Pasar por la muerte de un familiar querido es un proceso doloroso que las funerarias suelen saber tratar para hacerte sentir lo "más cómodo" posible dentro de las circunstancias. Según el tipo de funeral que quieras, te ofrecerán con todo tacto una serie de ideas y servicios para ser considerados: si se requiere presencia de un sacerdote y/o servicio religioso, si se desea el ataúd abierto o cerrado, el ataúd presente en la sala del tanatorio o no, a la vista o tras una cortina a donde se puede pasar a presentar los respetos en total privacidad.
Y luego, están los otros servicios que a mí, particularmente, me han dejado ojiplática, y espero que me disculpéis si trato un tema tan escabroso a la vez que inevitable. Pero en mi caso, he descubierto, sin quererlo, un mundo tan kirsch como escalofriante (y no por lo particularmente delicado del tema, al contrario... escalofriante por lo estrafalario).
Me ha costado hallar mi propia paz interna tras la muerte de mi abuela y no he podido exponeros este tema con anterioridad, pero ahora me parece un momento tan bueno como otro cualquiera.
Cuando mi abuelo falleció hace ya más de diez años, había dejado dicho que sus cenizas se echaran al mar. En mi familia todos hemos optado por la cremación. Tras recibir las cenizas (en un simple contenedor cilíndrico de plástico de color negro con una pegatina con su nombre a rotulador), nos dirigimos a las afueras de la ciudad y allí esparcimos, como era su deseo, sus restos en la bahía.
Mi abuela deseaba unirse al viaje marítimo de mi abuelo, pero nuevas leyes hacen que ahora no esté permitido esparcir las cenizas de una persona (o animal) en cualquier lugar. Aunque la funeraria te ofrece un servicio para disponer del ser amado en el océano -imagino que a un coste extra, en alta mar y desde un barco.
En el caso de mi abuela, yo había requerido quedarme con sus cenizas, pero dados su deseos, echamos la mitad al mar desde más o menos el mismo punto desde el que despedimos a mi abuelo, sin que nadie nos viera, y la otra mitad las traje a Irlanda conmigo.
Nos entregaron sus cenizas en una urna de terracota biodegradable, demasiado pesada y sobre todo, demasiado voluminosa para traérmela cómodamente pasando por aeropuertos y aviones sin llamar demasiado la atención. Viajar con cenizas humanas no es un problema: tan solo se ha de tener el certificado de defunción y el de cremación por si fueran requeridos. En mi caso, nadie supo que transportaba cenizas conmigo.
El caso es que sin poder traerme la urna original, me dediqué a buscar una más... adecuada. Mi sorpresa primera fue encontrar que solo había dos tamaños, tres, si contamos los artículos de joyería: el tamaño normal de una urna que contenga los restos de una persona y un tamaño pequeño donde apenas cabrán unos 70cl. Demasiado pequeños, pero no hacen nada intermedio.
Y quedé horrorizada por el mal gusto y el kirsch demostrado en algunos diseños. Tenía muy claro que deseaba algo discreto. No quería algo de cerámica que pudiera romperse fácilmente en cualquier mudanza o quitando el polvo. Los accidentes suceden y no me haría ninguna gracia ver a mi abuela esparcida sobre la moqueta o el parqué. Y también me vienen a la cabeza escenas jocosas de películas.
Tenía muy claro que no quería algo que pareciese una bombonera de tienda de chinos, y de esas había muchas y de todos los colores y decoraciones:
Tampoco deseaba algo que pareciese una coctelera, porque en un país de bebedores, todo es posible:
También vi urnas decorativas y supuestamente "discretitas" con forma de figuras, pisapapeles, marcos para fotos y hasta candelabros:
Luego están, naturalmente, las joyas, para llevar siempre contigo solo una pizquita de tu ser amado. Confieso que la idea no termina de disgustarme, pero de discretas tienen poco y sus diseños son sencillamente... no sé ni cómo describirlos. ¿Pulseras? ¿Multicolores medallones en forma de corazón? ¿Balas? ¿viales? ¡¡Llaveros!! Hasta se me ocurre el slogan ideal: "nunca volverá a olvidar sus llaves si las acompaña su ser amado en la eternidad". Ple-a-seeee.
Todas vienen con estuche de terciopelo, un embudito para echar las cenizas con total comodidad y una solución para sellar la cápsula.
Lo más espeluznante que me he encontrado han sido "urnas" en forma de osos de peluche para contener restos de niños muy pequeños o bebés:
O éste de corte gótico para llevar al cuello:
Pero al parecer, el último grito de qué hacer con las cenizas, aparte de convertirlas en un diamante (que es para siempre), es convertirlas en arte. Sí, así mismo. Se mezclan las cenizas con óleo y se aplican a un lienzo realizando un retrato del difunto a partir de alguna foto facilitada por la familia. De esta forma, aseguran, "la presencia física del difunto acompaña a la imagen artística".
Pero esto no es todo. No solo hay urnas de todo tipo para cenizas humanas, y para todos los gustos... También las hay para las mascotas, y aunque solo os pongo dos ejemplos de "lo más normalito", lo cierto es que hay figuras un tanto... diferentes.
Finalmente, dado el mal gusto y la poca selección reinante en los tanatorios gaditanos, me decidí a recorrer con unas amigas las tiendas artesanales en busca de una cajita "discretita" (a pesar de la sugerencia de Blas de comprar un tupperware), y como me da cosa hacerle una foto al recipiente donde descansan las cenizas de mi abuela, os dejo una foto de una similar, aunque la mía tiene un enjambre de flores esculpidas en la tapa y no tiene espacio para fotografía.
Si no tuviera el espacio para la foto, me plantearía comprar este tipo de cajita, porque la decoración me parece discreta y de inspiración celta, pero lo de la foto... no sé, no sé...