viernes, 11 de septiembre de 2009

102 MINUTOS

Después de escribir sobre el atentado en el WTC aquí y en alguna entrada suelta relacionada con el tema, no pensaba volver a hablar de ello. El día lo recordaré siempre, ¿quién no? Hasta que vi un "nuevo" documental hecho a partir de las grabaciones de cámaras de curiosos, turistas y prensa.






El documental se puede ver íntegro en Youtube, bajo el nombre 102 minutes that changed America y no hace falta saber inglés para entender lo que este patchwork de imágenes quieren transmitir. En el vídeo que he puesto arriba, es de especial interés un trozo a partir del minuto 2:53. Un grupo de chicas, obviamente compartiendo piso, miran incrédulas por la ventana lo sucedido, cuando aún no se sabía qué había hecho que el primer avión impactase contra la primera torre. La segunda explosión las sacude con tal pánico que pone los pelos de punta. Y lo primero que hacen es dejar el piso a todo trapo. Ojo, son imágenes muy duras, todos sabemos lo que ocurrió y cómo ocurrió. Pero es un documento gráfico impresionante, porque esta vez no se trata de un locutor narrando una secuencia de hechos: aquí lo que vemos son los sentimientos de los que están grabando, su incredulidad, su terror, sus sensaciones.
Yo estuve allí seis meses después, y el aire alrededor del Trade Center olía aún a polvo y putrefacción. Especialmente a polvo. Ese polvo que se te mete en la nariz, que te hace sentir las manos como si llevaras exfoliante. Seis meses después.
Si hay algo que llama la atención en ese documental es el increible silencio que sigue a la caída de las torres, mientras la nubareda de polvo y partículas, de escombros, lo envuelve todo como en una película de corte apocalíptico. Las personas parecen convertirse en estatuas de sal alejándose de Sodoma y Gomorra. ¿El caos? el caos ya no existe. Ahora su lugar lo ocupa la incertidumbre, una piedra mucho más pesada de llevar... ¿Ha sobrevivido alguien? ¿Lograron evacuar la segunda torre? Mis compañeros, mis amigos, mis familiares... ¿Están a salvo...?

Ese día perdimos mucho más que miles de vidas humanas. Perdimos la paz, la seguridad, el control y la confianza. Perdimos la fe en el prójimo y empezamos a ver el mal mal bajo nacionalidades diversas, a mirar de reojo y a criticar abiertamente.
Cuando fui a Nueva York en la primera quincena de Marzo del 2002, me habían advertido del ostracismo en el que se habían sumido los ciudadanos de una ciudad fustigada con la tragedia que más shock trajo al mundo en las últimas décadas. Pero no fue así en lo más mínimo. Sí me impactaron las calles y calles con flores alineadas en el suelo, muñecos, peluches, firmas... las muestras de dolor que dejaban familiares, amigos y hasta desconocidos en los lugares donde se erigieron los nombres de los caídos de los cuerpos de bomberos, de la policía... Un dolor que se contagia aunque no seas de allí ni hayas perdido a nadie. Es un dolor metido en el alma con taladro, porque ver llorar a otro no te deja impasible, como tampoco te deja inmune el silencio colectivo y el respeto. La tragedia realmente te impacta cuando ves el nivel de destrucción, cuando compruebas las ventanas todavía rotas, los edificios abandonados y los cuerpos que aún tantos meses después siguen siendo encontrados.
Han pasado ocho años. Y nadie ha olvidado.

