lunes, 10 de marzo de 2008

EL ABUELO JOSE




(Arriba, en el año de mi fechoría [circa 1971], en brazos de mi abuela Celia)


Para LAR

Cuando hablo de mis abuelos, siempre suelo referirme a mis abuelos maternos, dada la circunstancia de que mis abuelos paternos vivían en Galicia y apenas tuve contacto con ellos a lo largo de los años.

Sin embargo, ,el primer encuentro con mi abuelo paterno sería uno que él no olvidaría facilmente. Yo apenas tenía un añito cuando mis padres decidieron ir a Galicia a "presentarme" a los "otros" abuelos, que vivían en una aldea en la cima de un monte, tan típica del paisaje gallego que parecía salida de una pelicula de meigas y trasgos. Hasta el final, vivirían en aquella casita de ladrillo de apenas dos habitaciones, con más espacio para el ganado y los animales en la parte trasera que para la destinada a vivienda. Nunca comprendí cómo alguien que poseía numerosas tierras (con lo que vale un trozo de suelo en Pontevedra), y unos viñedos dignos de Falcon Crest podía vivir en aquella casa que a mis ojos no era más que una choza. Si hubiera sido redonda, habría apostado a que fue construida por los mismos celtas.

Mi abuelo era el típico gallego: un tanto callado, de andar cansino, mirada profunda, y boina negra. Y si se fue amargando con los años, tampoco era mejor cuando le conocí, aunque obviamente no lo recuerdo. Sin embargo, nunca le gusté. Tal vez tampoco me quiso jamás, era un poco uraño y bastante cabezón, pero no había amores perdidos en ello. No le conocí mucho y dicen que es el roce el que hace el cariño, y viviendo a más de mil seiscientos kilómetros, poco cariño íbamos a desarrollar.

Mi madre conserva una fotografía mía, de pie junto a una tosca silla de madera, tomada pocos minutos antes del crímen, una sonrisa totalmente inocente en mi rostro mofletudo. Nada les hacía pensar que mi procaz mente ya planeaba gamberradas dignas de una adolescente.

El abuelo volvió de alimentar a los pollos, o de ordeñar ovejas o vacas, o lo que fuera que hiciera allí. Y fue a sentarse en aquella silla donde minutos antes había posado para la foto histórica. El sonido del "choff" y el grito del abuelo sacudieron el monte al unísono. Yo había estado jugando cerca del huerto y pocos segundos antes de que mi abuelo descansase sus posaderas sobre la silla, había puesto allí el tomate más gordo, rojo y jugoso que había podido arrancar con mis tiernas manitas de trapo.
Creo que no me lo perdonó en la vida, de hecho prohibió a mi madre que me acercara a él durante el resto de las vacaciones.

El abuelo era cabezón, y a mí ya no me gustaba a tan temprana edad. Mi nombre de pila era algo impronunciable para él, que se negaba a admitir siquiera como nombre humano. Para él yo era "Rosa", y así decidió llamarme. Naturalmente, cuando tienes menos de un año y alguien pretende que acudas a la llamada de un nombre que te es extraño, simplemente lo ignoras, como un cachorro que no reconoce a su amo.

Y así, se dedicó a ignorarme.
Y yo a él.

Creo que no le ví de nuevo hasta cumplir los once años, y para entonces aún continuaba llamándome Rosa. Y yo seguía ignorándole. Hasta los 13 años no consintió en llamarme por mi nmbre, lo cual no es extraño si consideramos que mi prima Sonia figura en el registro de nacimiento como Sofía, "en honor a la Reina de España", porque se dejó convencer por un funcionario patriótico. El padre de la criatura estaba en la mar y la madre en el hospital. Era tarea del abuelo acudir al registro dentro del plazo estipulado y llamarla Sonia. Pero no. Fue Sofía. Aunque nunca nadie la llamó así, y sólo cuando las leyes cambiaron pudo legalmente adoptar ese nombre.

Para el abuelo José no había punto de discusión. Su teoría de cómo el SIDA había llegado al mundo era irrefutable: la habían traído los astronautas de la Luna.

Y en casa de mi tía nunca comimos Pizza aquel doming de Agosto del 83: se comió tortilla. La primera vez que mi prima decidió cocinar un Domingo, y hacer un par de pizzas de tres pisos, nos sumamos su hermana, la mía y yo a la tarea de amasar bases, colocar tomates, salsas, quesos y rellenos. Cuando lo servimos a la mesa como acompañamiento a la comida, Sonia-Sofia le preguntó si quería probar un poco de pizza.
-¿Pizza? ¿Pizza? Desde luego, esta juventud de hoy, empeñada en cambiar los nombres a las cosas. En mi pueblo, ésto, de toda la vida, se ha llamado tortilla.

De nada sirvió decirle que llevaba una base de masa de harina, o queso mozzarella o jamón o... Ese día todos comimos tortilla, intentando no reir.

Al funeral de mi abuelo asistió la mayor parte del pueblo. Siguieron el féretro hasta la iglesia, en silencio, sollozantes. Y la mayoría abandonó el templo casi de inmediato cuando se dieron cuenta de que el finado era el "otro" Fariñas. Benito aún estaba vivo y eso había que celebrarlo!

El "tío" Benito murió unos cuantos años después que mi abuelo, su único hermano, y su funeral se recuerda como uno de los más multitudinarios de Cela.

No hay comentarios: