domingo, 30 de diciembre de 2007

CAJA REGISTRADORA EUREKA



No pretendo hacer entradas de juguetes que tuve en mi infancia, porque entonces tendría entonces que tratar de pulir bien mi memoria y me ocuparía demasiado tiempo. Juguetes, como casi todos los niños, tuve muchos, algunos insignificantes, otros marcaron, supongo, de una manera u otra mi infancia.
Hablar de esta registradora tiene su razón en que, a estas alturas, más de veintitantos años después, he encontrado algunas de las monedas y billetes que contenía. En casa sólo éramos dos: mi hermana, cuatro años menor que yo, y yo. Normalmente teníamos la mayoría de juguetes repetidos pero en diferentes colores o estilo, o simplemente juguetes al gusto, diferentes. Por ejemplo, yo tuve varios juegos de botiquines y enfermeras, no sé si mis padres querían encauzar mi futura carrera por ahí, pero les fallo el truco. Me desmayo con sólo ver una aguja. Mi hermana creo que nunca tuvo uno. Y es enfermera. Ella, sin embargo, nació a lo justo para estar en todo su esplendor infantil cuando llegaron Barbie y Ken y todos sus complementos. Yo fui afortunada de llegar a tener dos Barbies, y solamente porque tuve que protestar y llorar hasta el borde del berrinche. Mala edad tener 13-14 años y ser demasiado mayor para unas cosas y demasiado pequeña para otras. A caballo entre la infancia y la adolescencia, eres una paria de tus amigas si tienes muñecas y una paria de tus padres si pretendes usar tacones y maquillaje.



En fin, la caja registradora debió llegar por Reyes cuando tenía menos de 10 años. Tenía sus teclas con sus cifras preseleccionadas y un compartimento para el rollo de papel del ticket, de modo que al terminar su compra, el "tendero" daba su recibo al cliente junto con el cambio de su dinero. Cuando dabas al total, el cajon se abría, con sus diferentes separadores para monedas y billetes.
Ambas registradoras pasaron a manos más jovenes (y probablemente menos cuidadosas), en uno de esos "espurgos" que llamaba mi madre, pero esta última vez que fui a casa, admirando los trajecitos de Nancy que mi hermana aún conserva y algunos de los cuales necesitaban un buen remiendo, hallé, dentro del bolso que complementa el abrigo blanco de visón de Nancy (las aficcionadas a Nancy saben de este modelito), un fajote de estos billetes y un buen puñado de monedas, intactos en el tiempo. Pregunté a mi hermana al respecto y se encogió de hombros, tampoco recordaba desde cuando estaban ahí, pero nos reimos un rato recordando mañanas y tardes de juegos. Sin que me viera, le robé un especimen de cada uno de los billetes y monedas.


Sin embargo, me queda una duda... ¿Quien sería la niña de la fotografía? De pequeñas, imaginaba que era americana, por lo del pelo rubio, la niña de un poderoso terrateniente texano con pozos de petróleo que empezó una cadena de supermercados para sus empleados en medio del desierto, en poblaciones, claro está, cercanas a los pozos, y que por eso llevaban la foto de su hijita... Que hoy debe ser ya toda una abuela.

sábado, 29 de diciembre de 2007

¿ME LOS TRAERAN LOS REYES?



Hoy he visto esto en la red. Con lo que me gustan los objetos de escritorio, creo que serian ideales, ¿no es parece?




Chacolín

En el Paseo de Canalejas, a la misma verita del mar, frente al puerto, con olor a salitre y brisa marina, tenía lugar en verano un espectáculo de títeres. Chacolín era su protagonista y aunque no recuerdo mucho de la obra (y como era para mentes sencillas, tampoco habría mucho que recordar), pero sí recuerdo que Chacolín luchaba con brujas y otros villanos y que invariablemente preguntaba aquello de "¿Habéis visto a la bruja?" o "¿Sabéis dónde está la bruja?", a lo que todos gritábamos como verdaderos energúmenos eso de "Detrás tuyaaaaa". Y Chacolín, erre que erre, vuelta a preguntar y los chiquillos nos dejábamos la garganta con nuestras respuestas a la vez que señalábamos con nuestros pequeños bracitos y hacíamos lo que los mayores siempre nos decían que era de mala educación: señalábamos con el dedo a la figura que se erguía a su espalda mientras sostenía una especie de bate de béisbol a lo garrulo y justo cuando se volvía, la bruja o el villano de turno, se agachaba y Chacolín no le veía. Y vuelta a preguntar hasta que se liaba a palos con el malo malísimo.


