado durante algún tiempo, hasta que una noche cuando hicimos ruido dispararon desde ocho o diez lugares diferentes. Fue la retirada definitiva de una guerra sin cuartel en la que teníamos todas las de perder.
Hacíamos de todo por un poco de comida que llevar a la mesa. Además de la sangre de vaca, iba con otros al Valle Negro a por leche. Recorríamos varios pueblos buscándola. La leche escaseaba y no era fácil encontrarla, y por otra parte, nadie aceptaba los "Belarmines", el dinero que hacían en Gijón, firmados por Belarmino Tomás. Querían sólo el dinero anterior a la guerra y aquello era como pedir peras a un olmo, sólo los muy adinerados lo tenían. Comprar leche se estaba conviertiendo en una aventura. Lo peor era que la leche también estaba intervenida y a veces cuando bajábamos, nos esperaban los policías de turno para quitárnosla. Decían que era para los heridos en el frente, pero luego la vendían en el mercado negro o se la guardaban para sí mismos, sus familiares o amigos.

Un día en que otro muchacho y yo bajábamos transportando dos litros, uno de leche fría desnatada, que parecía yogur y otro litro caliente recién orde­ñado, salió a nuestro paso la policía cuando menos lo esperábamos. Nos la quitaron toda.

-"¿Es toda recién ordeñada?" -preguntó uno con desconfianza.
-"Si, señor" -asentí sin mirarle a los ojos.
Vertieron ambos litros en un mismo bidón y se marcharon. Regresé a casa con las manos vacías, pero imaginaba cómo serían sus expresiones al encontrar toda la leche cuajada. Era un desperdicio, pero al fin y al cabo, en casa nos acostábamos la mayor parte del tiempo con el estómago vacío.

Llegué a casa llorando y le conté el incidente a mis padres. Pero no contento con hacerles la faena de estropearles la leche, fui a buscar al chico que venía conmigo y planeamos nuestra venganza. Nos dirigimos al cuartelillo cercano a la Estación del Vasco. Delante de la misma tenían un coche y nuestra intención era pincharle las ruedas. En el patio tenían sólo dos neumáticos, los únicos que poseían porque también escaseaban.

Como dos protagonistas de una película de espionaje, nos arrastramos por el suelo a través de la puerta de entrada para que no nos vieran desde el cristal de vigilancia, cogimos las ruedas y las arrojamos al río. Tras ello, nos escondimos bajo el coche para pinchar los neumáticos. Tardamos bastante, nuestra única arma era un punzón que no lograba atravesar la goma. El vehículo era un Ford con carrocería cuadrada y lo pasamos muy mal para salir. Al deshinchar los neumáticos, el coche bajó unos centímetros, y nos vimos atrapados como ratones. Pero al escasear nuestro volumen corporal, pudimos salir, con algunos arañazos y asustados de nuestra osadía, y regresamos a casa satisfechos de nuestra azaña.

Si nos hubieran cogido, no quiero pensar lo que nos habrían hecho. Probablemente lo habrían pagado nuestos padres, sobre todo el mío que estaba fichado por el simple hecho de acudir a misa, pero la obnubilación que produce el deseo de venganza nos hizo olvidarnos de las consecuencias que podría haber acabado incluso con la vida de nuestros padres. Por menos, mucho menos, metían a gente en la Iglesia, ahora convertida en cárcel, gente que desaparecía de la noche a la mañana.

A partir de aquel día, cuando íbamos a recoger leche dábamos un rodeo de dos o tres kilómetros para no ser requisados o cruzábamos el río cuando traía poca agua.

El hambre, siempre, te da un ingenio mayor que el dolor de los espasmos de un estómago vacío.

domingo, 24 de agosto de 2008

MONEDAS (Confesiones de un minero) -IV-

Nos mudamos a Sotillo poco después de la Revolución. Tras las clases comencé a trabajar de ayudante de un odontólogo conocido de mi padre, Don Miguel Aldecoa, y de su mecánico, Jesús Polo. Tenía nueve años y trabajar para él me parecía todo un lujo. Por llevarle el maletín, don Miguel me daba dos reales, una pequeña fortuna en aquellos tiempos.

Papá nos concedía una asignación cada Domingo, a mi hermano y a mí. La de mi hermano era una peseta, que apuraba tomándose un café en el local popular entre la juventid de entonces, "La Bombilla", y cubría la entrada del baile. Al finalizar el baile, iba a la sesión cinematográfica de las siete y media. Yo, con mi "perrona", diez céntimos, tenía suficiente para el cine infantil.


A pesar de mi cuerpo desarrollado y mi aspecto despierto, la verdad es que fui un niño muy inocente, casi tonto. Jesús Polo y sobre todo don Miguel, a pesar de su aspecto serio, sus anteojos sin montura y la cadena de plata que los sujetaba a su chaqueta de impecable material, era muy bromista. En los ratos en los que no había clientes me convertía en objeto de sus bromas, voluntario ignorante de sus absurdas peticiones. Pero como he dicho, era casi tonto. Por eso no pensé al principio nada extraño cuando don Miguel me envió al Casino a por un recado. Debía ir a pedir una taza de agua bien caliente. Otras veces ya me había enviado a por café, manzanilla o té, pero jamás a por agua. Y aquello me dio que pensar. Tanto, que me detuve en el portal del edificio, sin atreverme a salir, y me senté en un banco junto a la portería, devanándome los sesos pensando en el "encarguito". Y cuanto más pensaba, más extraña me parecía mi misión. Estaba seguro de que era una de sus bromas, por lo que tras esperar un tiempo prudencial, subí de nuevo al taller. Allí estaban los dos, muy serios, observándome en silencio.

-"El camarero me ha dicho que el agua se les ha acabado" -dije, y ambos se miraron y rompieron a reir. Yo no comprendí la gracia de la historia, de modo que callé y decidí ser más avispado en el futuro. Al día siguiente, don Miguel se enteró de que yo nunca había aparecido por el Casino, al comentarlo con el camarero mientras desayunaba. Y el que rió fui yo.

Una tarde llegué y los hallé buscando y rebuscando por encima de las mesas del taller, moviendo libros, quitando macetas, abriendo y cerrando cajones con rostros preocupados.

-"Falta una corona de oro"-me informó don Miguel muy serio, una funda para una muela. Me uní a la búsqueda, pero al cabo de un rato había perdido interés y salí a la galería, donde había un motor para pulir, y allí me senté. Oí sus risas y me relajé. Otra de sus bromas, ¿eh? Pues no iba a ser partícipe de sus artimañas de nuevo. Tanto me relajé, que me dormí allí mismo. Ellos, al ver que tardaba, salieron a buscarme. Don Miguel, con su seriedad sempiterna me preguntó por la corona.

-"¿No me ven? La estoy buscando" -respondí, y volví a cerrar los ojos.

Estas bromas fueron parte importante de mi vida como aprendíz. A veces lo que nos parece insípido y estúpido no son más que pruebas lanzadas al camino, especialmente cuando sólo eres un aprendíz, un chico de nueve años aún en la escuela. Pero pronto me gané su confianza y me dejaron en paz, limitándonos a trabajar.
Don Miguel me envió un día a Correos, a recoger unos paquetes de cinco por diez centímetros. Pero sus instrucciones me asombraron y sorprendieron a la vez. Me entregó una autorización.
-"Vas a ir a Correos con este papel, y te darán un paquetín así de pequeño" -con las manos me enseñó las medidas-. "Lo coges, lo guardas en el bolsillo del pantalón, y sin sacar la mano del mismo para nada, con el paquete bien asido, vienes directamente aquí. Pero vienes andando. No corras, porque si corres te puedes caer y entonces sacarías la mano y podrías perder el paquete. ¿Entendido?" -asentí con la cabeza, fascinado por el misterioso paquete- "¿Te ha comido la lengua el gato?"
-"Si, señor. Entendido" -sentí la necesidad de hacer un saludo militar, de llevar mi mano a la frente como los soldados de las películas, pero la seriedad de la mirada de don Miguel me disuadió de ello.

Hice el recado tal y como me lo encomendó. Era un paquetito de madera lacada, pequeño y pesado, y lo aferré con fuerza en el interior de mi bolsillo, ardiendo en deseos de saber qué contenía y a qué se debía tanta precaución. Cuando llegué, don Miguel miró bien los precintos y entonces lo abrió.
Y comprendí el misterio y la delicadeza del encargo. El interior de aquella cajita de madera albergaba monedas de oro de veinticinco pesetas, relucientes y bellas, un tesoro para mis miserables ojos. Jamás había contemplado una moneda así, nunca mas las ví tras abandonar el taller. Pero aquellas brillantes monedas me dieron una idea.


En 1933 teníamos monedas de 5 céntimos y de 10, a las que comúnmente denominábamos "perrina" y "perrona". Las de diez céntimos eran de cobre. También teníamos monedas de 25 céntimos de níquel (el real) y monedas de 2 reales de plata. Tras ellas venían la peseta, las 2,50 ptas y los duros, de plata también. A partir de ahí, la moneda se convertía en billetes de 25, 50 y 100 pesetas. Decían que había billetes de 500 y 1000 pesetas, pero doy fe de que nunca los vi, eran tan escasos que sólo los poseían los verdaderamente ricos.

