sábado, 20 de septiembre de 2008

SIMPLEMENTE ARTE



Esta obra de arte me la ha obsequiado Trini Tinturé, a la que ya dediqué un amplio artículo el pasado año, que fue, incidentalmente, el mejor de mi vida como mucho. Conocí a Trini en el Saló del Cómic de Barcelona y, junto a Pura Campos, es la esencia del cómic femenino español, y ahora trabaja para varias publicaciones extranjeras, aunque en breve se publicará en España la segunda parte de la reedición de su personaje Emma (watch this space).
Trini es una trabajadora incansable, pero además es una persona muy accesible y que tiene detalles con sus admiradoras como el dibujo de arriba, por el que nunca le estaré lo suficientemente agradecida.
De su obra, actual y pasada, podéis hallar información en su web www.trinitinture.com y existe desde hace unos meses un grupo msn donde es posible hablar de su carrera y compartir sus trabajos y cómics, http://groups.msn.com/TriniTintureunavidaatodocolor.
Gracias, Trini!

miércoles, 17 de septiembre de 2008

CUENTOS DE LA NANA (El rincón de Lar)


La abuela contaba cuentos que no he vuelto a escuchar, y me leía libros antiguos que aún guardo como tesoros. Ahora la abuela probablemente no se acuerde de ningún cuento y yo he ido perdiendo piezas por el largo camino de la vida.
Me encantaba ir a pasar los fines de semana a su casa, y dormir entre los dos sillones, con el colchón colocado encima. Los sillones se situaban paralelos al sofá-cama donde ella dormía con mi abuelo, y aunque el abuelo ocupaba normalmente el lado exterior de la cama, cuando yo me quedaba, era mi abuela la que dormía allí porque a mí me gustaba cogerle la mano mientras me susurraba cuentos.
No eran cuentos al uso. La abuela nunca me contó versiones variadas de Caperucita, Cenicienta o Los Tres Cerditos. La abuela tenía sus propias historias populares, llenas de misterio, de hombres malos, de niñas demasiado curiosas o de damas en peligro. Muchos no los recuerdo, de otros guardo retazos. Otros no eran cuentos, sino especie de trabalenguas. Como este, que aunque no he oído en mucho tiempo, lo recuerdo con cierto rigor:

Esta es la historia de Maria Cornejo,
que tenía tres hijos,
los metió en un botijo
y los untó con pez.
¿Quieres que te lo cuente otra vez?

A lo que yo respondía sí, o no, y ella con sonrisa picaruela replicaba:

Yo no te digo ni que sí ni que no,
que si quieres que te cuente el cuento de Maria Cornejo
que tenía tres hijos
los metió en un botijo
y los untó con pez
¿que si quieres que te lo cuente otra vez?

Y así seguíamos durante un rato entre risas, hasta que nos cansábamos, pero yo tenía mis favoritos. Uno de ellos era el de una niña que provenía de una familia muy pobre, y para más inri, numerosa (lo menos 11 hermanos), de esas familias de los tiempos de maricastaña que yo imaginaba llevando un traje raído gris y sin zapatos. Se llamaba Mariquita. Pues resulta que vivían muy lejos, muy lejos del pueblo y no tenían agua corriente, así que la madre, para cocinar y hacer las labores de cada día, envió a la niña una mañana con un cubo de latón a coger agua a una fuente cercana, y la nena al llegar, por temor a perder un anillito que le había dado su padre, se lo quitó y lo dejó a un lado, sobre la piedra. Llenó el cubo y regresó a casa, con tan mala fortuna que se olvidó el preciado anillo y sólo se dio cuenta al llegar. Le dijo a su madre lo que había pasado y corrió de vuelta a la fuente, pero el anillo no estaba.
Había allí un viejo trapero, con un burro y una saca, bebiendo de la fuente, y al ver a la niña llorar le preguntó qué le sucedía. Y la niña le contó que había perdido su anillo, a lo que el viejo replicó que lo tenía él en el saco, que metiera la mano y lo cogiese. Al meter la mano, el viejo trapero la empujó dentro, lo ató y lo colgó del burro y le dijo que ahora era suya y que iba a ganar dinero a su costa, y la llevó por las esquinas del pueblo y la hacía cantar desde el interior del oscuro saco diciéndole:

Mariquita canta,
mira que te meto la lanza.
Mariquita cantaaaa,
mira que te meto la lanzaaa

Y la niña cantaba:

En un saco voy metida,
y en el saco moriré,
por un anillo de plata
que en la fuente me dejé.