jueves, 10 de septiembre de 2009

COMPAÑEROS DE PISO (III): GEORGINA

Cuando Georgina se mudó a la casa, nadie me consultó al respecto. Tampoco que me importara, porque quien la invitó a mudarse con nosotros fue Miro, el eslovaco. Creo se arrepintió él mismo.
Georgina era tremendamente desordenada, pero como ese desorden se limitaba a su habitación de cajones abiertos, ropa por el suelo y cama sin hacer, no nos importaba demasiado. (Qué desastre de mujer -decía Miro-, no me extraña que no tenga novio). Cada cual con su cuarto. La chica trabajaba en un pub, y en sus días libres, bebía en ese mismo pub, hoy desaparecido, llamado Nestors. Yo la conocía tanto de allí, porque fui clienta durante un tiempo con mis amigos, como del restaurante de enfrente donde en esos momentos yo trabajaba de camarera.
A Georgina la despidieron de Nestors meses antes de mudarse a vivir con nosotros. Un día, en el restaurante, me pidió dinero para comprarse un paquete de tabaco, porque la habian suspendido el sueldo de la semana y no tenía ni un duro. No teníamos mucha confianza entonces, y mi economía andaba flojilla por esos tiempos, y aún así, le di mis últimos 5 euros (lo que valía entonces un paquete de tabaco), y prometió devolvérmelo al día siguiente. Ni qué decir tiene que nunca mas los vi, y tampoco se los pedí. Sí me dijo que la habían despedido porque al cerrar el bar un par de noches antes, se había quedado bebiendo durante horas con el que entonces era uno de mis supervisores -y naturalmente, sin abonar ni un céntimo de esas consumiciones-, y la habían cogido en las camaras de seguridad, que ella se pensaba que no las miraban para nada. Naturalmente, el dueño se dedicó a examinar con cuidado las grabaciones de noches previas y descubrió que la muchacha hacía esto con habitual fluidez.
Una semana después recuperó su trabajo, prometiendo no hacerlo más. Cómo fue que la creyeron y volvieron a admitir es un misterio aun a día de hoy, y dio bastante que hablar a las malas lenguas por aquel entonces.
Al principio, en casa, todo fue bien con G. Tenía sus cosillas, eso sí, como el hecho de que cocinara para ella sola enooormes perolas con toda clase de verduras, carnes y demás, para luego comerse un platito y dejar el resto ahí. Porque los irlandeses no suelen comer "los restos", ni comidas de un día para otro. Pero es que Georgina no solía tirar tampoco lo que no quería, y a menudo era Miro quien tenía que deshacerse de sus comidas, porque creaban penicilina en las ollas. Ollas que los demás necesitaban usar, por supuesto. Yo tenía mis propios cacharros de cocina, para evitar encontrarlos sucios y sin limpiar en el fregadero o tener que pelearme con alguien por necesitar la misma olla a la vez. Pero ella nunca fregaba. Raras veces la vimos con un estropajo en la mano.
Luego llegaron las desapariciones de comida, aunque como esto es algo taaaannnn común entre los irlandeses, ya no me extrañaba de nada. Un día me desaparecieron dos puerros buenísimos que acababa de comprar. Pero según ella, los puerros que cogió eran los suyos, así que a los míos les debió de salir patas y me quedé sin mi cremita de puerros y patatas... Otro día fueron unas patatas de Miro... o atún, o zanahorias. Lo peor fue una vez, cuando ya vivía con nosotros un español llamado Ismael, que se volvía a España y el último dia quería hacer un gazpacho para todos. Naturalmente, compraba todo con cuentagotas, por lo que compró los tomates y condimentos justos. Llego a casa, dejó la compra en la nevera y se marchó de nuevo. Cuando regresó dos horas después, le faltaban dos tomates. El "yo no he sido" rotundo de Georgina se pudo oir en toda la casa... a pesar de que Miro y yo la habíamos visto comer una ensalada de relucientes tomates a mediodía... tomates que antes no estaban en la nevera.
En otra ocasión, me era imposible encontrar una fuente de plástico donde a veces poníamos fruta fresca y en otras ocasiones nos servía para hacer ensaladas grandes. Era un domingo por la tarde y tenía amigos a cenar, por lo que quería hacer una ensalada hermosa. Yo juraría que hasta un par de días antes, la fuente había servido para poner unas naranjas de Georgina en el centro de la mesa de la cocina...
Tras buscar por cada mueble de la cocina sin éxito, se me ocurrio salir al patio trasero e inspeccionar la basura. ¡Bingo! Allí, en una bolsa de plástico sin nada más dentro, estaba la fuente. Una de las naranjas, al parecer, se había podrido, por lo que había dejado un cerco verdoso en el fondo. Y naturalmente, era más fácil tirar la fuente que fregarla... Ah, pero sorpresa... con la fuente estaban también unas cucharillas de metacrilato mías que había usado para su té y no había limpiado, por lo que habían cogido un tono amarillento... que desapareció tras simplemente fregarlas... y un vaso que sin duda había contenido algun líquido durante al menos un par de meses en su habitación, porque también tenía el culo verdoso. Tener que darle una charla a una chica de veintitantos sobre la conveniencia de fregar los cacharros en lugar de tirarlos cada vez que se ensucian, fue un tanto incómodo... por decir lo mínimo.
La situación se puso un tanto tensa cuando casi un año después, yo empecé a trabajar de manager en Macs, con el bar completamente a mi cargo. Georgina había dejado su empleo en Nestors por otra cosa y no le gustaba, y me pidió que si se necesitaba a alguien en mi bar, la tuviera en cuenta. Justamente buscábamos a alguien y mi jefa accedió a darle el trabajo, dada su experiencia en el sector. Por lo general trabajaba por la mañana y yo solía darle el relevo por las tardes. Los problemas no tardaron en llegar. Primero, dando ordenes a otros empleados, sobre todo a los nuevos, y cambiándoles los horarios a su conveniencia. Se le avisó que ese no era su trabajo, pero recibí quejas de otros empleados, por lo que mi jefa la llamó y le recordó que la única que podía cambiar turnos y sobre todo, mandar gente a casa si al cosa estaba tranquila, era yo, que realizaba los cuadrantes. Esto le sentó como una patada.
Luego, vinieron los comentarios fuera de lugar a mi jefa por su parte, que me avisó de que un par de mañanas que había ido a llevar cosas al bar, le había contado de mi relación con el guiri, y si peleábamos o no o si hacíamos esto o lo otro. Información personal en la que mi jefa no estaba interesada y así se lo dijo. Georgina no podía vivir con el hecho de que "una extranjera de mierda" le diera órdenes, o de que quien le diera órdenes, además, fuera su compañera de piso. El colmo fue cuando llegué una tarde a las cinco a trabajar y relevar a la chica de la mañana (era el día libre de Georgina), y me encuentro las neveras medio vacías. Le comento si ha estado muy ocupada durante la mañana para haber vendido tanto y me dice que no, lo normal, pero que quienquiera que hubiera estado trabajando la noche antes, no había repuesto y por las mañanas, entre desayunos y almuerzos, no daba tiempo a hacerlo. ¿Y quién había trabajado la noche anterior? Sí, Georgina. Ocupada no había estado, ciertamente, porque un sólo vistazo a las ventas de la noche anterior en el "chivato" de la registradora me dijo que había sido una noche tranquila.
Esa tarde se paso por allí a tomar algo y aproveché para confrontarla, dentro del ambiente laboral, para no tener que hacerlo en casa. Me dijo que no había estado muy ocupada, pero que al terminar le dolía mucho la espalda y estaba muy cansada. No lo suficiente, sin embargo, para no irse a la cama. Georgina se había ido derecha a la discoteca, como era su costumbre, regresando a casa pasadas las cinco de la madrugada. No solía ser muy silenciosa precisamente, y me despertó a su llegada. El comentario no le hizo gracia y fue a quejarse a mi jefa, quién le recordó, que las neveras hay que dejarlas llenas por las noches para que la bebida esté fría por la mañana, especialmente porque quien trabaja el turno de mañana ha de preparar sandwiches y desayunos y no tiene tiempo de bajar a la bodega y subir cajas y cajas. Ese es un trabajo que hay que hacer al cierre.
Gergina no apareció a trabajar al día siguiente. No dio aviso y me encontré teniendo que ir a trabajar en mis días libres y doblando, por no poder encontrar a alguien con tan poco tiempo de notificación. No respondía al teléfono y se encerraba en su cuarto como una niña pequeña sin contestar cuando se la llamaba.
Lo que ella desconocía es que cuando te vas de un trabajo, sin dar notificación y sin un motivo concreto, a tu jefe le llega una carta de la oficina del paro preguntando los motivos de la marcha, y que al saber que se había ido voluntariamente y de mala manera, el paro le podría tardar hasta tres meses. Y esos tres meses los pasó viviendo de los demás.
Cada fin de semana se iba a visitar a sus padres, a los que no visitaba más que una o dos veces al año en el tiempo que llevaba viviendo con nosotros. Se traía comida para toda la semana y salía cada noche, eso sí, con gente que le pagaba las copas. A Miro le pidió dinero prestado en varias ocasiones y a día de hoy creo que nunca se lo devolvió, y estamos hablando de cientos de euros, no de 5 o 20. A mí también tuvo el rostro de pedirme dinero después de "hacer las paces conmigo" de un modo muy poco convincente, pero nunca le di nada.
La pelea gorda la tuvimos una noche en la que llegó borracha a casa a las cinco de la mañana y junto con Miro y JC, que le decían que bajase el tono, gritaba y cantaba en la salita. Tras dos infructuosas peticiones de silencio, le tiré un vaso de agua a la cara. Se echó sobre mí como una posesa insultando como pudo y le di el bofetón que sus padres nunca le dieron a tiempo. Después de eso nos hablamos poco.
Meses más tarde se echó un novio más o menos decente y al mes se fueron a vivir juntos. La relación no sobrevivio y nunca más supe de ella hasta que se mudo dos casas más abajo con otra gente con la que tampoco se llevaba bien. Luego se volvió a mudar y le perdí la pista, pero como decía Miro... ¡Pobre del hombre que acabe casándose con ella!

martes, 8 de septiembre de 2009

HEY, HEY, I SAVE THE WORLD TODAY... (Relato)

... So Everybody is happy now, the bad thing is gone away...