Papá ganaba 10,07 ptas diarias. Las fiestas abonables y los Domingos no existían. Lo que sí existían eran las huelgas, muy de moda por esa época. El mes más largo era de veinticinco días de no haber huelga, de modo que mi padre, trabajando todo el mes, se ganaba unas doscientas cincuenta pesetas con setenta y cinco céntimos. Y de ese modo era difícil que un trabajador conociese un billete de quinientas pesetas, mucho menos de mil. Yo estaba seguro de que era una leyenda urbana, una invención de los más adinerados para presumir de tener algo totalmente único y extravagante.

Pero al contemplar el deslumbrante brillo exquisito de esas relucientes monedas de oro, mi imaginació comenzóa trabajar sin cesar. Algunas monedas de cinco céntimos estaban más gastadas que otras, renegridas por el cambio de mano y el paso del tiempo, y las que no estaban gastadas mostraban con todo lujo de detalle el rostro de Alfonso XII por lo general, en su cara y el sello en la cruz. Y mi idea no fue otra que pulirlas con el motor para restaurar su brillo legítimo. Pulía aquellas que estaban con poco uso y que conservaban todos los rasgos de la cara y la cruz en perfecto estado. Las pulía con pómez y Blanco España, como hacíamos con las dentaduras, y las dejaba como un espejo. Se las enseñaba a los otros niños y me sacaba un dinerín extra. Por una perrina brillante cobraba de dos a tres perrinas, según viese la posibilidad de "restauración" de la moneda y de quién se tratase el interesado, y el negocio tuvo tal aceptación que en el momento que tenía un rato libre en el taller y Jesús o don Miguel no me veían, ya estaba puliendo como un poseso.

Pero mi negocio no iba a tener el largo futuro que le aventuraba. El motor se resentía día a día, y don Miguel me sorprendió en plena tarea una tarde, en un descuido en la galería. Se situó tras de mí y observó en silencio, sin descubrir su presencia hasta que oí su voz inquisitiva y su aliento en el cuello.



-"¿Se puede saber qué haces, muchacho?" -quedé petrificado en el sitio. Acerté a deterner el motor, con manos temblorosas. Se me fue la voz, la garganta se me cerró, presa del pánico. Era consciente de la gravedad de lo que etaba haciendo, tan consciente que me pregunté por qué no se me había ocurrido desde el principio que mi idea no era más que una estupidez que pod►1a ponerme de patitas en la calle.

Don Miguel tomó la moneda de mis manos y la observó con sus anteojos firmemente sujetos sobre la nariz.

-"Bien pulida, si señor. Parecería una moneda de oro si no fuese por el color" -me vió tan asustado que se echó a reir-. ¿Para qué quieres esto tan brillante y limpio? Venía observando que el motor funcionaba mucho, así que pulirás muchas de estas monedas. ¿Para qué demonios las quieres? ¿No ves que en poco tiempo vuelven a ponerse negras de nuevo?

Le tenía más miedo en aquellos instantes que a un lobo, su sonrisa y tono apaciguador no iban a engañarme, no. Así que rompí a llorar como una niña con trenzas y confesé mi crimen. Don Miguel me devolvió la moneda, se ajustó la chaqueta y con voz de trueno llamó al mecánico.

-"Jesús, creo que vamos a cambiar de oficio. Resulta que yo, después de estudiar tantos años, gano el cuarenta por ciento, y Enrique aquí gana de un 100% a un 15o% simplemente puliendo monedas" -Y ambos se partieron de risa mientras yo los miraba entre lágrimas, el corazón palpitándome en el pecho. Me dio una palmada en el hombro y añadió:-. "Sigue con el negocio, pero en menor escala, que la corriente vale dinero, y el pómez y el Blanco España, así que no nos vayas a arruinar."
Tiempo después, en vista de que mi hermano no encontraba trabajo ni dónde aprender un oficio, me sustituyó en el taller y yo me concentré en la escuela, pero añoraba las bromas diarias, las risas, mis monedas pulidas. Don Miguel era un señor con todas las letras, un caballero excelente, muy paciente. El fue el que me enseñó tan sólo en tres días, las horas del reloj, un misterio para mí hasta entonces.

Como a las monedas de oro de la pequeña cajita, jamós volví a verle. A don Miguel le mataron poco más tarde en la Guerra, en Oviedo.

domingo, 10 de agosto de 2008

PRINCIPIO Y FIN (Confesiones de un minero) -III-


Dicen que cuando vas a morir ves toda tu vida como un flash ante tus ojos. Moriré pronto, la vida se me escapa como humo cada vez que respiro y no hay nada que pueda hacer por evitarlo. Pero no tengo miedo. Al menos, no ese miedo irracional que el ser humano siente cuando sabe que el fin ha llegado. Pero tengo miedo a ser olvidado, a no haber hecho lo suficiente en estos cuarenta y tres años de existencia para haber dejado huella. Maldita silicosis...