Pero lo mejor del espectáculo venía al final, cuando Chacolín llamaba a ciertos niños de la audiencia que habían sido "agraciados" con un regalo. Y oh, mi alegría, cuando una tarde de verano mi nombre fue llamado y tímidamente me acerqué a recoger mi premio. Años después mi gozo se iría al pozo al saber que no había sido afortunada en nada, que eran los papás los que ponían tu nombre en la lista y llevaban el regalito, o pagaban por él o lo que fuese. A mí me tocó un muñequito calvete, en una bañera con una esponjita y cuatro cositas más. El muñeco se perdió en los anales de la historia, le bauticé Chacolín, claro está, pero la bañera estuvo mucho tiempo entre mis trastos, salió bastante buena cuando me dió por dedicarme a crear inutilidades de arcilla o enjuagar los pinceles cuando me cambié de arte. Era una bañera en forma de tina metálica de las de toda la vida, pero en azul y de plástico. El conjunto era similar al de la foto de abajo, el muñeco creo que era exacto o muy parecido, pero la bañera era redonda.


Este muñeco de Moip del 72 lo he encontrado tras bucear en la red, en Todocoleccion al "módico" precio de 15 eustaquios.

EL CINE (38º ALBANTA)


Debajo del Cine Cómico, como en la Opera de París, se decía que habitaba un extraño ser, deformado y perverso, que había sido el antiguo proyeccionista cuando el cine se incendió, a principios del siglo pasado, antes de ser remodelado. Las altas bóvedas del sótano, acogía murciélagos y ratas, viejas cajas de atrezzo de cuando el cine era aún un teatro y poco más. Eran las leyendas del pueblo y con ellas había crecido Tomasín, hoy ya Tomás, nuevo proyeccionista del Cómico.
Tomás conocía bien el cine y la leyenda y se la pasaba directamente por el forro de los huevos. Como proyeccionista a tiempo parcial en el fin de semana, no ganaba mucho, y el sótano era el lugar idóneo para comenzar un pequeño negocio junto a un par de colegas. Cada noche, después de recoger, abría la puerta trasera y dejaba entrar a Chema y Luís para, en la conspicuidad de una bombilla amarillenta, crear unos pocos billetes falsos con los que abultar un poco más su cartera. Habían comenzado produciendo billetes verdes, Chema era un crack del ordenador y con una impresora "remodelada" como el cine, habían conseguido unos billetitos crujientes que daban el pego, especialmente en aquel pueblo de provincias. No querían hacerse ricos, sólo poder llegar a fin de mes cómodamente y sin estrecheces. La llegada del euro supuso exprimirse el cerebro para dar con una nueva impresión, completa y fidedigna que les supuso unas cuantas semanas de pruebas y desilusiones.
Los primeros sucesos inexplicables sucedieron en Marzo, un par de semanas antes del centenario del incendio del Cine Cómico. Chema había ido al lavabo y regresá blanco como una sábana. Aseguraba haber sentido un aliento en la nuca, una risita socarrona y haber sentido el escalofrío de la muerte. Luís y Tomás se rieron de él. Problablemente Chema se había pasado con el hachís aquella tarde y su imaginación exhacerbada le había jugado una mala pasada. Siempre fue muy aprensivo con respecto al uso de tan legendario subsuelo. Dos días más tarde, Luis juraba haber visto una sombra cerca de la escalera, fugaz como un meteoro, y haber sentido una mano helada sobre el hombro, que no estaba allí cuando volvió el rostro, lívido. Ambos dejaron de acudir a fabricar billetes, demasiado aterrorizados después de que extraños sonidos se repitieran noche tras noche. Tomás reía y aseguraba que no era más que las viejas tuberías y los conductos del aire acondicionado. Tomás había sido siempre un excéptico.
El sábado por la noche, con la única compañía de una botella de bourbon, Tomás bajó al subterráneo con intención de fabricarse un par de billetes para el día siguiente. Quería llevar a Antoñita a cenar. La luz estaba apagada. El interruptor no funcionaba. Daba igual, al fondo estaba el almacén donde guardaban las bombillas, sería cuestión de unos mnutos. Pero al llegar al centro de la estancia, una potente luz le cegó. Se volvió, contrariado, para ver la imagen de un Nosferatu en blanco y negro, de nariz zafia y orejas puntiagudas en necesidad de una buena manicura, proyectarse sobre la blanca pared encalada hacía siglos. Si era una broma de Chema o Luís, no tenía ni puñetera gracia. Se recompuso y avanzó decidido hacia el viejo proyector de bovina.
Le encontraron al cabo de una semana, tras denunciar su desaparicion y buscarle infructuosamente en el monte y dragar el río, en medio del gran sótano del Cómico, con el corazón partío, no de amor, si no de miedo...