Hay canciones que mueven. Y canciones con sentido. O con sentimiento. En el Club de los 7 Pelagatos, sonaba la misma canción al final de la noche. Para el Llamas escuchar este tema en particular movía su alma de contrabando.
El Llamas, para aquellos que le miraban por encima de la nariz, sólo era un cero a la izquierda. Sí, eso era lo que muchos decían de él. Un don nadie, sin nombre y apellidos. Aunque el Llamas sabía muy bien quién era y de dónde venía, y por sus venas corría la mejor de las sangres. A veces, era como la canción que la cupletera cantaba... "Con lo que quieras llamarme, me tengo que conformar..."
El Llamas no tenía por qué conformarse. Pero se pasaba por el forro del vaquero lo que dijeran aquellos pobres ignorantes. Algún día les enseñaría who's daddy...
El Llamas había celebrado su primera victoria futbolística con la canción de Eurithmics. Se había jugado el Club de los 7 Pelagatos y había ganado, gracias a la ayuda de uno de sus secuaces. Pero en el fondo, no se trataba de ganar, o del bar, o de un negocio o de un modo de vida. Se trataba de sus principios y de su dignidad.
Y de dar una lección a su oponente. 4-0 era más que suficiente.
...Please let it stay...

lunes, 7 de septiembre de 2009

DONDE TODOS SABEN TU NOMBRE...

Cuando llegué aquí por primera vez, un 4 de Noviembre de 1997, El High Stool aún no existía. El edificio sí, naturalmente. Y también era un pub, un lugar familiar con un restaurante en la parte trasera llamado Cheers y una discoteca en el piso superior llamada Vodoo Rooms.
No sería hasta unos años más tarde que se convertiria en El High Stool, sede de moteros y rockeros y lugar de concentración de bandas de casi todos los colores. Reconozco que aquí disfruté como la que más con la banda tributo a Thin Lizzy, coreando las canciones foneticamente y a gritos tras unas pintillas de más. El guiri y los amantes de la música heavy y todos sus derivados recuerdan el lugar con añoranza. Vale, sí, reconozco que hubo momentos en que lo pasé muy bien y que el lugar estaba en perfectas condiciones, pero el continuo cambio de managers y la desidia de sus dueños lo hizo caer en picado. Aún así, es cierto que conservo memorias divertidísimas.
Porque el High Stool, con sus servicios sin papel higiénico casi siempre a primera hora de la noche del Sábado (y sí, yo era la que iba a pedirlo, como siempre. Un dia me dijo un camarero, un tanto irritado: "Usa la manita", y con mi peor cara de asco le repliqué: "lo siento, no soy irlandesa, gracias. ¿Papel?") era un lugar con carácter. Y por supuesto, yo iba siempre hecha un pitiminí junto a la mejor colección de góticos, heavy metals, hippies y zarrapastrosos que pululaban por el local. Era un lugar de encuentro, que como su anterior nombre, recordaba a "Cheers", where everybody knows your name... Y era cierto. No acababas de cruzar la puerta cuando ya tenías tu bebida usual en la barra esperando por ti. Al High Stool, los viernes y sábados noche, había que ir temprano a coger asiento. Después, se llenaba hasta la bandera. En la parte de atrás solían hacer conciertos. Algunas bandas, como Roper, están destacando en el panorama musical nacional y ya tienen varios cds a sus espaldas.
En el High Stool, cada compañero de asiento tenía una historia. Y los camareros y managers también. Allí se podía hacer el indio sin broncas: y vaya si se hizo. Desde Ken y los camareros Ger y Gavin emulando a Jackass (recuerdo el día que Ken, blanquito como la leche, se despojó de toda su ropa, quedando como su madre le trajo al mundo y corrió calle abajo, un total de 4-5 manzanas y volvió al bar, donde le esperaban sus compañeros con un cubo de agua helada. Era Enero). O los vídeos que hay colgados en Youtube, haciendo el burro por las escaleras que bajaban a los servicios y despensa...



O haciendo el burro simplemente:



De estos había varios subidos a Youtube. Ir allí a beber, se convertía a veces en toda una aventura. A mí me molestaba casi todo del lugar: la música excesivamente alta, los servicios no demasiado limpios (aunque luego lo remediaron, creo que para no oirme), y por supuesto, algunos de sus clientes, con los que he tenido más de una bronca por mandarme callar "por ser mujer" o "extranjera" o simplemente "por existir". Pero como siempre conseguí que se les prohibiera la entrada al local (yo también sé poner ojos de Gato con Botas de Shreck), pues la cosa no llegó a mayores, aunque sobre una persona en particular sí que tuve que denunciar en comisaría y poner una orden de alejamiento.
El guiri siempre contará entre risas "mi rostro" al negarme a pagar en la puerta siempre que había un concierto, aunque yo tenía el permiso del manager para no hacerlo, por supuesto. Y es que el concierto tenía lugar en la parte de atrás, y nosotros nos sentábamos al frente, y yo no acudía al High Stool por la calidad dudosa de su música sino por el guiri y por beber, de modo que no veía justo tener que pagar cinco o diez euros en la entrada por algo que no voy a consumir (yo no me sentaba detrás a ver el concierto). Además, el High Stool tenía dos puertas de entrada, una en el centro, y otra a la izquierda que conectaba con el local gay (el bar estaba dividido en 3, el bar gay "Mikonos", "The Rack", un billar que antes había sido "Lapelos", un club de lapdancing, y el High Stool. Por lo tanto, entraba por la puerta de acceso al bar gay o al The Rack. Pero un día que entramos por la puerta principal, uno de los camareros, que cada semana se teñía el pelo de un color, estaba al cargo de las entradas. Yo pasé a su lado sin mirarle, saludando, eso sí, con un "Hello, Purple Hair!!!" (Hola, pelo morado) y mis mejores andares de "yo soy mejor que todo esto". Me habría faltado la estola de piel. El guiri, que venía detrás, se puso tan colorado que pagó la entrada por mí, el muy zoquete. Y la anécdota aún se recuerda entre los amigos, claro, que me pinchan siempre diciendo "¿Pero tú sabes quién soy yoooo...? Yo no pago entradas, queridos..."
Las mejores noches siempre serían las de Halloween, todos disfrazados. He de decir que casi todos demostraban una vena artística y creativa para sus disfraces. Ken disfrazado auténticamente de Legolas o Gavin de terrorista islámico con sus cartuchos de dinamita atados a la cintura en la chilaba fueron de risa, así como Sinead disfrazada de árbol o el año que este mismo Ken-Legolas apareció totalmente vestido de Darth-Maul, con el maquillaje perfecto y la réplica del lightsaber. Ken, además de estar estudiando fotografía (ahora se dedica en parte a ello), era un artista con el pincel, y de ello quedarán perdidos para siempre entre los escombros, tras su derribo, los dibujos que realizó en los sucios muros del local. Se dedicó a pintar durante una semana sin parar (dormía allí mismo), las paredes que bajaban a los servicios e incluso las puertas a los mismos y los pasillos inferiores:





Más tarde, las paredes del bar principal comenzarían a llenarse de fotografías del personal y de los clientes. A las fotografías se les fue agregando "titulares" de prensa con combinaciones que a veces eran absolutamente hilarantes. También se hicieron algunos "montajes" divertidos: Ben Oit era un camarero belga que conoció a su novia allí, Elaine, mientras esta se tomaba unas copas. El cachondeo, naturalmente, no tardaría en llegar en forma de poster.


Ger y "Pelo morao"



Sí, mis fotos también estuvieron en el muro. El último día me las llevé. El último día, casi todo el mundo se llevó algo del High Stool. Ya se veía venir en las semanas previas que el negocio tenía los días contados. Ir un Sábado por la noche, pedir un vaso de vino tinto y una coca cola y que no tengan tinto, pues puede pasar, no en todos los bares sirven vino. Que te pongan la Coca Cola de lata comprada en el Lidl, es llamativo. Que pidas una Heineken un Sábado a las nueve de la noche y ya no les quede, es un aviso. Que no tengan Guinness, es una sentencia de muerte. Las cosas no iban bien y se notaba en el ambiente.
Un Viernes noche, el guiri trabajaba hasta las once. Normalmente le traían de vuelta en coche y le dejaban a las puertas del bar, así que yo me reunía allí con él. Ese viernes llegué y encontré las puertas cerradas aunque se podía oir música tenue dentro y el sonido de voces. Telefoneé al guiri pensando que ya estaba dentro (a veces cierran las puertas si los makis del pueblo están sueltos por las calles y han intentado que les sirvan allí), pero me dijo que venía de camino. Mientras tanto, el manager me había visto por las cámaras de seguridad, y abriendo un pelín la puerta, me cogió del brazo y me arrastró dentro. El guiri llegaría diez minutos más tarde y entraría del mismo modo.
En el interior, una vez más como en Cheers, nos recibieron con un "Eeeeehhh". La caja registradora había desaparecido. Paquetes con latas de Cocacola, refrescos y cervezas se apilaban junto a una columna. Al parecer, hacía meses que no pagaban sus tasas -tampoco la licencia- y por lo tanto, ni podían abrir el local, ni nada de nada. El fisco había confiscado (valga la rebuznancia) la mayor parte de bebercio esa mañana y lo poco que quedaba... era en botellas y latas compradas a última hora y casi me atrevo a asegurar, que del bolsillo de su manager, que por cierto, emigró a Boston a la semana siguiente. Esa noche, apenas éramos veinte allí, con música de... uh-uh, la radio, y nuestra bebida barata cuyo importe se echaba en una cajita metálica.
Cerca de las dos de la madrugada, alguien decidió llevarse de "recuerdo" las maquinitas expendedoras de pistachos y gominolas (que creo que nunca vi jamas a alguien usarlas, a saber cómo estarían los pistachos y las golosinas), y alguien más regresó del servicio con la máquina de condones al hombro (ah, sí, se me olvidó decir, hacía tiempo que la compañía que coloca esos cacharritos metálicos para alojar el papel higiénico se los había llevado, por falta de pago, procediendo, también, a suspender el envío de tan básico material). Yo aprendí a llevar siempre un rollo en mi bolso... por si acaso. Total, como en España, donde a veces es imposible encontrar un bar con papel.
Y así, todo el mundo quiso llevarse algo, y yo, me llevé nuestras fotos de la pared. Y unos cuantos vasos que me faltaban y que ya os enseñé en otro post de cosas "mangoneadas" de bares, vicio que tengo bastante abandonado por cierto (es que no traen nada nuevo, buff).
Como todo bar con solera que se precie, tenía sus personajes "fijos":
-Mickey "Love", que era un señor mayor, al que vi el otro día y ya está muy decrépito, va con bastón y necesita ayuda para caminar. Le llamaban "love" porque así era como se dirigía a todo el personal femenino: "Hello, love", con su sonrisa de falsa dentadura profidén.
-Ken, siempre creando algo nuevo, primero las pinturas en el muro, luego las fotos, después las competiciones de playstation hasta las cinco de la madrugada y sus experimentos con cocktails tras la barra...
-Emma, una chica jovencísima y monísima que estaba entre gótica y chica de baile de fin de curso americano, siempre con unos vestidos impresionantes que una vez me dijo eran de su tía que ya no los usaba, de los años sesenta. Emma tenía la costumbre de traerse la bebida (botellas, no una sino varias) de licor de su casa y beberlas en los servicios, mientras en el bar, en toda la noche, quizá pedía una o dos consumiciones.
-Clara, que no sé para qué iba al High Stool. Llegaba, se pedía su cerveza, y bajaba a los servicios, donde se sentaba en la encimera del lavabo a leer libros de filosofía.
-Connor, de pelo largo y barba trenzada, Connor hacía honor a su nombre y parecía todo un guerrero celta, con un cuerpo musculoso y unos bíceps de infarto. Tenía una sonrisa preciosa... hasta que abría la boca, porque le faltaban un par de dientes. Su novia tenía un cuerpazo pero he olvidado su nombre. Una chica muy simpática. Por desgracia decidieron irse a Australia durante un año y la relación, tras casi cinco años juntos, acabó como la arena de las dunas. Creo que ella regresó a los dos meses.
-Silent Bob. Ni era silencioso ni se llamaba Bob. Era camionero y la viva imagen de Silent Bob de Dogma y otras películas. Le dije una noche entre risas que se parecia a él, y se le quedó el apodo.
Hay muchos más, pero no querría aburriros. Durante un tiempo también era frecuente que me codease con danzarinas exóticas y putas varias (algunas no lo negaban), que tras acabar su trabajo en el club de lapdance, bajaban a refrescar la garganta... y captar clientes. Frivolité en el grado máximo. Viva el Glamour.
También las he cogido de espanto en el High Stool, acabando con mis huesos en la moqueta, pero eso... eso no lo cuento.