Y el viejo, en su peregrinaje con la saca y el burro, llegó a casa de la niña sin saberlo, y pidió refugio para pasar la noche y refugiarse del mal tiempo. La buena señora accedió y el viejo dejó el saco en un rincón, no sin antes susurrarle a la niña dentro que si hacía algún ruido, la mataría allí mismo.
Se durmió el viejo en su rinconcito y la madre se puso a hacer pan. Uno de los hermanos de Mariquita le pidió un bollo a su madre, y Mariquita desde el saco exclamó:

-¡Y otro para mí también!

Los hermanos, al notar que la voz venía del saco, alertaron a la madre y fueron a indagar y encontraron allí a Mariquita, la liberaron y rellenaron el saco de ratas rabiosas y de trapos sucios y por la mañana cuando el viejo se despertó, cogió el bulto, dio las gracias a la buena señora y se marchó sin sospechar nada. Pero llegado al pueblo comenzó con su retahíla:

Mariquita canta,
mira que te meto la lanza.
Mariquitacanta,
mira que te meto la lanza.

Y al no cantar, le hincó la lanza y se rompió el saco y de ahí salieron las ratas, que el atacaron y se lo comieron a bocaítos chicos.

Lo que nunca entendí, y siempre le preguntaba a mi abuela, era cómo la mamá no había echado en falta a la niña, que el viejo había llegado ya de noche y la cría aún no había regesado, pero ella siempre me replicaba que con tanto hijo (que tenía lo menos 11), pues no se habría percatado.

El otro cuento era un pelín macabro, ¿pero acaso no lo son todos? Lobos que se comen a ancianitas, madrastras que envenenan fruta, un niño de madera al que se come una ballena, princesitas que se quedan en estado catatónico tras pincharse el dedo..., pero igualmente me gustaba:

"Había una vez un par de hermanos, llamados Perquito y Mariquita (que nombre tan popular, corcho), que vivían con su padre y su madrastra, que no soportaba a los niños y tenía celos de ellos (como toda buena madrastra que se precie de serlo).
Un día envió a la niña a la tienda a comprar unas cosas y al irse ésta, llamo a Periquito y lo mató.
Al regresarMariquita del mandado, preguntó por su hermano y la mujer se hizo la tonta y le dijo que estaría jugando por el bosque, que no diera la lata y que necesitaba que le llevara la comida a su padre, que estaba cortando leña junto al río, y le dio una olla calentita, con las instrucciones de que bajo ninguna circunstancia abriese la tapa o se enfriaría el cocido.
Cuando la nena estuvo alejada de la casa, muerta de curiosidad destapó la olla y descubrió que era su hermanito, cocinado. Y se fue llorando, con la olla en las manos, desconsolada. Y de pronto se le apareció un hada y le preguntó:
-Mariquita, ¿por qué lloras? -y ella le dijo que su madrastra había matado a su hermanito, a lo que el hada respondió: -No llores más y haz una cosa. Cuando tu padre se coma la carne, recoje los huesos y siémbralo alrededor del pozo bajo los naranjos. Y ya verás que en poco tiempo, tu hermano vuelve a nacer.

Y así lo hizo Mariquita, y regresaba cada día, hasta que se encontró a su hermanito, que había nacido entre los naranjos. Y la madrasta se acercó y le pidio una naranja.

-No te la daré, mala madre, que me mataste, me comiste y no lloraste.
Y se acercó el padre y le pidio la naranja.

-No te la daré, mal padre, que me comiste y no me lloraste
Pero cuando Mariquita le pidió una naranja, le dijo:
-A tí te las doy todas, que no me mataste, no me comiste, pero me lloraste.

Es un cuento bastante tonto y probablemente me olvido muchas cosas, pero básicamente así es como lo recuerdo. También había uno muy cortito muy cortito (¿quién dijo que los microcuentos son una moda actual?), que dice así:

Erase una vez un soldadito, que se tomó un vinito y se cayó de un tejadito. ¡Qué cuento más chiquitito!