jueves, 27 de diciembre de 2007

HISTORIA DE UNA FOTO


A veces las fotos encierran historias por sí mismas, algunas no necesitan palabras, otras son más personales y podrían parecer, a simple vista, una foto común de cualquier álbum.

La foto de arriba se corresponde a una Navidad cualquiera de mi infancia. Recién levantadas el 25 de Diciembre, mi hermana y yo, a juzgar por nuestras caras de cansancio. La noche anterior, sin duda, habíamos estado de parranda del modo que solíamos hacerlo en casa: con las vecinas de la planta, Angelita, Charo y Margari, bebiendo y comiendo turrones variados, alfajores, fruta escarchada y mazapanes. A mí los polvorones nunca me han gustado. Excepto el de chocolate, ése me ha gustado un poco, pero tampoco para morirse.

Supongo que Magdalena llegaría a media mañana y nos harían levantar para recibirla, aún a pocas horas de habernos acostado. Magdalena es la señora que se oculta bajo el disfraz de Santa Claus. O Papá Noel. Durante años llevó este traje en Navidad, y en la capilla a la que todavía íbamos los Domingos, repartía regalos y dulces entre todos los niños, que aunque sabíamos que era ella y no ningún recién llegado del Polo, disfrutábamos más, si cabe, de su figura regordeta y sus risotadas gazmoñas.

La madre de Magdalena había sido mi madrina en el bautizo, por lo que siempre hubo una amistad especial entre nuestras familias. Magdalena nos visitaba cada 25 de Diciembre para dejar caer sus regalitos llegados desde Laponia. A veces, incluso se montaba su propio show. Se ocultaba tras las puertas de madera de la terraza, y cuando al fin mi hermana y yo aparecíamos, sin saber que estaba allí, hacía su entrada espectacular y posaba para las fotos que, año tras año, atesoró mi padre.


Un día crecimos y Magdalena ya no volvió más.

miércoles, 26 de diciembre de 2007

UN BELEN

En mi reciente visita a Cádiz, en un Centro de la Tercera Edad adosado a la Iglesia de San Antonio, me encontré este singular portal de Belén. Está hecho por los mismos jubilados que acuden al centro, en su taller y bajo la tutela de Manuel Peinado, artesano del carnaval, que tantas carrozas y props nos ha dado. Una de las enfermeras no tuvo inconveniente en loar las excelencias de este Belén singular.

Como puede apreciarse en la foto superior, las figuras tienen un tamaño similar al de una muñeca Nancy.

Y tiene hasta su "caganet"...

LAS CUEVAS DE MARIAMOCO


Mitad leyenda, mitad verdad. Crecí en las calles del casco antiguo gaditano, correteando por las plazas del siglo XIX de Mina y Candelaria, libre como una de aquellas palomas que los viejos alimentaban a diario desde los fríos bancos de mármol. La Alameda era mi rincón favorito, y la Plaza de España el lugar ideal para corretear entre palomas, las que habitaban a cientos, en su palomar de madera, hoy desaparecido. Ahora el Ayuntamiento las considera una plaga y ya apenas se ve a ni­ños con las manos extendidas colmadas de maíz. Adoraba las tardes de verano, cuando mis abuelos me llevaban allí, a dar de comer a las palomas, cuando los jardines no tenían altas empalizadas metálicas para impedir el paso de la multitud de botellón de fin de semana, cuando era posible subir libremente al monumento de las Cortes y sentarte en el púlpito, imitar a una de las esculturas y pretender dar un discurso para una audiencia invisible.

