miércoles, 22 de abril de 2009

EL REGRESO


Tres veces he llamado a esa puerta. Tres veces he sido admitida.
La primera, me costó trabajo. No quería entrar. No quería, no. El lugar me parecía inhóspito, apartado del mundanal ruido al que estoy acostumbrada. Me negaba a sucumbir a las promesas ofrecidas. Pero bueno, me dije. Sólo serán nueve meses.
Unas semanas después había caido bajo su hechizo. Totalmente. Y ya no tenía que llamar a la puerta: tenía mi propia llave. Mía. Mi tesoro. Los nueve meses pasaron y se me ofrecieron otros seis. Con alegría, accedí. Habría sido tonta. Estaba totalmente enamorada del lugar, de sus gentes, de la atmósfera, que no era tan tranquila como auspicié. No quería marcharme, no.
Y sin embargo, el momento de decir adiós llegó de manera tan abrupta que sólo pude abandonar el lugar con llanto. El aviso había llegado apenas unas semanas antes, pero aquello era como el deshoje de una insulsa margarita: ¿seré yo? ¿no seré? Y no por menos anunciada la muerte dejó de doler. Arrastré los pies bajo un manto de lágrimas, dije adiós para no volver... Me sumí en la más profunda de las angustias. No volver a pisar la calzada, los verdes -y embarrados- márgenes de la carretera, no volver a aquella cantina buliciosa...
Tres meses después recibí la llamada. Volví sin pensarlo dos veces, de vuelta a los brazos de la felicidad. Esta vez no serían nueve meses, ni seis más... sería para siempre. Volver a los brazos del amante que te jura amor eterno... Pero en este mundo cruel, nada es infinito. Poco menos de tres años duró nuestra sociedad. Cuatro, si contamos el primer encuentro. Y llegó la mala nueva como un mazazo, irreverente, incontenida, inesperada... Y tampoco dejó de doler. Abandonada, sin fecha exacta. Te quiero pero no puedo... Y te dejaré de amar en unos meses, cuando ya no te necesite más. Y atados a las leyes invisibles pero acuciantes del monedero feroz, permanecimos allí hasta el final. Quisimos morir con las botas puestas, y aprendimos a odiar.
Oh, si, cómo aprendimos a odiar. Cuantas veces abandonamos la lealtad, nos refugiamos en excusas fatuas y evitamos nuestros deberes. Cuántas mañanas decidimos no ver la luz del día, envolvernos en nuestra cálida manta, no cumplir nuestra obligación y maldecir, y gruñir, y jurar que el mundo estaba en nuestra contra.
Y no por ello el final dejó de llegar.
Partimos en grupo, como los guerreros que marchan a batallar sabiendo que no volverán. Recogimos nuesras pocas pertenencias y cruzamos las grandes puertas para no volver la vista atrás. Porque no queríamos volverla. Y recordar lo que un día tuvimos y no admitimos. Lo que disfrutamos y no supimos apreciar. Lo que no tendríamos de nuevo jamás. La puerta se cerró a nuestras espaldas y sólo quedó esperar al borde del camino yermo. Esperar ese autobús tardío que nos llevaría a la soledad incierta de un futuro sin ellos.
Algunos fueron más afortunados. Poco menos de una docena logró sobrevivir. No era lo mismo, nunca lo fue. Pero aún hallaron razón para abandonar el termo lecho en la mañana húmeda y fría.
El resto... El resto se dispersó en la huída. El campo era extenso y las elecciones diversas. Algunos nunca levantaron cabeza. Otros cambiaron de hábito cada dos por tres.
A mí... A mí me encerraron en las frías mazmorras de un castillo oscuro liderado por la babosa ignominiosa de la vanidad errante. Me llevaron allí con falsas promesa y engaños insospechados. La misma dueña del laberinto, con su látigo de siete colas y su esbirro mudo y vago, consiguió que arraigaran en mi alma pensamientos asesinos. Y cuando el final llegó... sólo fue un suspiro de alivio.
Horas después, las puertas del Paraíso volvían a abrirse... llevaría un tiempo... necesitaba paciencia. No demasiado, sólo un poco...
Ah, pero volver... sin la frente marchita... Pero con la cabeza alta, las ganas esculpidas en el alma, la ilusión del primer amor... como el amante retornado... así, sí. Igual. Y las cosas se ven de diferente modo...
Lo que antes eran horas insufribles de espera por un autobús de vuelta a casa se convierte en fértiles minutos de lectura. Interminables minutos, pero fructíferos. La ida, en la fría, gris y, más que frecuentemente, lluviosa mañana, es una incertidumbre antes llevada con malhumor, impaciencia e ira. Dulce ambrosía en los días del que nada espera, ahora.
Mi miedo, el futuro. Mi guía, el futuro.
Tercer adiós.
Tres veces llamé a esa puerta, tres veces diré adiós. ¿Cuándo? Aún no lo sé. Pero sí sé como llegará... precedido por una tade gris y lluviosa... y no por menos esperado, más bienvenido. Llegará oscuro, triste y doloroso... como siempre lo fue.
Para el que no entienda la alegoría: ... En marzo del 2004 comencé a trabajar para Thomson Scientific, supuestamernte hasta Noviembre de ese año. Me extendieron contrato. En Abril del 2005 me dieron el pasaporte al paro. Un par de meses después me llamaron de nuevo para ofrecerme un posición fija. Desafortunadamente, en Enero del 2007 nos anunciaron que la empresa se mudaba a la India, donde por el equivalente a 1.50 euros diarios por 12 horas de trabajo, se ahorraban las 10- 11 ó 12 veces más que nos pagaban a nosotros a la hora, 39 horas a la semana. Mi fin llegó en Octubre de ese año. De los 200 trabajadores que Thomson tenía en contrato permanente en Limerick, sólo menos de una docena pudieron conservar sus puestos en diferentes departamentos. El resto, fuimos a incorporarnos a diferentes empresas.
A mí me tocó apachangar con Miss Piggy. El resto es historia. Dos días después de que me dijeran que mis días estaban contados en la compañía de la cerdita de teleñeco debido a recrtes de personal, me ofrecieron volver a Thomson con un contrato de 2 meses. Comencé el pasado lunes. Me tocará decir adiós de nuevo, una tercera vez, pero... que me quiten lo bailao. Estoy en una atmósfera relajada, humana, sin presiones, con flexi-time, y soy de nuevo una persona. Me levanto por la mañana pensando que no importa si el autobús llega quince minutos, veinte minutos o media hora más tarde... lo importante será llegar.... Y volver de nuevo a casa.
Y sí, habrá lágrimas una tercera vez, pero como bien dijo Scarlett... "Mañana... mañana será otro día..."