¿POR QUE?




¿Por qué se acaban los sueños?
He pasado la noche soñando que el rostro de los pósters de mi adolescencia (con unos cuantos años más, peor aún le he encontrado atractivo), me dedicaba toda su atención. Ha comenzado a besarme el cuello con tal delicadeza, con tal ternura... (que me perdonen su esposa y el guiri) Y entonces el sueño se diluyó en otro... y luego en otro... y me veía subiendo las escaleras de piedra oscura de la antigua casa de mi abuela, y mi pequeño Juanito me recibía con un besito casto en los labios. ¡Era niña de nuevo! Nuestro primer besito, aquel que nunca llegó...

lunes, 15 de septiembre de 2008

POLVO DEL DESIERTO (Relato)


Papá fue diplomático en Russia en los tiempos de la Guerra Fría, aunque las malas lenguas (en especial la de mi abuela materna), aseguran que fue un espía.
Desde pequeña quise ser como papá, y dedicarme a la política... o al espionaje. Pero papá decía que las mujeres no podemos dedicarnos a lo segundo, que somos fáciles de sonsacar información. Que la tortura en una mujer es mayor, y aguantamos menos porque no sólo es física sino sexual, y eso no solamente tortura la mente sino el alma entera. Papá me dijo esto cuando cumplí los ocho años y jamás se me ha olvidado, aunque entonces no entendí muy bien el significado de sus palabras. Yo seguí jugando a ser una versión femenina de James Bond, un Angel de Charlie o una Matahari en alguna imaginaria guerra.
Con los años mi sueños de violencia gratuita se esfumaron y la realidad ocupó el lugar nunca abandonado del todo por la infantil imaginación de una niña sedienta de aventuras. La política no me atraía y la Guerra Fría había concluido. Me hice periodista, y tras pocos años trabajando en el equipo de producción y redacción del noticiario nacional, pude obtener mi preciado premio: una corresponsalía. En Afganistán.
Papá puso el grito en el cielo, claro, aunque ya hace más de diez años que dejé de vivir bajo su techo y él ya está retilado de su puesto. Afganistán no es lugar para mujeres, me dice, pero yo pienso, precisamente, en las muchas mujeres atrapadas en esa vida que sólo tiene sentido para ellas. No voy a marcar la diferencia, ni voy a ser una mártir. Ni siquiera voy a intentar comprender su estilo de vida.
Es mi aventura, mía sola, y la voy a disfrutar de principio a fin. No soy la única reportera enviada a Kabul.
El viaje en avión ha sido largo, mis piernas se resienten pero a la vez tengo un choque de adrenalina que me mantiene en tensión, a la expectativa. El trayecto en coche hasta el hotel no hace nada por calmarme. Me siento como si me hubiese tomado un tripi, como en aquellos tiempos de estudiante en los que me mantenía despierta a base de una combinación de café y anfetaminas blandas, esa pildorita rosa recetada a mamá por su médico, y que yo le sustraía de la cajita lacada sin que se diera cuenta. Mamá siempre vivió en el limbo.
Hay polvo. Polvo por todas partes. Y casas medio destruídas, y pobreza. Mucha pobreza. Veo mendigos por el camino, lisiados, niños sucios. Esta no es la bienvenida que esperaba, aunque sólo estamos en la periferia de la ciudad, al pie de las montañas que pronto se cubrirán de nieve. Hace calor y el conductor señala a lo lejos unos edificios altos, más modernos. Creo entenderle que allí está mi hotel, y no puedo esperar a encerrarme en mi habitación y encender el aire acondicionado.
No sé mucho de Kabul, apenas he mirado por encima la guía turística (por llamarla de alguna manera) que adquirí en el aeropuerto. Sólo sé que tengo dos días para familiarizarme con la ciudad y después comenzaré mi trabajo. Lo que no querían decirme en la emisora de la que provengo es que estoy aquí para cubrir el puesto dejado vacante por mi predecesor, víctima improvisada de una bala perdida de no se sabe qué ejército. Dicen que en Kabul la lluvia de balas es mayor que la pluvial.
El hotel no es ninguna maravilla, bastante básico. Hay aire acondicionado pero funciona a ratos. La nevera de la habitación está vacía. La televisión no tiene más que un canal. Las sábanas están remendadas y las toallas tienen agujeros. En recepción me dicen que el agua está racionada y sólo es disponible unas pocas horas al día, principalmente a primera hora de la mañana y al atardecer.
Me duele el cuerpo. Me duelen las muelas. Antes de venir, fui al dentista. Quería hacerme un pequeño arreglo, por si acaso... Y siento las efímeras molestias derivadas más de mi cansancio que del trasiego de mi boca. Tengo sed.

