Hace unos dias recibí un email un tanto extraño de mi amiga Susana Ce. Extraño en cuanto a su petición. Me enviaba un par de fotos de una lápida antigua, desgastada, solitaria sobre el césped increíblemente verde. Me contaba una historia también: unos datos de una tragedia que sucedió antes, pero mucho antes, de que ninguna de nosotras viniera al mundo. Y me pedía, así sin anestesia, que le escribiera una historia. Y ésto es lo que salió:
Nadie se acuerda ya de Pedro García Salceda. Sus restos, o lo que queden de él, yacen olvidados en una tumba en el corazón de un cementerio de Santander, a la vista de todos. Y, sin embargo, nadie la ve. Nadie lleva flores a la enorme losa de mármol oscurecida por el tiempo.
Una misteriosa inscripción cubre la lápida: Vuestra misericordia le una en el Cielo con los que amó sobre la tierra. La inscripción está dedicada por una familia que no es la de Pedro, el joven de 24 años que reposa allí desde 1933.
Han pasado muchos años desde aquel trágico 11 de Enero de 1933. El día en que acaba una historia que comenzó cuando Pedro, con sus pocas posesiones, llegó buscando sustento al pueblo montañés que le acogería como el suyo propio, deseoso de abrirse camino en la vida y hallar un trabajo que bien podría ser el primero, dada su juventud.
Tuvo la buena fortuna de dar con una familia de bien: honrados trabajadores descendientes de ilustres apellidos que le adoptaron como uno más de la familia y le dieron un empleo en la pequeña botica de la Plaza Mayor. Un trabajo digno y bien considerado en la época, algo de lo que sin duda sus padres, de tenerlos, se sentirían orgullosos.
Pero a Pedro poco le importaba ya el bienestar, el status o el dinero. Pedro había posado sus oscuros ojos castaños sobre la joven hija de su patrón, Daniela, una muchacha de arrebatadora piel blanquecina y mirada de miel. Y desde aquel momento, su destino quedaría sellado.
Su vida era Daniela. A ella dedicaba su primer pensamiento de la mañana, el último del día y todos los que iban entre aquel periodo de tiempo. El pecho le latía desbocado cuando estaba junto a ella. Cuando le hablaba. Cuando sus manos se tocaban por casualidad sobre el mostrador de madera de caoba de la apoteca mientras despachaban a algún cliente. Y pronto sus sentimientos estarían en boca de todos los mayores del pueblo, que no podían negar que Daniela jamás encontraría más apuesto galán, educado y trabajador.
Daniela no correspondía sus sentimientos. Al principio no supo comprender sus avances, sus miradas soñadoras, el languidecer de su sonrisa o la cadencia del dulce tono de su voz. Nunca había sido una muchacha vanidosa o consciente de la belleza sutil de la que era dueña. Para ella Pedro era como un hermano y no podía verlo de otra manera. Y cuando tuvo que enfrentarse a sus pupilas trémulas y pedirle que no perdiera el tiempo en ella, que no le amaba, que nunca lo haría, el corazón de Pedro se rompió tan desesperadamente que su vida dejó de tener sentido alguno allí mismo, bajo las sombras de las farolas en medio de la calle adoquinada.
Le encontraron colgando de una viga al día siguiente, en la trastienda de la farmacia, una nota de amor eterno malescrita sobre un trozo de papel que yacía a sus pies...
Han pasado 76 años, el nombre de la familia es conocido en toda Cantabria. Dicen que Daniela se casó, que probablemente fue felíz. Y Pedro García Salceda descansa en silencio en el verde prado de la ciudad que lo acogió como suyo... Tal vez esperando que Daniela se le una en la Gloria como no pudo hacerlo en la tierra...
Al hilo de escribir esta historia para Susana, se me ha ocurrido que sería interesante ver cuántas versiones se pueden hacer de una historia. Por eso os propongo un reto. A quien desee recoger el guante, por supuesto. No es un concurso. No habrá vencedor ni se escogerá la mejor historia. Simplemente os daré unos datos y quien así quiera hacerlo, ha de escribir un relato respecto a ellos. La primera persona que suba su relato, tendrá el derecho a escoger la siguiente historia a escribir por los voluntarios del reto. Eso sí, dejadme aquí notificación, para que todos podamos comprobar quién lo escribió primero, cuántas versiones de lo mismo pueden nacer de unos pocos datos y cuál será el próximo desafío. Tengo curiosidad por saber si este experimento puede tener éxito.
Los datos que os doy a continuación son verídicos y por lo tanto podéis cumplimentar información adicional para vuestras historias en Internet:
1909: Silverio Sepúlveda es condenado a muerte y espera su ejecución a garrote vil si antes no llega un indulto desde Madrid. Su verdugo, anónimo, hace horas que ha llegado en tren desde la capital. No desea revelar su identidad, nadie conoce su oficio. Él sólo sabe que ha de acabar con la vida de un criminal...
Ahí queda el problema de esta semana. ¿Alguien se atreve a recoger el guante? Hay suficiente info en la red sobre este personaje.
Ya hay dos versiones de la historia:
Coilet:
Susana Ce:
Damian:
¿Alguien más se anima?