miércoles, 7 de noviembre de 2007

LA PROFESORA DE LITERATURA


A todos nos ha marcado algún profesor, de alguna manera. Los ha habido que incluso habrán guiado nuestros pasos en el futuro o que nos haya hecho descubrir talentos ocultos o incluso, por qué no, los que simplemente nos mostraron la belleza de una u otra asignatura.
Y los ha habido terriblemente desastrosos, a los que poco ha fatado para arruinar no sólo tus sueños e ilusiones, si no tu amor por ciertos temas. Yo tuve una profesora así. Se llamaba Victoria y tenia el trasero de una mesa de camilla. A mis quince o dieciséis años (me dió primero y segundo de BUP), Victoria me parecía una cuarentona amargada, con su voz nasal y su caminar lento, arrastrando el final de su cuerpo como un tumor maligno. Pero ahora que lo pienso, Victoria debía estar a principios de la treintena. Y amargada, eso sí que era cierto.

Al principio nos pareció una profesora "guay", como deciamos en nuestro trasnochado vocabulario, porque a vecesse saltaba las clases para hablar de temas de "interés". Ahora la llamaría símplemente vaga. De los cinco días que nos daba lengua y literatura, dos como mínimo los dedicábamos a hablar de otras cosas que no tenían nada que ver con el temario.
Yo adoraba la literatura, la sigo adorando, y los mejores libros que he tenido en esta materia durante mis años escolares, fueron los de 2º y 3º de BUP, de Fernando Lázaro y Vicente Tusón, editados por ANAYA. De hecho aún los tengo, el de la foto es el de tercero porque al de segundo le faltan las tapas, tanto lo usé.

Sin embargo, mi propia profesora no parecía compartir el mismo amor literario, cuando nos pasábamos la hora hablando del aborto, de trajes de novia o, lo más cercano a la literatua, el precio de los libros. Recuerdo que por aquel entonces un libro de los de pasta blanda costaba alrededor de las 600 ptas, y si yo podía permitírmelo, con mi pingüe asignación semanal, que compraba bastante libros, no comprendía cómo ella, con su sueldo, no podía permitirse 600 pesetas. Esto, claro está, emprendió un acalorado debate entre comprar libros de tapa dura o esperar a la edición de bolsillo, buscar en mercadillos o comprar en tiendas de segunda mano. A mí me gustaba más el olor de la Librería Jaime, a la vuelta de la esquina de casa de mi abuela, donde pasaba los fines de semana, o la Librería Mignon en la Plaza de Mina.

Por aquella época yo ya llevaba años desahogando mi imaginación en libretas, escribiendo historias de éste o aquel estilo, lo típico. Luego me dió por escribir novelas detectivescas, del estilo de Los Cinco y similares, y antes que Victoria, todas mis profesoras/es de literatura se habían interesado por mis relatos . Le dejé mi última invención y me la devolvió a los pocos días. No volví a escribir durante semanas. Allí, en medio de la clase, me dijo que mi imaginación era grande, pero el resultado, digno de terminal de aeropuerto. Dijo que mis relatos se parecían a los que se encontraban en cuanquier estación, literatura barata. Me mordí los labios por no llorar, pero repondí que me conformaría con tener un libro en la estantería de un kiosko de andén, porque al menos estaría publicado. Se rió de mí, pobre adolescente con la mente llena de ilusiones. Tal vez por eso nunca llegué a mandar nada a ninguna editorial, porque, como otras personas de mi entorno lo harían más tarde, me hizo creer que yo no valía nada, que no tení talento. Ahora en ladistancia, me parecen palabras muy crueles para con una niña de 15 años, en lugar de instigar y animar su facilidad con el lenguaje.
Pero esta no fue la única vez que me humilló en clase. Victoria nos daba también clases de "lenguaje" en Segundo, y durante una de las aburridas tardes con declinaciones verbales, me surgió la duda. Amiga de la lectura, había leido numerosas veces la palabra balbucir, y me preguntaba si balbucear era parte de su declinación o se trataba de otro verbo. Con su rostro redondo con el peinado a lo garçon de peluquería de barrio, ajustándose las gafas redondas y sonriendo perversamente habló por la nariz:

"Señorita Bernárdez, la palabra balbucear no existe. Es balbucir. Es que los andaluces no sabéis pronunciar bien y cambiáis todo."


