domingo, 10 de agosto de 2008

PRINCIPIO Y FIN (Confesiones de un minero) -III-


Dicen que cuando vas a morir ves toda tu vida como un flash ante tus ojos. Moriré pronto, la vida se me escapa como humo cada vez que respiro y no hay nada que pueda hacer por evitarlo. Pero no tengo miedo. Al menos, no ese miedo irracional que el ser humano siente cuando sabe que el fin ha llegado. Pero tengo miedo a ser olvidado, a no haber hecho lo suficiente en estos cuarenta y tres años de existencia para haber dejado huella. Maldita silicosis...

He pasado por una revolución, una Guerra Civil, otra Mundial y las postguerras. Las postguerras que para los niños son aún peores que las mismas guerras. He visto miseria, he pasado hambre, he robado, he visto la muerte de cerca.
Y ahora veo mi vida pasar desde esta cama de hospital que ya no abandonaré, y recuerdo mi infancia en Moreda, mi vida itinerante a veces, recuerdo a mis hermanos y a esos padres que ya hace tiempo que no están. Esos padres que me dieron la vida y a los que sin duda tantos disgustos causé con mis travesuras de niño. Recuerdo mi primera travesura con la claridad que te concede la negra muerte.

Papá trabajaba al cuidado de un motor compresor fuera de las minas, algo que le dejaba numerosas horas libres que aprovechó para estudiar para cartero a distancia. Tras aprobar el exámen en Madrid, y haciendo acopio de aquel dicho que dice que "la tierra siempre llama" pidió plaza para algún pueblo de Almería, de donde era originario, y fuimos a parar con nuestros huesos y muchas ilusiones acumuladas durante meses a Illar, el pueblo de mi madre. Habíamos vendido la casa, los muebles y casi todas nuestras pertenencias para que papá tomara la cartería de un pueblecito a setenta kilómetros de nuestro nuevo hogar. El viaje fue largo, lento, y penoso, embutidos en un tren de vapor polvoriento e incómodo.

Y todas nuestras ilusiones se deshicieron al ver el lugar desolado en el que habríamos de habitar. Papá había venido con sus propios sueños, aspirando a desempeñar algún día aquí su verdadero oficio, el de barbero. Abriría una barbería en la aldea, y entre el sueldo de Correos y lo que reportase la barbería, viviriamos como reyes. Pero nos encontramos con un pueblo con pocos habitantes que apenas se afeitaban y se cortaban el pelo una sola vez al año.

Con las 3,50 pesetas que ganaba en Correos apenas nos llegaría para vivir, por lo que papá decidió renunciar, recoger los bártulos y marcharse de nuevo a Asturias, dejándonos atrás hasta que lograse encontrar algo decente. Al menos allá ganaba diez pesetas y se sacaba un dinerillo extra si después de la mina trabajaba algunas horas en una barbería.

Tendríamos que esperar todo un largo año para poder conseguir el dinero suficiente para reunirnos con él. Ese año, precisamente, fue en el que recuerdo haber cometido la travesura que casi cuesta a mi madre su salud mental.

Una calurosa mañana, bajo ese sol implacable que sólo reina en el desierto almeriense, mi hermano Ricardo decidió ir a poner cepos para los pájaros, una de sus actividades favoritas. Yo deseaba acompañarle pero él había sido tajante: no cargaría con un crío de siete años. Ricardo se creía muy sofisticado a sus catorce, y yo era muy testarudo.

Ricardo echó a correr mientras yo le seguía, a pesar de que amenazaba con darme una paliza si no le dejaba en paz. Corría y corría y yo detrás, hasta que se cansaba, se volvía y a su vez me perseguía, intentando enviarme de vuelta a casa.

De pronto me caí. Fui a parar al suelo, raspándome las manos y las rodillas. Por su culpa. Por haber corrido tras de mí con una rama en la mano, dispuesto a zurrarme el trasero si me atrapaba. Agarré lo primero que tuve al alcance, una piedra. No muy grande. No muy pequeña. Me volví con la rapidez felina de un entrenado zagal y la arrojé ciegamente, con todas mis fuerzas. La mala fortuna quiso que golpeara a mi hermano en la cabeza, dándole de lleno en la frente. Ricardito detuvo su carrera, el rostro bañado en sangre, y cayó de rodillas, mirando con incredulidad sus manos ensangrentadas.

Me asusté tanto que me levanté e ignorando el dolor de mis magulladuras, corrí de vuelta a casa y, sin que nadie me viera, me escondí en el interior de una despensa que había bajo las escaleras, ocultándome como una cucaracha tras unas orzas viejas. Desde allí oí la llegada de mi hermano y los gritos de mi madre al ver su estado. Ricardo le contó lo sucedido y mi madre prometió dejarme el culo como un pandero en el momento que hicera acto de presencia.

Mientras, yo temblaba como una hoja desde mi posición aventajada bajo la escalera del terrado, en el centro mismo de la casa y con un tabique de madera que me permitía oirlo todo. Y no estaba dispuesto a entregarme fácilmente. Creo que incluso me dormí, y las horas pasaron sin que me atreviese a salir.

Finalmente fueron a buscarme a casa de mis primos, pensando que habría tomado refugio allí. y visitaron los hogares de mis amigos con el mismo éxito. Al anochecer, la casa se llenó de gente. Tíos, primos, vecinos... Nadie se preocupaba ya de la herida de mi hermano. Todo lo contrario: le regañaban por haberme amenazado con una paliza, por haberpe provocado al correr tras de mí, le preguntaban una y otra vez en qué dirección me había visto correr, y él les contestaba entre lágrimas que yo había corrido hacia la casa.

Registraron cada palmo de las habitaciones, abrieron armarios, arcones, muebles de cocina, e incluso inspeccionaron la despensa en la que me ocultaba. La oscuridad y las orzas impidieron que me vieran.
El pueblo entero se revolucionó con la misteriosa desaparición. El caos parecía reinar entre mujeres alarmadas y hombres organizando partidas de rescate. Alguien decidió que era hora de llamar a la Guardia Civil. El sólo nombre me puso los vellos de punta. En esos tiempo se les tenía gran respeto, por no decir temor. Armado de valor, decidí rendirme.

-Si no me pegáis, salgo de aquí -grité.
Reinó el silencio. Todos quedaron paralizados como estatuas de piedra. Lentamente abrí la puertecilla de madera, esperando lo peor. Mi madre corrió hacia mí aliviada. Me abrazó, me besó, me acarició el cabello, comprobó si aún tenía piernas y bazos en su lugar correspondiente, y me estrechó contra su pecho, como si quisiera meterme de nuevo dentro de su cuerpo. Una veintena de rostros sonreían con ternura.

Y Ricardito recibió una colleja.

2 comentarios:

charo dijo...

Me gustó tu relato. ¿cómo te has colocado en esa época? y ¿por qué?

Candela dijo...

Te lo explico en privado, que es largo.