domingo, 6 de septiembre de 2009

FIGURAS EN LA GALERIA DE ARTE

La City Gallery of Art de Limerick se encuentra en un edificio histórico de estilo Neo-Hiberno-Románico, que antes era la Biblioteca Carnegie, construído en 1906 junto al Peoples Park en el distrito más Georgiano de la ciudad.
En 1936 un grupo de políticos, artistas y mecenas decidieron establecer aquí la primera colección de arte local a base de donaciones, principlamente, y en 1948 se realizaría una extensión al edificio original. El el 85 la Biblioteca y el Museo fueron transferidos a un adificio mayor que podía acoger sus numerosas piezas y desde entonces, está destinado a exposiciones y como Galería pública.
Pero el arte de este edificio comienza en el exterior, y no por la magnificencia de su fachada gris o ese estilo neo-hiberno-románico, sino por unas diminutas figuritas que cuelgan (en algunos casos literalmente) de sus paredes. El ojo poco entrenado apenas las distingue, pero sí: Están ahí. Desaparecieron durante un tiempo, para volver a reaparecer, imagino, tras alguna labor de conservación o restauración.


















IGNACIO HERNANDEZ SUÑER (IÑIGO)

Bruguera nos trajo a muchos maestros del cómic. Maestros con mayúsculas. Y del mismo modo que nos los trajo, se los llevó, prácticamente. Lo que quiero decir es que Bruguera nos presentó a todo un elenco de historietistas. Y que a su cierre, quedaron desperdigados en diferentes editoriales. El cómic ya no sería lo mismo.
Lo que me apena es que grandes profesionales que amenizaron las horas libres de nuestra infancia, piensen que les hemos olvidado, que no recordamos sus nombres y mucho menos sus obras. Pero lo cierto es que de algunos autores hay muy poca información (por no decir ninguna)en Internet, y de otros comics, es imposible averiguar quién es su autor, como en Caty, la Chica Gato. Sigo empeñada en mis investigaciones y creo que estoy cerca de conseguirlo...
El caso es que de los nombres de autores y personajes de la época, hay ciertos que por una razón u otra, se hacen más entrañables. Gracias a Trini Tinturé, que conoce mi interés por el mundo del cómic en general, me ha sido posible hablar unos minutos con Ignacio Hernandez Suñer, más conocido en el mundo de las viñetas como Iñigo.


Iñigo llegó a Bruguera con 33 años, en 1958. Trabajaría para revistas como Sissi, CanCan, Pulgarcito y muchas, muchas otras. Bruguera sabía bien cómo sacar provecho de sus asalariados.

A lo largo de su carrera, crearía muchos, muchos personajes: Trotamundos, Mari Pili y Leopoldino, un matrimonio muy fino, Maica, Heliodoro y Robertita una feliz parejita, Robertito y Elisenda, y una serie de continuidad llamada La Mujer Detective, Marta y Maria, y Susana para la revista Pecosa de MC, aparte de muchas tiras de humor.


Pero su personaje favorito, según sus propias palabras, es Lola, que tuvo tal éxito en España que traspasó nuestras fronteras, llegando incluso a Japón. "Lola tuvo mucha salida en Japón -recuerda Iñigo, de 85 años, desde su casa en Barcelona, donde disfruta de su bien merecida jubilación-. Pero allí, al contrario que aquí, querían que saliese más desnudita, y en España querían que saliese como un palo. El Padre Vázquez, que trabajaba para la censura me llamaba 'el que pinta maripositas sin alas', fíjese cómo estaba el asunto en aquella época".





Lola comenzó a publicarse en 1974 y sus tiras, además de en algunos periódicos nacionales, se publicarían en unos 22 cuadernillos apaisados con el nombre de la protagonista. Su éxito fue enorme, pero el término de la dictura, la llegada de la democracia y el destape, acabó con la picardía erótica y a la vez sutil de Lola. "Con el destape, Lola se quedó como una novicia, aunque a veces salió desnudita y todo, pero dejó de vender y Bruguera dejó de publicarla", dice su autor. Lola fue publicada por última vez, no obstante, en una colección de 1997.

Respecto a sus otros personajes, Iñigo reconoce que le llamaban para hacer todo tipo de "parejitas". De las más tiernas y probablemente de las que más se recuerdan por la gente de mi generación, están los entrañables Mari Pily y Leopoldino. Ella, con un tipazo de envidia (como todas las mujeres que dibuja Iñigo), él un trabajador infatigable siempre tratando de tener contenta a su mujer, todo bajo la atenta mirada de los envidiosos vecinos. Un retrato muy fiel de algunos estratos de la sociedad que refleja. Una Stepford Wife a lo castizo, con tita de pueblo y bocata de chorizo incluido.
Y entonces llegó Trotamundos, personaje que creó por sí mismo, sin que fuese por encargo de la editorial como sus otras series. Trotamundos es todo suyo, como muchos otros personajes de cuyos nombres ya ni se acuerda, porque Iñigo reconoce que llegaron a publicarse unas 220,000 páginas suyas al mes en la época cumbre de Bruguera. ¿Que cómo es posible esto? Porque Bruguera utilizaba sus historias en casi todas sus publicaciones: Pulgarcito, Pulgarcitos minis, Lily, Mortadelos, Tío Vivo, etc. etc. "Pero no las llegué a cobrar nunca -asegura-, porque en el 82 llegó la suspensión de pagos que nos partió por la mitad y ya en el 86 la editorial se vino abajo y nos quedamos todos en la calle".

Al cierre de Bruguera Iñigo pasó a trabajar para otras editoriales. Una de ellas fue Editors, que editaban cuentos de los Hermanos Grimm clásicos, realizando ilustraciones. Porque las ilustraciones, además del cómic, siempre han estado presentes en su carrera. Cuando Iñigo llegó a Barcelona por primera vez, trabajó para una editorial llamada Archivos de Arte que le ofreció dibujar Tarzán de los Monos. Sin embargo los descendientes de Edgar Rice Burroughs no lo permitieron y así le ofrecieron hacer a cambio El Quijote. Tras él llegarían Las Mil y Una Noches y algunas obras de Verne como 20000 Leguas de Viaje Submarino. Estas bellas ilustraciones, serían luego transformada en un álbum de cromos para unas promociones de Chocolates Lloveras en 1960, que utilizaría 240 reproducciones de Iñigo.



En su curriculum, además, figura haber ilustrado las Fabulas de Fontaine (1963), el Libro de la Selva de Kipplin (1987), o El Conde de Montecristo y Los Tres Mosqueteros de Dumas, y Cinco Semanas en Globo de Verne en 1988.