Ah, sí. Creo que ella era de Salamanca, o en cualquioer caso, de Despeñaperros para arriba, recién salida de Magisterio, sin duda, y enviada al culo de la piel de toro, donde todos, por regla, según sus cánones, éramos unos brutos que no sabíamos deletrear nuestro propio nombre. O el suyo. Primer día de clase: "Me llamo Victoria y estoy casada. No me llamo Vicky, ni Victorina ni Vitoria". Lo de que estaba casada fue un shock. Con ese culo.


En fin, tras sus insignes palabras y la refutación de la existencia del verbo balbucear, se provocó un intenso debate. entre ella y yo, principlamente. Porque los niños no balbucean: balbucen.
(Siempre según su versión).
La clase acabó con su radical afirmación de que la palabra estaba mal, no existía (me la había inventado). Me fuí a casa contrariada y con un sentimiento de frustración y rabia en el pecho. Cogí mi diccionario VOX de la Lengua Española, edición del 84 y también mi Diccionario de Sinónimos y Antónimos de la misma editorial. Le llevé este último al día siguiente a clase porque su explicación me pareció mejor que simplemente la del vocablo. Aún tengo esa edición del VOX. Dice así:


balbucear: intr. Balbucir. Son equivalentes en su significado, pero balbucir es verbo defectivo y solo se conjuga en infinitivo y en las personas que tienen i en la conjugación: balbucía, balbucieron, etc. Las demás formas de balbucir se suplen con las de balbucear. Para otros matices sinonímicos, V. mascullar.
balbucir: intr. Balbucear.


Su cara cambió de color, especialmente cuando el resto de la clase rompió a reir y a aplaudir. Me suspendió el examen trimestral, el general de final de curso, y me hizo repetirlo en septiembre a pesar de que mi examen estaba correcto. Mi madre fue a hablar con ella después de que me quejara a la directora. En reunión con la directora y la sapientísima maestra, la respuesta fue que se me había suspendido como castigo a mi esfuerzo por humillar a una profesora en medio de una clase de 40 niñas y como prueba de humildad para el futuro.

Nunca fui de números, ni les gustaba yo, ni ellos a mí, así que me pasé el verano incando los codos en dos asignaturas odiosas y una que no necesitaba.
Ni que decir tiene que la lección de humildad no cuajó en mí. En tercero tuvimos un profesor mediocre cuyo nombre pasó a los anales del tiempo. De Victoria, "la Victorina" como la llamábamos a su espalda, nunca más supe.

Rot in hell.

4 comentarios:

Anónimo dijo...

Ruth, genio y figura hasta la sepultura.
Así que eras una adolescente rebelde ja...ja...ja... como me hubiera gustado estar allí

Manuel Besotesss

Galerna dijo...

Nenaaaa yo tuve los mismos "tochos" de libros, toda la literatura española condensanda en esos libracos...jejejeje.

digo lo mismo que Manuel, qué cara se le quedaría a esa amargada (para haberlo visto por un agujerito) cuando le rebatiste... jajaja, balbuceó?

Besos

SONY

Marisa dijo...

Cuánto te comprendo hija mía. En 4º o 5º de egb (fíjate la dificultad que tendría) pusieron un problema en la clase y resulta que yo di con un camino para resolverlo distinto al de las demás y, por supuesto, al de la estúpida profesora (no ya por eso, sino por muchas otras cosas que no vienen al caso). Inocente de mí levanté la mano y dije que si también valía lo mío y, visiblemente molesta me dijo que no, sin molestarse a comprobarlo y a pesar de tener idéntico resultado. El único argumento que ella esgrimiría en su cabeza sería que no era lo que ella tenía en sus papeles o en su libro del profesor. En ese caso aunque era más que obvio y lo comprobé en casa, no tuve ningún texto salvador que demostrara que yo tenía razón.
La verdad es que después de eso pocas veces levanté la mano en una clase. Simplemente hacía lo que me daba la real gana.

Fernando Celaya dijo...

Esos dos libros hicieron que yo amase la literatura. Son dos tesoros que ahora busco en anticuarios, y espero y deseo encontrar; para volver a leerlos, a repasarlos, y volver a estudiar lo que en ellos pone. Mi profesora de 2º y 3º de BUP se llamaba Silvia, y me hizo amar, adorar, la literatura. Y la Geoeconomía, dicho sea de paso, pues también nos daba esa asignatura. Ello pese a estar Silvia y yo en las antípodas políticas, porque eran finales de los años 70s y se hablaba mucho de política. Es notable que tuvieras los mismos libros que yo, pues soy de Barcelona, y por lo que leo eres andaluza. Hoy es impensable que niños andaluces y catalanes compartan el mismo libro de texto.

Un saludo,

Fernando