Comprábamos maíz en bolsitas de cinco pesetas o cinco duros, allí mismo en la Plaza, en un carrito de madera destartalado donde además vendían chuches. Te ponías algunos granos en la cabeza, en los hombros y en las manos, extendiendo los brazos como un Cristo en miniatura, y a los dos minutos, tenías una veintena de palomas sumisas picoteando cuidadosamente mientras tú te reías casi con histerismo, la foto perfecta para el álbum de los días que no volveran.
Crecí, además, oyendo las múltiples leyendas que poblaron mi infancia de imaginación y sueños imposibles. Una de ellas es la de las Cuevas de Mariamoco, esos túneles de edad imprecisa que se decía recorrían todo el subsuelo de Cádiz. Tenía amigos que me aseguraban haberse adentrado en ellas, por entradas secretas descubiertas mientras tenían lugar las obras del aparcamiento de Canalejas. Aseguraba este cierto amigo que tras el lavabo de uno de los servicios de dicho aparcamiento, se hallaba una entrada, y que él lo sabía de ciencia cierta porque su tío trabajaba allí y le había llevado a verlas. Supliqué que me llevara, yo, Indiana Jones femenina de muchas ideas y pocos recursos, niñita ignorante de doce-trece años en busca de aventuras con las que soliviantar una existencia aburrida, a caballo casi entre la niñez y la adolescencia. Ni qué decir tiene que nunca llegué ni a la entrada del aparcamiento.
Otro amigo, o quizá el mismo, no recuerdo bien, decía que al desprenderse uno de los bloques de contención de la Playa de Santa María, había dejado al descubierto otra entrada, entrada que me llevé buscando una semana, escalando rocas como una energúmena, creyéndomelo todo, pero tampoco me arrepiento. Fue una aventura inigualable, y no fui sola. Venía conmigo otra amiga tan tonta como yo, e íbamos cargadas con sendas mochilas con un kit básico de "espeleología", o lo que es lo mismo, un par de cordeles robados de la azotea, unas linternas viejas y un par de bocadillos. Como nunca logramos encontrar dicha entrada, nos comimos los bocadillos bajo los tenues rayos de sol de una tarde de primavera.



Las cuevas, jamas las ví. Pero existir, existen. De hecho, el dicho más comun era que si encontrabas la entrada por la plaza de Mina, podías recorrer toda la ciudad por debajo. Algunos túneles se conocían. Los de debajo de las murallas de las Puertas de Tierra y los dragaminas y pretiles del siglo XIX, y la nueva tecnología ha puesto al descubierto unos pasadizos de origen romano de entre 6 y 8 kms. que recorren la mayor parte del casco antiguo, y que en breve se podrán, además, visitar. Supongo que cuando los limpien de las colonias de cucarachas que los pueblan, que al parecer, son no numerosas, si no colosales. Los pocos que se han adentrado, temen mover el haz de luz de sus linternas porque el hacerlo las molesta y se te echan prácticamente encima. Y yo, con diez, once, doce, trece años, pretendía entrar ahí por propio pie!



Dichos pasadizos se extienden desde las Puertas de Tierra hasta la Alameda, se dice que eran túneles de conexión de las zonas nobles de la antigua Gades, utilizados por los más pudientes para evitar ser asaltados a la vuelta del circo o del teatro. Había, en adición, una leyenda mucho más enigmática que se oía por los colegios y que contaban los mismos profesores, aquella del crío que accidentalmente encontró un acceso a las cuevas y se adentró en ellas hasta perderse. Exhausto, muerto de hambre, llegó a una gran sala donde encontró a 12 moros, 12! jugando a las cartas. Según la leyenda estos pasadizos se utilizaron como medio de escape en la Guerra Civil, como seguridad en asedios piratas y como escondite de contrabandos y actividades de origen oscuro.

Y ha sido sólo hace relativamente poco, que Germán Gabarino, gerente de la empresa Monumentos a la Vista se hizo cargo de su investigación y tras contrastar diversos testimonios transmitidos de "boca en boca", descartó los falsos y las pistas le llevaron hasta la Iglesia de Santiago, a pocos pasos de la Catedral. Allí, en la cripta, existe una enorme puerta sellada con ladrillos y piedra ostionera que no conduce, ya, a ningún lugar. Pero Germán , con un plano fechado en 1837, en el que se reflejaban claramente los túneles, su emplazamiento y tamaño, los encontró al fin en 2004. Partiendo de las Puertas de Tierra, antiguas puertas de entrada a la ciudad, uno de los pasadizos lleva hasta el Arco de los Blancos, y de aquí, otro lleva hasta el puerto, aunque este en la actualidad parece hallarse inundado. Otros se dirigen hasta la Iglesia de Santiago y hacia el Convento de San Francisco y finalizan en la plaza de Argüelles, muy, muy cerquita de la Alameda. A partir de ahí se decidio utilizar tecnología y a traves de Geytex, una empresa especializada en tecnología subterránea, GEO-Radares y gavimetría, se estudió el subsuelo de Candelaria, la Plaza de la Catedral, la Plaza San Francisco y la Calle San Juán con resultados positivos.