Existe un mosaico de baldosas en la calle Petritxol de Barcelona que muestra un dibujo que parece de la mano de Iñigo, aunque él la desconoce. Sí, dice, haber visto otro una vez, con una copia de un dibujo suyo de Sancho con su burro, cuya cola era de lana. "El rabo -cuenta divertido-, era un trozo de lana, y abajo ponía una cosa muy curiosa: 'Si el rabo está seco, es que hace sol. Si está mojado, es que llueve'".

De sus compañeros de redacción en Bruguera, recuerda con cariño a "Ibáñez, que es el único dibujante que se ha forrado con el cómic y que aún continúa dibujando a Mortadelo. El debía tener unos 19 o 20 años cuando entró en Bruguera, era muy jovencito". También recuerda a Purita Campos, cuya mesa estaba justo al lado de la suya, y a Trini Tinturé, con quién asegura, comparte un fan en común que solía ir anualmente a visitarlos a Barcelona y que se volvía contentísimo a su Alicante natal con páginas con las que le obsequiaba Iñigo o dibujos dedicados.
Ignacio se encuentra retirado del mundo editorial desde hace ya diez años. Está en la labor de acabar una acuarela, único enlace con el mundo en el que ha trabajado desde muy joven. Cuenta que cuando se jubiló empezó a dibujar para su propio divertimento en acuarela, haciendo tres ilustraciones en un día. Luego pasaría a hacer una diaria y por último una a la semana.

Es un hombre alejado del mundanal ruido, amable y accesible. Mi conversación con él ha sido de lo más distendida. De hecho, a Iñigo le sorprende que la gente recuerde su trabajo, que se acuerden de él. ¿Cómo no recordar a esos genios que amenizaron nuestra infancia con su divertidas historias? ¿Cómo olvidar esos maravillosos trabajos que quedarán impresos para siempre?
No, Iñigo. Tienes más que un fan en Alicante. Tienes fans y admiradores en toda España, y probablemente unos cuantos más fuera de nuestras fronteras. Y jamás te olvidaremos, a ti o a tus "hijos" de papel.
Agradecimientos:
-A Trini Tinturé por facilitar este encuentro.
-A www.Allerastur.blogspot.com por algunas de las ilustraciones
-A Lambiek.net por otras ilustraciones
-Chocolates Lloveras por su ayuda.
-A Iñigo, por su amabilidad y su tiempo.

sábado, 5 de septiembre de 2009

MIS COMPIS DE PISO (II): JC

Ya hice un post hace bastante tiempo sobre algunos compañeros de piso con los que conviví desde que llegué a Irlanda. Afortunadamente, son muchos años ya los que vivo sólo con el guiri, pero en total habré compartido unos ocho años con gente de toda clase. Los he tenido psicópatas, piojosos, normales, meones y fraudulentos. Cada cual es un mundo, pero la relación de mezclas y personajes de fábula, se dieron cita durante años en el número X de Sexton Street.
Hoy voy a hablaros de uno de ellos. Uno, además, de los últimos en vivir en la casa. Le llamaremos JC.
A JC lo conocíamos del bar de heavy metal que frecuentábamos, The High Stool. Tal era la popularidad del bar, que se ha convertido en lugar de culto a pesar de llevar cerrado unos cinco o incluso seis años. No que me apene, a pesar de la lealtad inamovible del guiri: era misión casi imposible conseguir un vaso limpio, y al final de su existencia, era imposible hasta conseguir algo de beber. La historia del High Stool merece otro capítulo aparte (tened paciencia), pero os diré que tal es el culto del lugar que hoy permanece a la espera de ser derribado para dar lugar a un bloque de apartamentos y tiendas ultramodernas, y que sus antiguos empleados y algunos de sus clientes se apoderaron de las letras del pub y lo grabaron para la posteridad (sí, conozco a todos los culpables):