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Estoy corriendo por una polvorienta carretera. A mi lado, cámara al hombro, corre Juancho, que había sido el compañero inseparable de mi antecesor en estas áridas tierras. Acabamos de caer en una emboscada. Delante nuestra iba un camión americano que literalmente ha saltado en el aire ante nuestros ojos. Tenemos que correr... correr de las balas que nos persiguen, de los gritos endemoniados detrás de las armas. Correr del horror.
Caigo.

Todo está oscuro. Me duelen los hombros, los codos, las muñecas, el abdomen, las piernas. Estoy atada a una incómoda silla de metal, mis manos en la espalda, la boca amordazada. Creo que me han pegado. Sí. Puedo sentir el sabor agridulce de mi propia sangre, el olor ácido. Me he hecho pis. No sé cuánto tiempo llevo aquí, sumida en esta oscuridad. Ahora noto que me duele la nariz. Creo que está rota. Apenas si puedo abrir un ojo. No... no está oscuro. Simplemente tenía los ojos cerrados. Los abro y veo el rostro del horror, el de mi torturador, que sonríe sin dientes, con una cara arrugada y tan polvorienta como el camino por el que corríamos despavoridos. ¿Dónde esta Juancho? Quiero preguntar, pero no puedo emitir sonido. Tengo la garganta seca como la suela de un zapato. El desdentado me está diciendo algo. No le entiendo. Su inglés es pésimo... Me arranca la mordaza y me abofetea con fuerza. Creo que estaba perdiendo el conocimiento de nuevo. Se aleja hacia la puerta, que está frente a mí, a sólo un par de metros, y a la vez tan lejos, y llama a alguien.
Otro hombre entra. Es alto. Lleva pantalones militares, túnica y un turbante blanco. Huele a sudor. Me habla. Su inglés es pasable. Me pregunta cosas que no comprendo, cosas que no sé. Intento explicarle que no pertenezco al ejército americano, que soy periodista, corresponsal en Kabul. Se ríe, dice que no es estúpido, que soy una perra infiel y sucia, y vuelve a abofetarme. Saca del bolsillo un cigarro y lo enciende. Le digo que no es de buen musulmán fumar y se ríe en mi cara. Pequeñas gotas de saliva alcanzan mi rostro y siento deseos de vomitar. De hecho no puedo detener la náusea, intento girar la cabeza hacia la derecha y una bilis atraviesa mis labios con un espasmo feroz. El hombre vuelve a reir y escupe a sus pies. Me coge por el cabello, me hace mirarle. Me cuesta respirar. Creo que voy a vomitar de nuevo, pero logro contenerme. Me echa el humo apestoso a la cara y con el cigarrillo entre los dedos, lo acerca a la piel de mi escote. Hunde la llama en mi piel y grito. Dios, el dolor es insoportable. Me tira de la pechera, hasta que la tela cede y me arranca el sujetador. Esta vez hunde el cigarrillo cerca del pezón derecho y el dolor es tan lacerante que creo que me voy a desmayar, pero ni siquiera me da tiempo. He caído de la silla. No. Me ha tirado. Me ha abofeteado con tal fuerza que he ido a parar al suelo, casi al otro lado de la pequeña habitación, volando con silla y todo. Con la lengua me toco los dientes. No están flojos.
El desconocido planea sobre mí como un halcón. Se asegura de que estoy consciente. Llama a un par de sus secuaces y me levantan. Deshacen la cuerda que ata mis manos y me sujetan por los brazos. Soy como una muñeca de trapo.
Siento el puño en mi estómago. Duro, opresivo. Me doblo hacia adelante pero me coge por el cuello. No puedo respirar... no puedo... Me arranca el resto de la ropa. Los tres hombres ríen, sus miradas lascivas recorriendo mi magullado cuerpo. Me tiran a un rincón y el que ha apagado los cigarrillos en mi pecho asegura que va a volver. Se toca la entrepierna y dice que voy a pasar un buen rato.
Papá tenía razón. Mientras descargo mis lágrimas en el sucio y frío suelo me doy cuenta de que nunca habría sido una buena espía. Tengo miedo. Tengo miedo y me duele todo, y no creo ser capaz de soportar más dolor. Si tuviera algo que decir lo diría, pero sólo llevo un par de días en Kabul, no conozco a nadie más que a Juancho y no tengo información de ningún tipo, mucho menos algo que pueda servir a estos mercenarios.
Oigo los pasos por el pasillo, no me queda mucho tiempo. No voy a consentir que sus manos me toquen, que su cuerpo horade el mío. Me llevo las manos a la cara y me doy cuenta de que tengo el brazo izquierdo roto. No es más una pieza de la marioneta que soy, sin vida.
Introduzco los dedos de la mano derecha en mi boca, tanteo los dientes. La falsa corona se desprende tal y como el doctor Karpov me enseñó a hacerlo. En su interior se aloja una diminuta cápsula con cianuro. Papá me había hablado de estas píldoras durante toda mi infancia, uno de los métodos más efectivos entre los espías rusos para salvaguardar los secretos de su patria.
Creo que, en el fondo, habría sido un buen agente secreto. Muerdo la pastilla... El miedo se ha esfumado.