He pasado por una revolución, una Guerra Civil, otra Mundial y las postguerras. Las postguerras que para los niños son aún peores que las mismas guerras. He visto miseria, he pasado hambre, he robado, he visto la muerte de cerca.
Y ahora veo mi vida pasar desde esta cama de hospital que ya no abandonaré, y recuerdo mi infancia en Moreda, mi vida itinerante a veces, recuerdo a mis hermanos y a esos padres que ya hace tiempo que no están. Esos padres que me dieron la vida y a los que sin duda tantos disgustos causé con mis travesuras de niño. Recuerdo mi primera travesura con la claridad que te concede la negra muerte.

Papá trabajaba al cuidado de un motor compresor fuera de las minas, algo que le dejaba numerosas horas libres que aprovechó para estudiar para cartero a distancia. Tras aprobar el exámen en Madrid, y haciendo acopio de aquel dicho que dice que "la tierra siempre llama" pidió plaza para algún pueblo de Almería, de donde era originario, y fuimos a parar con nuestros huesos y muchas ilusiones acumuladas durante meses a Illar, el pueblo de mi madre. Habíamos vendido la casa, los muebles y casi todas nuestras pertenencias para que papá tomara la cartería de un pueblecito a setenta kilómetros de nuestro nuevo hogar. El viaje fue largo, lento, y penoso, embutidos en un tren de vapor polvoriento e incómodo.

Y todas nuestras ilusiones se deshicieron al ver el lugar desolado en el que habríamos de habitar. Papá había venido con sus propios sueños, aspirando a desempeñar algún día aquí su verdadero oficio, el de barbero. Abriría una barbería en la aldea, y entre el sueldo de Correos y lo que reportase la barbería, viviriamos como reyes. Pero nos encontramos con un pueblo con pocos habitantes que apenas se afeitaban y se cortaban el pelo una sola vez al año.

Con las 3,50 pesetas que ganaba en Correos apenas nos llegaría para vivir, por lo que papá decidió renunciar, recoger los bártulos y marcharse de nuevo a Asturias, dejándonos atrás hasta que lograse encontrar algo decente. Al menos allá ganaba diez pesetas y se sacaba un dinerillo extra si después de la mina trabajaba algunas horas en una barbería.

Tendríamos que esperar todo un largo año para poder conseguir el dinero suficiente para reunirnos con él. Ese año, precisamente, fue en el que recuerdo haber cometido la travesura que casi cuesta a mi madre su salud mental.

Una calurosa mañana, bajo ese sol implacable que sólo reina en el desierto almeriense, mi hermano Ricardo decidió ir a poner cepos para los pájaros, una de sus actividades favoritas. Yo deseaba acompañarle pero él había sido tajante: no cargaría con un crío de siete años. Ricardo se creía muy sofisticado a sus catorce, y yo era muy testarudo.

Ricardo echó a correr mientras yo le seguía, a pesar de que amenazaba con darme una paliza si no le dejaba en paz. Corría y corría y yo detrás, hasta que se cansaba, se volvía y a su vez me perseguía, intentando enviarme de vuelta a casa.

De pronto me caí. Fui a parar al suelo, raspándome las manos y las rodillas. Por su culpa. Por haber corrido tras de mí con una rama en la mano, dispuesto a zurrarme el trasero si me atrapaba. Agarré lo primero que tuve al alcance, una piedra. No muy grande. No muy pequeña. Me volví con la rapidez felina de un entrenado zagal y la arrojé ciegamente, con todas mis fuerzas. La mala fortuna quiso que golpeara a mi hermano en la cabeza, dándole de lleno en la frente. Ricardito detuvo su carrera, el rostro bañado en sangre, y cayó de rodillas, mirando con incredulidad sus manos ensangrentadas.

Me asusté tanto que me levanté e ignorando el dolor de mis magulladuras, corrí de vuelta a casa y, sin que nadie me viera, me escondí en el interior de una despensa que había bajo las escaleras, ocultándome como una cucaracha tras unas orzas viejas. Desde allí oí la llegada de mi hermano y los gritos de mi madre al ver su estado. Ricardo le contó lo sucedido y mi madre prometió dejarme el culo como un pandero en el momento que hicera acto de presencia.

Mientras, yo temblaba como una hoja desde mi posición aventajada bajo la escalera del terrado, en el centro mismo de la casa y con un tabique de madera que me permitía oirlo todo. Y no estaba dispuesto a entregarme fácilmente. Creo que incluso me dormí, y las horas pasaron sin que me atreviese a salir.

