
Hoy es el día que veré a mi madre tras veinte años de forzosa separación, pero no estoy alegre. Es difícil de explicar para terceros, porque toda mi infancia y adolescencia las pasé sin su presencia, y mientras las otras niñas presumían de lo guapas que eran sus mamás, yo no podía decir lo mismo.
Mi madre era fea. Por dentro y por fuera. Y aunque la abuela ha intentado protegerme en su burbuja particular, el mundo de internet me ha dado todas las respuestas necesarias para completar el puzzle incompleto de mi vida.
Hace unas semanas cumplí 29 años, que se dice pronto, pero mi vida desde los 9 ha sido un tormento, que comenzó aquella fatídica tarde al regresar del colegio, cuando por el camino me recogió el tío Michael y me llevó a su casa, de la que no saldría en muchos, muchos días. Es una larga historia que a veces me gusta contar, si sólo para desahogarme. Desde entonces soy carne de cañón para psiquiatras, y Dios sabe que los necesito. En la negrura de la noche se ocultan múltiples fantasmas que jamás me abandonarán mientras viva.
Debería ir a recoger a mamá a la salida del presidio, pero no me apetece. Ni siquiera he abierto ninguna de esas pocas cartas que me ha enviado a lo largo de los años. Ahora sé que nunca me quiso. Ni a mí ni a ninguno de mis otros cinco hermanos, que ahora tienen sus propias familias, sus propias vidas. Despues de todo, ellos no pasaron por el infierno que me tocó vivir. Hemos crecido sin una figura paterna, cada cual de un padre diferente, y cuando mamá al fin pareció establecerse con alguien, cuando al fin pensé que tendríamos un "padre" y no una larga lista de "amigos", el cielo se abrió con toda su furia para castigar los sueños de una niña ingenua.
Porque lo cierto es que para mamá no éramos más que una "superflua molestia", y por eso intentó hacer dinero fácil, simulando nada más y nada menos que mi secuestro con la complicidad del tío Michael. Planeaban cobrar una recompensa por mi liberación, sin tener en cuenta las connotaciones que ello pudiera tener en mi existencia. El tío Michael apareció con su furgoneta en una calle cercana a la de mi colegio, donde no había testigos que pudieran reparar en nosotros. Me llevó a su casa con el pretexto de que mamá le había encargado cuidar de mí unas horas, lo cual no era extraño. He pasado muchas horas con vecinos y familiares mientras ella montaba fiestas o se veía en secreto con cualquiera de sus amantes, a pesar de que no era una persona mínimamente atractiva. El no desear parecerme a ella físicamente me ha hecho padecer anorexia casi desde entonces. He teñido mi pelo, tonificado mi cuerpo. No quiero ser su viva imagen, ni por dentro ni por fuera... He sido incapaz de enamorarme, de entregarme a una relación, de tener hijos. Por miedo a ser como ella...
El tío Michael me mantenía ocupada durante interminables horas, instruccionándome de no acercarme a las ventanas y permanecer en silencio y escondida cuando llegaban visitantes. Si se ausentaba, me dejaba atada en la habitación, con un orinal cerca para las emergencias y algunos dulces para saciar mi hambre. Cuando él estaba en casa, me daba lápices de colores, juguetes y muñecas y veíamos dvds divertidos. Era como estar de vacaciones, sin tener que ir al cole... pero unas vacaciones extrañas al fin y al cabo, sin poder salir, ni correr ni hacer ruido... y jugando juegos a los que no veía gracia alguna.
Me encontraron oculta bajo la cama y a partir de ahí el caos reinó en mi vida durante los meses venideros. Médicos, psicólogos, policías, amables asistentes sociales se empeñaban en hablar conmigo. Yo quería a mi mami, pero nunca fue a verme. Nunca más la vi. Tras casi un año en institucines varias, mi abuela se hizo cargo de mí. Cuando pregunté por mami, se me dio una vaga respuesta. Estaba de viaje... Y lo creí. Tanto, que con el paso de los años hasta me olvidé de si algún día regresaría. Jamás pregunté la naturaleza de su "viaje", aún cuando mamá nunca había salido del pueblo siquiera.
Me convertí en una adolescente traumatizada, tímida y solitaria. En el colegio me miraban con curiosidad y cuchicheaban a mis espaldas. Un día, en el cubículo del lavabo oí a otras adolescentes hablar de mí.
-"Mi padre me ha dicho que su madre la hizo secuestrar. ¡Su tío nada menos, con el que mantenía una aventura! Dice mi madre que no era una mujer respetable, ni tan siquiera guapa... Ahora está en la carcel..."
Aquellas palabras fueron el detonante de mi investigación particular. Imprimí todo lo referente a mi madre, y descubrí la sórdida historia que habían querido ocultarme. Su juicio fue rápido. Mi padrastro también acabó cumpliendo una corta condena por posesión de pornografía infantil en su ordenador. Dicen que él no tuvo nada que ver en mi secuestro. Tampoco le volví a ver después de aquello. El no era mi padre y no le ataba a mí ninguna sentimentalidad.
Vi fotografías de mi madre durante su aparición en el juzgado, sus ojeras de preocupación (por su futuro, no el mío), sus lágrimas al serle leída la sentencia, sus ropas baratas y su cabello sucio, y sentí vergüenza de llevar esos genes, esa sangre, en mis venas. Por más que ansiaba el cariño de una madre, el calor de unos brazos y el palpitar de un corazon latiendo, no deseaba el cariño de esos brazos ni los besos de esos labios.
Aprendí a detestar al ser que me dio la vida. Nunca más la llamé madre, porque no lo fue. Una madre no arriesga el bienestar de su prole, no vende a su hija por unos miles de euros, con el sólo fin de aparecer en la prensa como una devota esposa y madre amantísima y luego cobrar la recompensa de mi hallazgo. Una madre no te mira con ojos vacíos. Dicen que cuando le notificaron que me habían encontrado sana y salva ni siquiera mostró emoción. Mientras la acercaban a la comisaría, estaba más interesada en la música del móvil del oficial que conducía que de saber cómo estaba su hija. Palabra grande para su podrida boca.
Veinte años han pasado. Veinte. Sé que llama a mi abuela, pero nunca ha querido hablar conmigo. Ni yo con ella, para qué mentir. Debería ir a recogerla, pero no lo haré. Quizá soy una mala hija, pero ella nunca fue una buena madre. Hoy la veré, sí, después de estos años, pero la veré por la tele, mientras los reporteros recogen su imagen, demudada y probablemente contenta de ser libre de nuevo. He oído que escribirá un libro sobre las razones que la llevaron a hacer lo que hizo.
Y yo no lo leeré.
(¿Puede ser así, tal vez, el futuro de Shannon Mathews?