sábado, 13 de septiembre de 2008

GAY PRIDE PARADE en LIMERICK



Hoy ha tenido lugar en Limerick la cabalgata gay como colofón de la Semana I Love Limerick, que se organiza cada año (este es el segundo o tercer año tan sólo, creo), y aunque no eran muchos, han hecho ruido.
Con la organización de Rainbow, la asociacion de apoyo gay, la cabalgata ha salido desde detrás de mi casa, junto al parque y ha bajado por la calle donde se encuentra Leamy House, la que fuera escuela de Frank McCourt y hoy convertida en edificios de oficina donde se aloja precisamente Rainbow. Me ha hecho gracia ver salir a cuatro Drag Queens con pinta verbenera, por lo que declaro que oficialmente Leamy House es hoy Lumi House, jejeje.



Abrían el cortejo las reinonas del escenario gay, seguidas de una banda que ha amenizado el camino a ritmo de batucada.





Un recorrido cortito, donde ni siquiera han cortado el tráfico. Han salido poco después de la una de la tarde y a las dos han regresado por mi calle, por lo que he corrido a la ventana a sacar algunas fotos más. Muchas caras conocidas:



El de la camisa gris es Kieran, trabaja en la Seguridad Social, un cacho de pan sin pelo. El de detrás que me mira sonriente y que está en la siguiente instantánea también, es James, mi ex manager cuando trabajé en Bootlegger's.



Ha sido bonito y colorido en un día, por lo demás, gris. Y cómo no, ese autobús descapotable con esos marineritos a lo Jean Paul Gaultier... ¡Y tantas caras conocidas!





Cerraban la cabalgata los Jóvenes Socialistas, portando una pancarta con el emblema de su grupo, pero no me ha dado la gana hacerles fotos porque no entiendo por qué se apuntan a cualquier bombardeo... Por eso os dejo unos globitos y unas flores rosas...


Y ahora ya sabéis que el día del Orgullo Gay no se celebra en Limerick en las mismas fechas que en España o el resto del mundo. Y las celebraciones de esta semana de I Love Limerick concluyen mañana, hay una fiesta Mardi Gras esta noche y mientras escribo esto puedo oir la música procedente de Lumi House (jeje) donde estan celebrando una barbacoa. Juro que soy capaz de olerla desde aquí...

viernes, 12 de septiembre de 2008

EL DISCO DE CHANQUETE



Tal y como hicieran Pancho y Javi tras el éxito de Verano Azul, y tratando de exprimir aún más la popularidad de la serie, algún "iluminado" pensó que sería una excelente idea que Antonio Ferrandis, más conocido por aquel entonces como "Chanquete" grabase un disco con algunas melodías de temática marinera. El primer single, "Qué Bonito es Navegar" es archiconocido, a pesar de que el desaparecido Ferrandis no tenía precisamente voz de tenor. Aún así, le salva, quizá, el maravilloso coro de voces infantiles (algunos de los Nins).