Así que sólo me queda esperar. Tal vez la próxima vez que vaya a Cádiz estén abiertas, aunque sea un pequeño tramo, ése que dicen que abrirán en el Arco de los Blancos y en la Plaza de la Catedral, para cumplir un viejo sueño de la infancia. Soy afortunada, he cumplido muchos. He conocido a mi heroína de la infancia, Purita Campos. He visitado mi país favorito, Italia. He viajado mucho, he conocido a muchos de los llamados "famosos". Pero los sueños de la infancia, completar el curso de una leyenda, comprobar que es cierto, que nunca te mintieron tus mayores ni te contaban camelos, también es importante. Y esta vez, no necesitaré llevar una mochila con cordeles de azotea.

Foto de la Cueva: Julio Gonzalez.

domingo, 23 de diciembre de 2007

LAS VICISITUDES DE LA PURI

Hace un par de meses, un amigo de la web de MiPasado.com, Ruben "6 Neuronas", recomendaba el nuevo libro de Jordi de la Torre, La Vida en Rosa. Como ya tenía planeado ir a España a finales de Noviembre, me dije que ya lo buscaría en alguna librería. Antes de ello, sin embargo, me pasé por la editorial a leer gratuitamente los primeros capítulos del libro y me puse en contacto, también, con su autor, todo un encanto de persona, he de decir.
La Vida en Rosa es un libro muy ameno, con lenguaje sencillo pero cautivador, y con un tema muy en boga estos días: los reality shows.
La Puri es mucha Puri. Una noche está dando de mamar a su Fernandito de tres meses y a la semana siguiente está contando en la tele que la violaba un hermano que nunca existió. La culpa la tiene Blanca, ahora Bianca, una amiga de la infancia que viene, con tetas de silicona y vestuario de Dior, a refregarle su éxito por la cara. Y la Puri se mete en la rueda: el dinero fácil, la falta de escrúpulos, los “reality shows”, lo que haga falta. Y todo, con un canijo enganchado a la teta y una hermana autista que le hace de canguro. Manolo, su maridito, la quiere atada a la pata de la cama, pero Puri se escapa para deslizarse por el tobogán de los plató y los montajes de la prensa del corazón. Hasta que al final descubre la triste realidad de todos estos montajes..

El amigo 6 Neuras confesó haberse devorado el libro en pocos días. Yo, como soy una se­ñorita educada en colegio de monjas, decidí tomar el libro en pequeñas dosis por aquello de la dieta, pero eso sí, porque se lo merece, regadito con un buen caldo francés, ya que no pude encontrar un tinto español en condiciones.



En Madrid busqué el libro en Fnac y El Corte Inglés. No lo encontré, así que decidí probar suerte en Cádiz pero tampoco con éxito, por lo que de nuevo contacté al bueno de Jordi que me lo envió en dos días a casa, dedicado y rubricado, para que me acompañara durante mi convalescencia.

Os recomiendo este libro, os amenizará las tardes frías del invierno y es un buen regalo para Reyes.


Jordi de la Torre no es nuevo en el mundo literario, precisamente. Su primera novela, La distancia es / no es el olvido, se publicó en 2006. Jordi, natural de Badalona, es licenciado en Geografía e Historia, ha sido profesor de secundaria durante quince años y regidor de Cultura de la Roca del Vallés. Se define a sí mismo como un "escritor a domicilio" y un padre de tres niñas "irrepetibles".

¿A que esperáis...? A leer, energúmenos!

Baraja "Familias de 7 Paises"


Con la vuelta de la moda retro, la nostalgia ha hecho mella en muchos de nosotros, y no sé si es porque estoy en esa edad tonta pero maravillosa de la treintena , que los setenta y su nostalgia me han vuelto con fuerza. Muchos son los juguetes y muñecos que tuve que fueron a parar al cubo de la basura, y muchos/as los que como yo, añoran lo que ya no conservan de su infancia. Soy afortunada, tengo la mayoría de mis objetos más preciados, mis nancys, nenucos, barriguitas, mocosetes y demás, pero por el camino quedaron todos los complementos que venían con mis muñecos (cunitas, bañeritas, columpios, tacas-tacas y un largo etc.).
Algunos se pueden recuperar a traves de ebay u otros portales de pujas a precios que van desde lo asequible hasta lo completamente dispar. Otros, como la baraja de la que os hablo ahora, han sido reeditados, y ésta en concreto la pude encontrar en el Popland de Malasaña en Madrid.