Finalmente fueron a buscarme a casa de mis primos, pensando que habría tomado refugio allí. y visitaron los hogares de mis amigos con el mismo éxito. Al anochecer, la casa se llenó de gente. Tíos, primos, vecinos... Nadie se preocupaba ya de la herida de mi hermano. Todo lo contrario: le regañaban por haberme amenazado con una paliza, por haberpe provocado al correr tras de mí, le preguntaban una y otra vez en qué dirección me había visto correr, y él les contestaba entre lágrimas que yo había corrido hacia la casa.

Registraron cada palmo de las habitaciones, abrieron armarios, arcones, muebles de cocina, e incluso inspeccionaron la despensa en la que me ocultaba. La oscuridad y las orzas impidieron que me vieran.
El pueblo entero se revolucionó con la misteriosa desaparición. El caos parecía reinar entre mujeres alarmadas y hombres organizando partidas de rescate. Alguien decidió que era hora de llamar a la Guardia Civil. El sólo nombre me puso los vellos de punta. En esos tiempo se les tenía gran respeto, por no decir temor. Armado de valor, decidí rendirme.

-Si no me pegáis, salgo de aquí -grité.
Reinó el silencio. Todos quedaron paralizados como estatuas de piedra. Lentamente abrí la puertecilla de madera, esperando lo peor. Mi madre corrió hacia mí aliviada. Me abrazó, me besó, me acarició el cabello, comprobó si aún tenía piernas y bazos en su lugar correspondiente, y me estrechó contra su pecho, como si quisiera meterme de nuevo dentro de su cuerpo. Una veintena de rostros sonreían con ternura.

Y Ricardito recibió una colleja.

jueves, 7 de agosto de 2008

LA VENGANZA (Confesiones de un minero) -II-


Papá trabajaba por aquel entonces en la barbería del señor Balvo, en pleno centro de Moreda. Yo debía tener unos diez años, quizá casi once. Balvo era socialista. De los de pro. Pero mi padre decía que era la mejor persona que había conocido nunca.
Al salir de clase solía ir a ayudar a limpiar los servicios y cepillar a los clientes, y así me ganaba alguna propinilla. Cuando no había gente, papá y el Sr. Balvo se sentaban como dos viejos amigos a hablar de política.

Una tarde, papá trataba de convencer a su jefe para que no se involucrara tanto en política. Y Balvo, a su vez, pretendía convencera mi padre para que se alistara en el partido y votara por la República. A mí me fascinaba aquel tira y afloja amistoso, donde ambos oponentes presentaban sus razones y sus contrarespuestas. Papá siempre acababa aconsejándole que votara a quien quisiera.

-Deja la política para los que viven de ella -le decía-, que tú y yo tenemos que trabajar si queremos vivir.

Dos días después, el 4 de Octubre de 1934, estallaba la Revolución. Vivíamos junto a una panadería, adyacente a su vez al Centro Católico, que fue duramente asediado. En su interior, entre otros, resistían algunos miembros de una de las familias más importantes del pueblo, los Madera.

Esa noche pasé miedo por primera vez en mi vida. La gente corría despavorida por las calles, entre disparos y gritos. Gritos de angustia, gritos de dolor, gritos rebeldes. Gritos de ayuda, gritos de aviso, gritos pidiendo más munición. Gritos...

Permanecimos toda la noche tumbados en el suelo, cubriendo nuestras cabezas con los brazos, temblando de frío, impotencia y miedo. Nuestras ventanas habían sido de las primeras en estallar en pedazos a causa de los disparos de las escopetas de los defensores del Centro, disparos al aire que no mataron a nadie de milagro.

Esa noche no dormimos. El alba nos encontró en la misma posición, atacados con el pánico de no saber cuándo acabaria aquello, y con el estómago vacío desde el mediodía de la jornada anterior. Debíamos mantenernos alejados de las ventanas, y entrar en la cocina era imposible. Habría significado arriesgar la vida de madre. Sólo fue gracias a Pacita, la vecina, y su hija María Luisa, que haciendo un agujero en el techo nos pasaron pan y chorizo, y pudimos meternos algo en el buche. El resto del día lo pasamos encogidos en un rincón, mi madre abrazando a mi hermana y a mí, mi padre en el extremo opuesto con mi hermano.
Sólo fue años más tarde que comprendí plenamente el pánico, el terror que debía haber anidado aquellas interminables horas en el corazón de mis padres, católicos ambos, de los de verdad. De aquellos que iban a misa y cumplían con los mandamientos casi al pie de la letra. Católicos de los que presumían de serlo. Carnaza para los socialistas revolucionarios.