El autor de los temas, A. Parera, contactó el estudio de M. Minguella para proveerse de un número de niños con voces altamente cualificadas para acompañar al actor-cantante. Con un mes de plazo para comenzar la grabación y que no interfiriese con su programa escolar, quedó estipulado que el proyecto se llevaría a cabo en Junio, y se escogió las voces que a su criterio encajarían mejor con el disco "un tanto complicado" que había descrito Parera. Lo que nadie podía imaginar fue el nivel de tesitura de las voces, las altas notas de sorprano requeridas para unas voces infantiles que sólo se podían considerar como "un disparate", ya que los niños no deberían sobrepasar unas notas determinadas en un sentido u otro.
Tras algunos ensayos, se reunieron en el estudio Perpinyá de Barcelona, donde el maestro Perera había ya dirigido a la orquesta y ahora se debían añadir las voces, tomando él la pauta con Antonio mientras la experta pedagoga y directora dirigía a los niños y les calmaba asegurándoles que todo iría bien, mientras la procesión iba por dentro. A. Perera era un profesional muy exigente y nunca antes había trabajado con niños.
Y como era de esperar siempre que los Nins están presentes, las anécdotas no podían faltar. Excitados al ver a su ídolo televisivo en carne y hueso, los niños le pidieron autógrafos, a lo que Chanquete, entre risas, les dijo que debía ser al contrario, pues los famosos con discos en las tiendas eran ellos, mientras él no había grabado nada nunca e iban a ser compañeros de trabajo. Aún así, siempre haciendo alarde de su simpatía, y ante la petición de su directora para tenerlos contentos, los obsequió con una fotografía dedicada, como la de la foto inferior.


La grabación se llevó a cabo bajo la mirada de póker del maestro Perera, que no dejaba traslucir si todo iba bien o si por el contrario no estaba satisfecho con los resultados. Pero todo transcurrió con normalidad, en un disco bastante bien producido y que satisfizo a todos los participantes, aunque como bien dice Marta, "Fue más bien una comedia musical, Chanquete estuvo muy bien siempre, dándonos ánimos y pidiendo que le animásemos cuando le tocaba cantar a él."
La presentación tuvo lugar en un teatro barcelonés, con presencia de la prensa y del propio Ferrandis y los Nins. Lo que muchos no saben es que posteriormente la discográfica eligiría un grupo de niñas, a las que bautizaría como "Chicles" y que a partir de ahí, y vestidas de igual modo que los componentes originales, harían playback de todos los temas, a pesar de las protestas de Antonio y de los niños implicados. Chicles pasaría a la memoria musical infantil como los intérpretes del disco de Chanquete y serían un Milli Vanilli más de la voraz industria discográfica.

jueves, 11 de septiembre de 2008

SIETE AÑOS YA...

No me voy a repetir en lo que ya dije el año pasado, para quien no lo haya leído, puede hacerlo pinchando aquí, y si tenéis algo que decir, podéis dejar vuestra comentario más abajo...

miércoles, 10 de septiembre de 2008

LA REINA DEL PAY-PAY

Ecos de un pasado no tan lejano...




... en esos tiempos donde las chicas como yo no iban a ciertos sitios...

Y si sólo por ver las calles que correteé de pequeña...

interior del Pay-Pay, foto de Charo Barrios

LONELINESS

A veces... A veces se hace difícil seguir aquí, sonriendo como una estatua, como un retrato indeleble, como si no pasara nada. Se hace cuesta arriba, en solitario, acallando los sollozos que brotan sin provocación.

Es difícil. Es difícil convivir con la soledad de uno mismo, ver pasar el día a día y rememorar lo que fue pero no será de nuevo. Me siento sola. Acompañada, amada, en aparente felicididad. ¿De qué me quejo? Lo tengo todo. Pero en el fondo... en el fondo no tengo nada. Mas sí, lo tengo todo.