Allí fue donde conocimos a JC, primero como compañero de barra, más tarde trabajaría algunas horas al otro lado del mostrador. JC trabajaba haciendo seguridad en pubs y fábricas, y teniendo los fines de semana libres y ningún compromiso social, decidió sacarse un dinero extra en el mismo bar donde bebía.
Cuando se nos quedó una habitación vacía, coincidió que él buscaba alojamiento barato. Vivía en un bedsit infesto, un cuartucho que era lo mismo cocina/dormitorio/salita. JC quería pertenecer a una casa con más habitaciones y movimiento de gente. De esta manera pasó a ser nuestro compañero de piso. En aquellos momentos en la casa también vivían Miro, un camarero eslovaco y Georgina, una camarera de pub. Y el guiri, claro.
Nos pareció una buena idea porque aparentaba ser un chico calmado y serio. Sus padres tenían una carnicería muy conocida en Killmallock que se preciaba de tenr los mejores puddines (morcillas) de la región, y en casa disfrutábamos a menudo de carne fresca y de calidad por la patilla. Sin embargo, JC tenía más caras de las que habíamos visto.
Por aquella epoca yo también trabajaba en hostelería, era la manager de un pub llamado Macs que luego fue llamado Mojo's y ahora es un restaurante de postín. Los sábados, después de trabajar, solía reunirme con el guiri en el High Stool o en el bar de arriba con billares, que era más calmado si en esa noche el High Stool tenía banda tocando. Y después de toda una noche trabajando con la música a todo trapo, lo único que a uno le apetece es sentarse a tomar una pinta en silencio...
A veces me venía a buscar el guiri, pero lo más práctico era que me reuniera yo con él para no hacerle dejar su bebida y su asiento y venir para luego volver. Esa noche, sin embargo, habría preferido que viniera a recogerme, porque necesitaba trasladar una importante cantidad de dinero al otro bar de la dueña para una transacción, y Limerick no es un lugar en el que quieras caminar un sábado por la noche a las dos de la madrugada con una señal en la frente que diga "llevo casi cinco mil euros en el bolso". Pero por más que llamé y llamé al guiri al móvil, lo tenía desconectado, que es algo que me saca de quicio. Especialmente cunado no le estoy llamando para preguntarle si la Guinness está buena. Pedir un taxi estaba fuera de cuestión, pues el otro bar estaba solo a unas tres calles paralelas y habría tardado más en esperar un vehículo (especialmente un sábado de madrugada), que en llevarlo andando.
Tras cumplir con mi misión y dejarme el corazón en el camino y el dinero a salvo en su destino, lo primero que hice fue preguntarle al guiri por qué coño su teléfono estaba desconectado. Estaba arriba, en el bar con música suave donde el sonido más estridente es el de las bolas al chocar entre sí sobre el tapete. Me señaló con el ceño fruncido y muy poca paciencia el teléfono sobre la barra, asegurándome que no había donado. Lo cogí: apagado. Se quedó a cuadros. JC estaba con él, y me dice, así y sin anestesia: "Oh, lo apagué yo, estábamos aquí teniendo una agradable conversación y no quería que nos interrumpieran, me lo estaba pasando muy bien, así que cuando fue al baño, se lo apagué". No os quiero contar el pollo que le monté allí mismo sin importarme quién me oyera o qué pensaran de mí. Mi fama tampoco era buena en el lugar, de todos modos, yo era "demasiado fina" para aquellos lugares de relajada naturaleza higiénica y de modales (pedos, eructos, risotadas... y la ocasional pelea). ¿Pero quién se había creído que era? Si llega a ser una chica me habría puesto terriblemente celosa, porque había actuado como lo haría una loba: desactivando la comunicación entre dos amantes.
Llegué a arrepentirme de haber pedido a JC que se viniera a vivir a la casa: lo veía allí y en mis horas de asueto también. Si salíamos, se nos acoplaba. Si estaba trabajando, nos buscaba al salir y nos encontraba. Era una lapa pegada al culo de el guiri. Otra cosa que me traía por la calle de la amargura eran sus borracheras: cuando la cogía bien, lloraba y lloraba abrazado a mi regazo como un niño, por no tener una chica que le quisiera. JC necesitaba un polvo con urgencia. JC, también, necesitaba cirujía estética: tenía un ojo mirando a Rota y una nariz que era la muerte del loro. La ambición de JC era presentarse a uno de esos programas para cantantes con poca voz y mucha ambición y grabar un disco. Su hermana sí lo consiguió, presentándose a un programa similar a OT para representar a Irlanda en Eurovisión, donde quedó eliminada ya en las finales. Pero eso fue mucho después.
JC se cansó de ser segurata y de servir copas en bares ajenos y decidió abrir su propio garito en una parte no muy recomendable de la ciudad, pero tampoco de las peores. Se llevó a Georgina a trabajar con él, otra pájara de cuidado que salteaba la nevera de casa y y la despensa de los demás. Y a la que un día di un tremendo bofetón (otra historia que contar).
Una mañana de domingo nos despertamos a una desagradable sorpresa: una pareja de desconocidos durmiendo en el sofá de la salita. Yo bajé a desayunar, despeinada, miope y en camisón... y me "ordenaron" que me fuera. Palabra equivocada, majos. ¿irme de mi propia casa? ¿pero quiénes se habían creido que eran? Tapados allí con un edredón que tenía guardado en el trastero y pertenecía a una amiga que se estaba mudando y vendría a recogerlo. Se comieron media hogaza de pan de Georgina, mi queso y unos caramelos en forma de bastón que había comprado para incluir en un paquete que iba a enviar a mi hermana. Me abrieron una caja de bombones también para regalo y se bebieron dos litros de leche de Miro. Y cuando se marcharon, descubrimos que habían robado el móvil de el guiri. Naturalmente la bronca en casa fue apoteósica. JC me acusaba de ser una maleducada por echar a la calle a "sus invitados". Invitados a los que, por cierto, había conocido esa misma noche en el bar, pero se quería asegurar el polvo con su amiguita, que estaba allí escuchando la bronca y mascando chicle y tenía una pinta de putón desorejado que daba asco. A JC no le entraba en la cabeza que lo que había hecho al traer a absolutos desconocidos a casa era una irresponsabilidad enorme. Pagó por la limpieza del edredón en la lavandería (desinfección, lo llmaba yo) y le compró al guiri una tarjeta SIM (yo le presté uno de mis móviles) y a partir de aquel momento, entraba y salía de casa lo justo y necesario, se encerraba en su habitación y no nos hablaba. El móvil nos fue devuelto casi dos semanas después, tras cancelar la tarjeta y el mismo artefacto, que dejó de ser funcional a todos los efectos.
Poco después, JC se mudó. Una semana más tarde, nos enteramos que había emigrado a América, a Alabama. El negocio no le iba bien, la clientela había bajado considerablemente tras ala mala fama que el local adquirió cuando uno de sus habituales fue apuñalado mortalmente en la puerta tras una discusión en el interior. JC Se marchó del país huyendo de deudores y de la policía que le buscaba por fraude y por venta ilegal de artículos que no le pertenecían. Dejó una extensa cuenta a pagar a sus proveedores y a los empleados que tenía sirviendo copas. Vendió un antiguo y carísimo espejo de marco dorado, las neveras, el microondas y algunos taburetes y sillas además de todas las botellas de licor. Vendió las tragaperras y hasta el teléfono de pago. Dejó el local "limpio". A casa vino la policía a buscarlo un par de veces, y les dijimos que no sabíamos de su paradero.
A día de hoy, a veces llama desde Alabama, a altas horas de la madrugada sin tener en cuenta el cambio de horario, borracho como una cuba. Lo último que hemos sabido era que iba a casarse. Si es cierto o no, tampoco lo sabremos, porque otra virtud de JC era que no distinguía entre lo verdadero y lo falso. Una noche llegó a casa a eso de la una un viernes, llorando. Segun él, había ganado unos 500 euros apostando en las carreras, y había salido a celebrarlo. A la vuelta le habían atracado a punta de navaja. Tuvimos que convencerlo para que llamara a la policía, la zona en la que aseguraba que le habían robado está bien vigilada con CCTV, pero en los escasos diez minutos que tardó el coche patrulla en presentarse en casa, los 500 euros ya habían sido 700 e iban alcanzando los mil.
JC: uno de esos compañeros de piso que nunca se olvidan. Más que nada porque ni ellos mismos te dejan.

viernes, 4 de septiembre de 2009

EINSTEIN: POR AMOR A LA MATANZA (Relato)


