domingo, 16 de septiembre de 2007

EL PINTOR (3er Albanta)


Sabía que la gente especulaba sobre su vida y los motivos que la habían llevado a elegir su actual ocupación pero hacía mucho tiempo que había dejado de importarle. Marta alargó el brazo, dió el último brochazo a la esquina del techo ahora malva y con decisión descendió cuidadosamente de la escalera. Dejó las brochas y el rodillo sumergidos en disolvente y se deshizo del mono de trabajo, una paleta multicolor que olía como lo había hecho su antiguo y abandonado estudio, porque Marta había sido una artista antes de permutar los pinceles por la brocha gorda, mucho tiempo atrás, cuando era jóven y estaba en lo mejor de la vida, según decia su familia.
Ahora, más cercana a la cincuentena que a la cuarentena, Marta regresó a casa tras una agotadora jornada pintando una oficina a medio abrir, donde debía soportar las miradas de hombres tan ávidos de conocer su historia como de conocer su bien conservado cuerpo. En el siglo XXI, con mujeres astronautas y presidentas, aún les parecía extraño ver a una mujer pintando paredes y ganándose la vida, ganándosela bien, con ello.
Se tiró en el sofá y abrió un tercio de San Miguel mientras encendía el último modelo de televisor de pantalla plana. Una mujer había sido asesinada por su pareja en Tenerife. El presentador decía que era la sexta en lo que iba de año en la Isla. Una estadistica más.
Recordó con amargura aquellos años vividos en el miedo, a la sombra de aquella mano gigantesca que la hería más en el corazón que en la piel. Los años de abuso, de miseria, de dejarse ir poco a poco y empezar a temer convertirse en un número, un nombre que añadir a la esquela de un periódico plagado de noticias similares. Marta se consideraba una mujer educada, habia terminado su carrera de Publicidad y luego se había enfrascado en su segunda pasión: la pintura. Recordo con tristeza los bonitos lienzos que él habia destrozado de un zarpazo en una noche etílica. Entonces, ¿por qué se lo había permitido durante tanto tiempo?
Fue una mañana de abril. Estaban de obras en el piso. Manolo había decidido, sin escuchar sus suplicas, que su estudio era una pérdida de espacio que bien podían añadir al pequeño salón desde que ella ya no pintaba, así que había comenzado a tirar la pared. La visión de aquel cuerpo que una vez había amado, en pantalón corto y camiseta sucia, las latas de cerveza alineadas en la mesita para sus "cinco minutos de descanso" entre mazazo y mazazo le abrieron los ojos. Manolo se habia sentado al borde del sillón. Ella se acercó despacio, tomó la pesada maza y de un sólo golpe dió por terminado su descanso. El muro se quedaba. Un poco mas grueso esta vez, para dar cabida a la insulacion "extra", pero como se llamaba Marta que se quedaba.
Nadie hizo preguntas. Dijo que la había abandonado. A nadie le extrañó. No era la primera vez.
Redecoró el salón, pintando la nueva pared del color de los ojos de Manolo: verde manzana. Fue entonces que se dió cuenta de que debía ganarse la vida, esa que ahora le pertenecía al cien por cien. Tras contemplar que era tan buena con un rodillo como con el más fino pincel, decidió hacer uno de esos cursillos que la Junta de Andalucía organizaba para mujeres con ansia de aprender algo útil y lo convirtió en su profesión. En el gimnasio perdió dos tallas, se cambió el peinado y el color del cabello y compró aquella pantalla plana de la cual se había enamorado las pasadas navidades y que colgó de la pared verde manzana.
Marta no iba a ser ninguna estadistica, ninguna esquela solitaria en un periodico más de aquel pais de Manolos.

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