Y sin embargo, lo mas mínimo abre el fluido de lágrimas que no cesarán porque a veces son necesarias, las lágrimas que me recuerdan lo que soy y por qué.

Las lágrimas instigadas por una canción, por un sonido, por el olor que desprende un viejo jabón olvidado al fondo de un cajón, entre camisetas o calcetines rotos. Las lágrimas que despiertan empecinados granos de arena de playa en el rincón más recóndito de una desgastada mochila. Las lágrimas que surgen de la nada, al oir palabras sin sentido para los demás, para el aturdido voyeur de mi vida imprecisa: Pay-Pay, Pópulo, Arco de la Rosa, Viña, Mentidero, Torre, torre, torre aquí y allá, Baños del Carmen, ¡ay mi Alameda!

Tengo casa sin tener un hogar, tengo dinero en el bolsillo y me siento pobre, perdida en esta selva de gente que no conozco, de rostros blancos y fríos que me miran sin ver. Hoy tengo hambre y no estoy hambrienta. Hambre de ser, entera, viva, vibrante.


Ansia de volar. Sin lágrimas. Porque es duro vivir.

EL BOTE DE DETERGENTE (El Rincón de Lar)

Los Botes de Colón fueron multiuso en casa. En casi todas las casas, imagino. En casa de la abuela, servían para almacenar los juguetes y "tesoritos" durante el día, y por la noche, cuando crecí, se interponían entre los dos sillones que, colocados juntos, me servian de lecho, para que cupiese la elongación de mis piernas, sosteniendo así el colchon de espuma sobre el que se hacía mi improvisada cama los fines de semana.

En los botes de Colón guardaba los viejos "taquitos" que habían sido los juguetes de mi tío de pequeño. Los bauticé como "taquitos" porque eran tacos de madera pintados en azul, verde, rosa, rojo, amarillo... de diferentes formas. Había trapecios pequeños, de unos dos centímetros, y barras de diez, cinco y tres centímetros de largo. Había triángulos, arcos, semiarcos... y con todos ellos alimentaba mi imaginación y creaba desde ruinas griegas a sofisticadeas edificaciones de endeble arquitectura, cuyos habitantes serían los otros pobladores del bote de cartón fuerte: los "conboys de a peseta", figuritas de plástico monocolor representando vaqueros, indios, caballos, y también tenía una surtida granja de animales varios, en su mayoría olvidadas figuritas de un belén en miniatura.
Guardaba allí también entre mis preciados tesoros, algunos mantelitos caseros, hechos por mi abuela, con los que hacía imaginarios picnics, tres bolas auténticas de billar (¿o eran cuatro), en blanco y rojo, pulidas y brillantes. Un bolso viejo de mi abuela que me serviría para mis juegos de rol, de charol ajado y asa media rota que por nada del mundo dejaba que tirase a la basura. Tenía también un joyerito de metal con una imagen del siglo XII en la tapa, con el espejo medio suelto y una pata rota. Una cajita de latón de la familia Telerín, que ahora alojaba cromos troquelados y antes había tenido un suculento membrillo en su interior. Tenía antiguos juegos de mi madre, como aquel que consistía en un palo de madera con una cuerda de la que colgaba una bola pesada con un agujero, y que debía ensartarse certeramente en la punta afilada del palitroque. Y tenía una cuerda para saltar, y otra cuerda corta, con dos bolas a los extremos que servían para golpearse rítmicamente a sí mismas, pero yo, siendo tan bruta y machorra como era en aquellos tiempos, lo utilizaba como arma letal karateka (creo que mi tío me llevó demasiadas veces a ver a Bruce Lee en el Cine Caleta), y algunos martillos de Carnaval que nunca me dejaban usar en carnavales y que ahora me parece que están prohibidos.
Bucear cada semana en los botes era mi pasatiempo favorito, ya que mis juguetes más usados siempre estaban arriba, pero mirar que había en el fondo, descubrir algun objeto olvidado largamente... eso no tenía precio.
¿Y vosotr@s? ¿Que guardábais en los botes de Colón, Elena o Daz?