Aquella tarde los defensores del Centro escaparon a través de un túnel que llevaba al alcantarillado que salía directamente al río, cuya existencia ignoraban los asediadores. Para cuando se dieron cuenta, ya no quedaba nadie en el edificio, sólo una pila de escombros y muebles hechos astilla.

Unos días después se presentaron en casa lo que llamabamos "los escopeteros". Dos de ellos, que venían a exigir la entrega de la escopeta que pertenecía a mi padre, su gran orgullo. Papá era un gran cazador.

Madre les dijo que no sabía dónde la guardaba o si estaba incluso en la casa, ya que a veces papá se la llevaba consigo al trabajo. Antes de trabajar en la barbería, trabajaba de frenista en una mina, en un plano de contrapeso, es decir, que según bajaban los vagones cargados de carbón, subían los vacíos, y él debía frenar el mecanismo. Tenía una chabola inmunda con una estufa, y de vez en cuando se llevaba el arma, por si encontraba una perdiz o un gavilán de los que abundaban por el monte. Papá presumía de tener la mejor escopeta del pueblo, y una puntería excelente. Y así, a veces tras su jornada en la barbería, aún subía al monte a ver si había suerte.

Uno de los escopeteros empujó a mi madre a un lado con violencia, haciéndola caer en medio del suelo de la cocina. Mi hermana y yo corrimos a ella, asustados. Sin ningún respeto, ambos hombres registraron la casa a placer. Abrieron baúles y armarios, revolvieron entre nuestras ropas, sacaron cajones, registraron la despensa, deshicieron las camas y rompieron enseres. No hallaron nada, porque mi madre les decía la verdad. Cuando ya se iban, uno de ellos avistó el arma tras la puerta de una habitación, parcialmente oculta bajo una chaqueta. La cogieron y se la llevaron.
De haber sabido que estaba allí, la habría cogido y habría disparado sin pensar a aquel malnacido que había tenido la cobardía de empujar a mamá. Su rostro quedó clavado en mi retina.
Cuando llegó mi padre, fue lo primero que le dije, pero me acarició el rostro y con toda calma me preguntó si se habían llevado también las municiones. No lo habían hecho, de modo que nos sentamos a descargar los cartuchos, por si regresaban a por ellos. Nunca lo hicieron.




Fueron quince días en los que Asturias permaneció tomada, quince días de un sinvivir que sólo puedo describir como horrendos. Los niños dejaron de jugar en las calles, las chicas jóvenes tenían prácticamente prohibido salir. Hasta que alrededor del 19 de octubre, tras una lucha encarnizada y traicioneras emboscadas en el Puerto de Pajares, entraron el Tercio y la Guardia Civil y Asturias fue liberada. Manchada de sangre, sangre derramada por la patria desagradecida, como en cada guerra. Sangre de unos, sangre de otros. Sangre. La que trajo consigo venganza.

Aquellas almas atemorizadas durante dos semanas se alzaron en venganza. La Cárcel Modelo de Oviedo estaba llena de gente cuyo único crimen era deber dinero a alguien que le había denunciado como miembro de las hordas revolucionarias. De allí, muchos no salían jamás.

Una tarde mientras paseaba con mi padre vi a aquel individuo que había empujado a mi madre sin consideración alguna. Cada músculo de mi enjuto cuerpo se tensó y tiré de la chaqueta de mi padre. Con rabia mal contenida y sin piedad le señalé, el fuego de mi mirada podría haber dejado marcas en su rostro, y grité:

-Mira, papá. Ese es. Ese es el hombre que pegó a mama y te robó la escopeta. Díselo a los guardias, díselo, y que lo metan preso...
La contundente bofetada que me dio mi padre me sorprendió allí en medio de la calle, con mis pantalones polvorientos y mi mirada de odio. La única en mi vida que me diese mi padre. Me había golpeado con el dorso de la mano, y al cogerme desprevenido, me dio en plena cara y en la nariz. Diminutas gotas de sangre empaparon mi camisa. Se agachó y empezó a limpiarme con su pañuelo. Le había dolido más que a mi. Lo vi en el temblor de sus manos, en su acuosa mirada. Me tomó por los hombros y clavando sus ojos en los míos, dijo:

-Ese hombre que pegó a tu madre -explicó con extraña serenidad- y que se llevó la escopeta, cuando pase junto a ti en la calle bajará la cabeza. Todo lo que tenía de valiente cuando estaba entre los suyos se tornará humillación. Ese hombre sabe que le conoces, sabe que si hablas la Guardia Civil le llevará a la cárcel. Ese hombre tiene mujer, como tú tienes a tu madre. Tiene hijos que son como tú. ¿Querrías que otro niño me denunciara y me llevaran preso?