15 comentarios:

Marcelo dijo...

Lo importante es que sigues en el juego. Ya llegará el momento de arrojar los dados una vez más.
Un beso

Luz de Gas RadioBlog dijo...

POr lo menos has tenido la suerte de descubrir que otra forma de trabajar es posible.

Me ha encantado como lo has contado.

Besos

Inma dijo...

¡Ánimo! El que la sigue la consigue....

Inma dijo...

¡Ánimo! El que la sigue la consigue....

Koldo dijo...

muy bien Ruth, mañana será otro día, mañana en Tara, volveremos a empezar, no nos preocupemos..perfecto ,..Koldo

R.M dijo...

Lo importante es estar ahi. Seguro que hay una cuarta, o tal vez una quinta y sin adios al final. Quien lo sabe? De momento, disfruta!!!!

COILET dijo...

Al principio cuando reía el relato me decía para mí, "una loca que va a un manicomio y que luego lo echa de menos"...

Pensé que la alegoría se refería a una historia sobre algo así... (no te enfades) y dije "huy a ver cómo acaba esto".

Pero veo que aprecias verdaderamente ese trabajo. Nunca se sabe, quizás lleguen tiempos mejores "siempre que llueve, escampa" dice mi abuela, y quizás puedes llegar a serles imprescindibles. Te lo deseo de corazón, ojala tengas suerte y no tengas que dar un tercer adiós.
bs

Bulma dijo...

Mira, yo estoy contigo. Trabajar, hay que trabajar en algún sitio. Y si el trabajo te gusta y hay buen ambiente... es que de cabeza, desde luego. Me alegro mucho por ti!

CGR dijo...

Mu bonita te ha quedao la historia, mu bien explicao todo. Y no te preocupes, a lo mejor esta es la definitiva... o a lo mejor no... pero mientras tanto...

cloti dijo...

Carpe Diem wapa.
Bssssssssss
Cloti

Anabel Botella dijo...

La esperanza es lo último que debemos perder. Al menos estás en un sitio que te gusta, y eso siemprte es importante.
Saludos desde La ventana de los sueños.

chema dijo...

sé lo que duele tener que irse de una emoresa en la que estás a gusto, porque no quieren contratar más gente o lo que sea... yo siempre echaré de menos mi primer trabajo, en esos pequeños despachos con dos o tres personas más, en los que hacías tu trabajo tranquilamente sin que el jefe estuviera respirando en tu cogote...
ojalá esta vez no tengas que decir adiós... ahora disfruta esos dos meses, y como bien dices, mañana será otro día... mucha suerte!!

anele dijo...

Pues que dure, hija, que dure.

Pucca dijo...

Muchas felicidades!!!!! Ya nos tomaremos una guinness para celebrar!!

Charo Barrios dijo...

El toque romántico al relato lo confirma; el puesto de trabajo es -sea fijo o precario- , un amante, un amante que nos da felicidad y muchos disgustos. Y no sé por qué, se lo aguantamos todo. Cosas de la vida. ¡Que tengas suerte Candela, lo mereces!