Matar por primer vez fue fácil. Más de lo que esperaba. No lo hizo por dinero, ni por venganza, ni siquiera por un ataque de celos o simple odio. No sonocía a su victima. Jamás supo su nombre, su pasado o sus circunstancias. Se llevó la vida de aquel inocente simplemente porque le salió de los bigotes.
Era una tarde calurosa, y acaba de bajar la pata tras dejar su huella en el parterre de un naranjo en una calle estrechita de Sevilla. La Feria estaba en pleno apogeo y el calor pegajoso empujaba a la gente a las casetas, el refrescante fino o la manzanilla, mientras en el aire sonaban los ecos de las porculeras sevillanas de Los Cantores de Hispalis.
Una naranja cayó a pocos centímetros de él justo cuando un caniche doblaba la esquina. Einstein se quedó mirando el fruto amargo, duro, intacto. Y miró al caniche. Sin collar, sin identificación, parecía perdido. Cómo odiaba a aquellos enanos cobardes. Pequeños hijos de puta rastreros y viciosillos. Odiaba sus andares, su simulada timidez. Saltaban con su propia sombra, los muy imbéciles. Luego, mucho más tarde, cuando llegó al bar del Llamas, cogería su costumbre de llamarlos "lamecoños", expresión prestada de uno de sus secuaces que gastaba un humor fino e irónico, propio quizás, de sus raíces sureñas. Pero esa es otra historia...
Einstein miró de nuevo la naranja. Y al caniche. Al caniche, a la naranja. Y por primera vez, algo parecido a una emoción sacudió su cuerpo libre de pelaje. Algo le hizo vibrar, bullir la sangre que llevaba dentro. Su corazón parecía a punto de explotar.
El caniche le miró altivo, con la naturalidad del que sabe que los gatos temen a los perros. No este gato. Einstein tenía demasiado bagaje como para dejarse impresionar por semejante criatura. Saltó sobre el can antes de que el pensamiento asaltara su mente. Le introdujo la naranja entre los morros, presionando bien hasta el fondo, con una expresión tan salvaje que al ver su propio rostro reflejado en el cristal del escaparate de una mercería, se sorprendió a sí mismo. Empujó y empujó, hasta asegurarse de que el fruto no podría ser escupido. Observó con media sonrisa la vida escaparse de esos ojos sin pupila, negros como la misma muerte que recogió su alma vencida, negros como su piel.



A partir de ahí se dedicaria a perfeccionar su técnica, como todo buen psicokiller. Era el despertar de sus emociones, de lo único que hacía palpitar el hasta entonces lánguido corazón que ocupaba algún lugar de su anatomía felina. Con cada vida que tomaba se sentía más vivo que nunca, como si el sólo propósito de su existencia fuese matar.
Era fácil ser gato y asesino en serie. ¿Quién iba a sospechar de él? ¿Quién iba cuestionarse las desapariciones de unos animalillos? Las sombras de la noche y los barrios bajos se convirtieron en su zona de ocio habitual. Porque eso era lo que matar significaba para Einstein: un puro esparcimiento.
Buscaba a sus víctimas con cuidado. Seleccionaba a su presa, la sometía a seguimiento, y cuando se aseguraba de no ser observado ni haber dejado huellas rastreables, la acorralaba y acababa con ella. En el recuento de sus víctimas había tres caniches, dos perros sarnosos en las últimas, algunas ratas de río (si no había más remedio) y unos 14-15 gatos de diferentes razas y poca embergadura.
Hasta que apareció el Llamas en su vida. Lo encontró una noche, cuando volvía de una de sus fechorías. Tenía sangre en una de las puntiagudas orejas (la cosa se había complicado inesperadamente cuando su presa había tratado de defenderse de un zarpazo), y el Llamas pensó que estaba malherido. Lo llevó a su casa, un apartamento bastante bien amueblado sobre su garito, y le lavó la sangre. Admirando la elegancia exótica de su raza, decidió quedárselo a pesar de que nunca le habían gustado los gatos, y Einstein jamás intentó escapar. Tenía buena comida, un lugar seco donde dormir, una mano que le mantenía libre de pulgas y garrapatas y la posibilidad de encontrar mejores presas en las sórdidas callejuelas que rodeaban al Club de los 7 Pelagatos.
Y pronto descubriría el poder fetiche de mordisquear los tobillos perfumados de las putas del barrio.

jueves, 3 de septiembre de 2009

VARIAS COSAS

En primer lugar, deciros que a causa del cambio de plantilla, perdí TODA la información y links a vuestros blogs. Gracias a la lista del foro de Esther y a vuestras propias listas en vuestros blogs he podido completar el puzzle... más o menos. Lo de más o menos es porque algunos otros los he tenido que buscar por Internet según me iba acordando, y otros que tenía en las listas de muñecas sin duda iré recordando o buscando poco a poco en los próximos días. Si no os véis en la lista, por favor no penséis que os he dejado fuera: simplemente estoy buscando el link o se me ha olvidado completamente, por ello os ruego que si no os véis me lo comuniquéis con el link o... bien, simplemente picando en vuelstros nicks llegaré a vuestros blogs. Pero nunca viene mal que me lo recordéis porque una tiene cerebro, no un disco duro, y ya se sabe, la edad...
En segundo lugar... ¿Qué os parece mi nueva plantilla? Necesitaba un cambio, y aunque comencé tímidamente con la foto de la cabecera, al final decidí tirarme a la piscina y cambiar todo un poquitín.
En tercer lugar: Mi vecino de arriba. Hace un par de días oí la cajetilla de la puerta principal, a donde va a parar nuestro correo, y bajé corriendo, en bata y pijamas, pensando que era el cartero. Como espero bastantes paquetillos estos días, y tiene la mala costumbre de no llamar y dejarme el aviso directamente, iba a correr tras él/ella a preguntarle si tenía algo para mí. Pero a quien encontré, fue a mi vecina del patio trasero. Ellos tienen una especie de casita atrás del edificio, lo que eran las antiguas cocheras. Hablando, hablando, resultó que el sospechoso vecino del segundo había ido hasta su cottage a preguntarles si la policía había pregntado por él, cosa que a ellos... pues como que no les sonaba de nada. Le expliqué lo sucedido y entre eso, y que el vecino se había cruzado el día previo con el guiri en las escaleras y le había contado algo más, conseguimos desvelar el misterio de sus gritos, sus noches de borrachera y sus roces con la ley:
La historia oficial es que estaba casado, o era pareja, de la hija del actual alcalde de Limerick, con quien tiene un hijo o hija en común. Al parecer tras la separación, que ha debido de ser bastante violenta, se le impuso orden de alejamiento (de ahí que me suponga que ha sido violenta), y él la rompió porque en los días previos a la visita policial se la pasó por el arco del triunfo para ir a ver a su hijo/a.
A otra cosa, mariposa. Cuando os enseñé el libro de Heidi, me animásteis a escribir a las Anne Bolton que viven en UK, que tenían el mismo nombre de la antigua propietaria del libro. No ha habido suerte. De las cinco-seis a quienes escribí, sólo una me ha contestado para decirme que ni flores. Sólo le faltó preguntarme quién era Heidi.
Cosas buenas del Facebook: he recuperado el contacto con una antigua compañera de clase a la que tenía bastante cariño (no puedo decir lo mismo de muchas de mis compañeras de EGB-BUP, que fuimos las mismas más o menos desde primerito de EGB), pero claro, éramos una clase de 42 y naturalmente había grupitos.
En fin... Lo dicho. Me voy al Moro a comprar pipas (Literalmente: voy a la tienda érabe a comprar un paquete de medio kilo de pipas saladas saladísimas).