Se quedó mirándome. No contesté. En mi mente ofuscada estaba tratando de discernir entre el bien y el mal, tratando de comprender por qué lo que yo había hecho era erróneo. Siempre había creído que el que obra mal ha de ser castigado.

-Pero tú no has pegado a nadie -repliqué-. Tampoco le has quitado nada a nadie, así que no hay motivos para denunciarte.

Papá pareció sopesar mi respuesta. Finalmente nos sentamos en una acera y me dijo:

-Hijo, eres muy joven y no entiendes ciertas cosas. No todo lo que hacemos los hombres está bien. En ocasiones creemos que hacemos algo bien, pero puede no ser así. Es lo que ocurrió con ese hombre. A él le enviaron a por mi arma, tu madre dijo que no sabía dónde estaba y él no la creyó. La empujó para entrar a buscarla, tu madre perdió el equilibrio y se cayó. El se limitó a cumplir una orden. Ese hombre sabe que está perdido si hablas, sabe que si le envían a la cárcel nadie dará de comer a sus hijos y a su mujer. Y del hambre que pasen ellos tú tendrás la culpa -al ver que yo no decía nada, prosiguió-. La bofetada que te di hace un momento no es nada comparado con lo que te haría si me entero que le dices a alguien lo de ese hombre. Ni a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tu madre. Si me entero de que se lo dices a alguien -sacó sus tijeras de barbero de un bolsillo- Te corto la lengua.

Me encontré al sujeto en cuestión varias veces después de aquel día. Y él siempre agachaba la cabeza.

miércoles, 6 de agosto de 2008

LAS GACHAS (Confesiones de un minero) -I-


Para mis lectoras asturianas...



Cadia día que dejo atrás el Pozo de San Jorge pienso que hubiera sido mejor alistarme a la Legión. Ahora trabajo en el interior, ya no tengo que desaguar el pozo ni cargar sacos de grano y cemento, y gano una peseta más. Pero esa peseta hace una falta inmensa en casa, desde que las tropas franquistas entraron en Moreda y se ha organizado todo este pandemonio que apenas comprendo. Cuando pregunto en casa mi padre me dice que calle, que no soy más que un niño de deiciséis años. Pero cuando traigo mi paga a casa, veo en sus ojos las lágrimas que me dicen que ya me considera un hombre, madurado antes de tiempo. A mi edad casi todos los chicos del pueblo tienen novia, pero yo sólo puedo pensar en trabajar. Trabajar para poder comer. No sólo yo, sino mi padre enfermo, mi madre, mis hermanos. Es triste. La necesidad de alimento es lo más triste que le puede pasar a uno en la vida, más que la necesidad de amor o calor.

Cada domingo voy al cine con un par de compañeros. Se nos salen los ojos cuando hay escenas de mesa. Más que cuando podemos ver un trozo de escote. Babeamos como animales ante la visión de aquellos manjares y al abandonar la sala nuestros comentarios se centran únicamente en el buen color y textura de aquella zanca de cordero. Sólo pensábamos en el suculento sabor, en darle mordiscos... hasta no dejar ni los huesos.

Si el presupuesto así lo permitía, comprábamos avellanas y cacahuetes para comer mientras veíamos la pelicula, a pesar de que había carteles indicando que estaba prohibido. Algunos parroquianos se quejaban del ruido que se hacía la abrir las avellanas. Y los cacahuetes los comíamos con su cáscara, para llenar nuestros enjutos estómagos un poco más. Para algunos de nosotros, ese sería el único alimento que recibiríamos ese día. Eramos expertos en masticar bien, formando una papilla deliciosa en nuestras bocas que desgraciadamente no calmaba nuestras entrañas.
Pero había personas peores que nosotros. He visto a niños recogiendo mondas de naranja del suelo y lamerlas y devorarlas con avidez como si fuera ambrosía. He visto a ancianos rebuscando pieles de patata en la basura.

Y sin embargo... sin embargo he hecho cosas peores.

Papá era aficionado a los pájaros. Tenía una jaula de casi dos metros que había construido con sus propias manos, con más de veinte o treinta jilgueros, pero el alpiste escaseaba tanto como la comida y tuvo que desembarazarse de ellos. Sin embargo, conservó a su preferido, un hermoso espécimen que era la alegría de nuestra humilde casita con su melodioso canto. Lo mimaba con cariño, cambiándole el agua y el alpiste a diario.