No recuerdo haberla tenido personalmente, y no sé si la tuvo mi hermana o alguna amiga, pero sí he jugado con ella y sí que tuve muchas otros naipes similares, compañeros de juegos en el rellano o en el patio, amigo inseparable en playas y montañas, antes de la llegada indiscriminada de pequeños alienígenas portátiles con sonidos y tecnología punta.

La baraja original nació en 1965 y consistía en grupos de familias de diferentes razas (esquimales, mejicanos, bantúes, chinos, árabes, indios y tiroleses), y la diseñó J.Luis López Fernández. El jugador debía completar el mayor número de familias posible para ganar. La baraja que está a la venta ahora es una fiel reproducción de la original.

¿Y tú... La tuviste?

viernes, 21 de diciembre de 2007

MI VIDA EN CAMARAS...

Desde pequeña me sentí atraída por la fotografía, ese mágico mundillo encerrado dentro de una cajita metálica, que con solo apretar un diminuto botón, guardaba las imágenes en el tiempo. O como decían los nativos de las películas de Tarzán y similares, "la caja que robaba las almas". A mí, definitivamente, la cámara de fotos me robó la mía, y tardé muchos años en convertir una simple afición en algo más que tener una cámara en un cajón para las ocasiones especiales. No me dedico ya de modo profesional a ello, aunque lo hice durante un tiempo; me apasiona la fotografía gráfica, principalmente, y quizá en algún futuro post os enseñe algo de mi anterior trabajo, ya que ahora sólo hago fotografías para mí, ya no me molesto tanto en que sea una foto cuasi perfecta. La era digital me quitó las ilusiones.

Nací en el tiempo de la tecnología manual, cuando nos molestábamos en encerrarnos horas en un cuarto oscuro, abriendo carretes con un abridor de cerveza, enrollando rollos vírgenes, enganchando, en completa oscuridad, el negativo a revelar dentro de su contenedor. Dejándolo luego secar en el secador. El olor del laboratorio sobre la piel, ese que te llevabas a casa después de horas haciendo aparecer imágenes como por arte de magia sobre un papel en blanco...
Ahora todo se me hace como un polvo rápido, bum, bang, thank you ma'am.
En fin, en cualquier caso, también tiene sus ventajas, como el no tener que esperarme una semana para mostraros las fotos que deseo, en este caso precisamente las de las cámaras que me han acompañado desde que tengo dientes.

Esta perteneció a mi madre, es una Kodak, creo que de los años cincuenta, y solo admitía carretes en blanco y negro de 8 exposiciones, según dice mi madre, aunque yo creo que eran de doce. Cuando me empezó a picar el gusanillo, fue mi primera amiga.

 

Esta otra fue de mi padre y pocas veces la usé. No estoy segura si es de los sesenta o setenta y por aquel tiempo ya tenía la Werlisa, que no conservo, se puso de moda con las comuniones, a mí no me regalaron ninguna al no haberla hecho, y nunca he sido de quedarme sin un antojo, por lo que ahorré y recuerdo que me costó exactametne 1,400 ptas.


Salto en el tiempo, y tras la Minolta (reflex de carrete) que tampoco tengo ya, llegaría la Cannon EOS 5000 que me ayudó mucho en mis tiempos periodísticos y de la que me resistía a partir. La tengo bien guardada, con sus dos objetivos, éste y el 70-300, ambos en perfecto uso.




Mi primera incursión en la era digital. Esta Kodak se la regalé al guiri, es su primera cámara, y aunque yo seguía con la Canon, sí tenía que bajar las fotos al ordenador, las organizaba y demás.
Compacta y para niños de 5 años. No sabía yo como iban a casar la fotografía y el guiri...

Razón por la que al final, caí en las redes de la digitalización y acabé con esta Kodak un tanto mejor que la anterior, que aunque come pilas como una descosida, hace fotos de bastante calidad.

Y finalmente, el amor de mis amores, la Nikon D40, un look profesional a precio asequible, de lentes intercambiables y reflex. Digital, sí, pero hace fotos en la oscuridad. Fotografías con inteligencia, fácil de usar.




Hay gente que dice "Mi vida en fotos". La mía, en cámaras.