Una noche en que los rugidos de mi estómago no me dejaban conciliar el sueño, decidí bajar a por un vaso de agua, tratando de engañar a mis tripas hasta la mañana, pero todo fue inútil. Entonces me quedé mirando al pequeño parjarillo, dormido en la seguridad de su jaula, ajeno a la guerra y al hambre y al dolor. Pense que si cogía algo de alpiste, lo molía en el molinillo del café y lo convertía en gachas, nada pasaría. Me imaginé el sabor en el paladar y la sola idea me hizo la boca agua. Y llevé a cabo mi plan. Salí a la calle a moler, para evitar que el ruido despertara a mi familia. Eran las cinco de la mañana y estaba en pijama y descalzo, pero no me importaba. Me hice un enorme plato de fariñas, que quedaban bien espesas con un simple puñado de aquellos diminutos granos. Nunca había visto una harina que creciera tanto y tanto como la del alpiste, y a pesar de sus carcasas que arañaban mi lengua y mi garganta, su sabor era bien grato y, lo más importante, apaciguaban el dolor lacerante de mi estómago vacío.

Repetí esta operación muchas noches, escabulléndome en silencio en medio de la oscuridad, abandonando la seguridad de mi cama para moler clandestinamente aquella mezcla divina. Pero mi padre pronto empezó a preguntarse cómo el contenido de las bolsas bajaban tan rápido y decidí ser más cauto. A partir de esa noche, robé a Chatín la mitad de su ración, mimándome con un delicioso desayuno antes de que la familia se levantase.

Hasta que oí a mi padre reprimendar al pobre pájaro por lo mucho que comía, amonestándole que no estaban los tiempos para llenarse el buche de aquella manera. Si el pájaro hubiera podido hablar, probablemente le habría contado de mis escapadas nocturnas y los saqueos a su despensa. Pero no hizo falta.

Una noche fui sorprendido con las manos en la masa. Papá se quedó allí, observando en silencio la tartera con mis gachas recién molidas, a punto de darme un banquete.

-Hijo, ¿qué tienes ahí?
-Son gachas, padre -repliqué con la cabeza baja, avergonzado.
-¿De qué harina?

Callé. Agaché el rostro y mis hombros comenzaron a temblar. Padre cogió una cuchara del cajón de la mesa y se llevó a la boca una palada de aquella masa informe. Tosió. Masticó, volvió a toser y me miró sin creerlo. Escupió algunas de las cascarillas y sin el menor asomo de enfado, me dijo:

-Vaya. Yo culpando al pequeño jilguero y era otro tipo de pájaro el que acababa con el alpiste. Mejor así -Y con esas regresó a su cama.

Nunca tuve que recoger mondas de naranja del suelo, pero hice cosas peores, que vivirán en mi conciencia hasta el final de los días. He robado a mi familia. Oh, Dios, he robado lo poco que teníamos para comer. Nuestras raciones son escasas, he de trabajar once días para poder comprar un litro de aceite. Nos dan 50 gramos de pan por persona al día.
Pan. Ese pan delicioso, que nunca es suficiente. Ese pan que atormentaba mis pensamientos cada noche mientras trataba de dormir. Hasta que la tortura se hizo insoportable y dejé el calor de mi lecho para ir a la cocina. Con una navaja muy afilada corté una rebanada casi tan delgada como el papel de fumar. Repetí esto a menudo, robando a mis padres y hermanos el pan que ellos también necesitaban.

Hasta la noche en que mi padre llegó de la calle y me encontró allí de pie, tras acabar de recortar tan hábilmente una loncha de unos milímetros de grosor. En mi pánico, apenas tuve tiempo de tirar la prueba que me inculpaba, posando mi pie encima, fingiendo estar atareado en algo. Me miró extrañado, allí en pleno invierno, en camiseta y ropa interior, descalzo y pálido como la muerte.
-¿Qué haces aquí? -preguntó con su voz ronca, mientras se quitaba el abrigo.
-Nada.
-¿Es que estás enfermo? -inquirió al verme con las manos en la barriga, tratando de acallar los incriminatorios rugidos. Asentí-. ¿Te duele el estómago?
-.

Papa suspiró. Abrio el armario de la cocina y sacó un botella de anís. Me dio una generosa copa y me animó a beberlo. Lo bebí allí, petrificado.

-Anda, vuelve a la cama -me susurró cogiéndome del brazo, pero yo no podía moverme. No debía moverme. Volvió a clavar en mí aquellos ojos sabios que me atravesaron como dos puñales y tiró de mí. Y entonces lo vio. Allí, aplastado débilmente bajo mi peso. Mi vergüenza hecha miga.
Sus ojos se llenaron de lágrimas mientras se agachaba, cogía el pan y me lo daba:

-Hijo mío, esto... Esto no se hace. El pan no se pisa. Cégelo, cómelo y vete a dormir.

Dejó la agujereada bufanda sobre la mesa y se alejó hacia su propio dormitorio.
He hecho cosas peores que robar mondas de patatas de la basura, pero robar comida a mi familia, el pan que nos llevabamos a la boca por igual, nunca. Nunca más.