martes, 21 de octubre de 2008

DOÑA RECATO


En el barrio la conocían como Doña Recato, su verdadero nombre olvidado con el paso del tiempo. Doña Recato tenía una edad imprecisa, era de esas mujeres que nunca tuvo juventud. Pero había sido joven, vaya que sí.

Desconocida para todos, ataviada desde los pies a la cabeza del negro más riguroso y estricto, hasta sus pañuelos eran negros, de la más fina seda, pero negros como la tiñe. Su verdadero nombre era Agustina Ciruelo, y había nacido casi setenta años atrás, en un hospital que ya nadie recordaba y que se había alzado cerca de las viejas murallas de la ciudad.

A Agustina se le caducó la sonrisa al tiempo de nacer. Ni siquiera fue un bebe llorón o una niña caprichosa. Lo cierto es que Agustinita, como la llamaban sus padres, era incapaz de mostrar emoción alguna, y con el tiempo su rostro fue adoptando ese rictus que la hacía parecer tan inánime como una estatua de cera.

Se casó a los dieciocho años, ni por amor ni por dinero. Esas cosas, como todo en su vida, se perdían a los intereses de Agustina, que a decir verdad, no tenía interés alguno más que el de salvaguardar las apariencias y su buen nombre, ese que quedó olvidado en los anaqueles de la historia.

Nadie sabe si fue felíz, ni siquiera su ahora difunto esposo, Rigoberto de la Cruz Martínez supo jamás si su cónyuge fue feliz. Se sometía a sus tocamientos lujuriosos sin protestar, pero tampoco dejaba entrever si el acto sexual le gustaba o por el contrario la repugnaba. Rigoberto era un hombre prudente y algo tímido en ciertos aspectos domésticos, por lo que se había abstenido de preguntar sobre un tema tan delicado y... embarazoso. Así pues, un buen día decidió buscar sus placeres en algun otro lugar y dejar de molestar a una mujer en cuyo trasero se podrían producir témpanos de hielo tan grandes como los de la Antártida, según decía por los clubes que los caballeros frecuentaban, en total confianza a sus más allegados.

A Agustina no le importó. Pasaba los días contemplando los jardines que se extendían al otro lado de la calle, donde las jóvenes parejas se cortejaban mientras los niños jugaban al aro o a la pelota. Se preguntaba qué extraña razón les llevaba a tales actividades, mientras ella era incapaz de sentir.

Rigoberto acabó dejándola. Encontró consuelo en una mocita apasionada, con color en las mejillas y palpitar en las venas, y para evitar escándalos mayores, emigró a las Américas con su nueva querida, donde bajo un nombre falso, la desposó y comenzó una nueva vida que duró bastantes años, hasta que murió víctima de unas fiebres. Atrás quedó Agustina La Fría, cómodamente situada con el título de la casa y una pequeña fortuna a su nombre en el banco. Y ella ni le echó de menos, había convivido con un extraño como el que alquila una habitación a un inquilino.

Su vida transcurría en la ventana, mirando el parque y sus colores cambiantes, sin añorar nada, sin ambicionar nada tampoco. Y comenzó a envejecer, criticando en silencio, reprochando las conductas, las vestimentas, los besos en los soportales y las rodillas en exposición, los bañadores, los tacones imposiblemente altos, las cabezas sin simbrero. Poco a poco los tiempos cambiaron, el barrio se renovó. Desapereció el parque y se alzaron edificios, las faldas se acortaron, y nació Doña Recato, conocedora de tiempos mejores sólo en su cabeza. Ya ni siquiera la ventana era un aliciente. Su único consuelo era saber que, toda su vida, había vivido sin tacha, honesta y pudorosa, como debía ser. Ni un milímetro de sus arrugados tobillos había visto la luz jamás. Su cuerpo nunca había sido acariciado por los rayos del sol. Ella era, siempre lo fue, una dama correcta, recatada y en control de su pose, de su vida, de su ropa.

Doña Recato murió de un patatús al escuchar una crítica hacia su persona. Su intachable, impoluta, inmaculada persona. Un comentario mientras abandonaba la panadería, tras abonar su pago por unos pasteles que no disfrutaría, habían detenido su impávido corazón.

-"Jamás tiene una sonrisa para nadie, qué mal educada. Se las dará de señorona, cuando todo el mundo sabe que su marido la dejó por una cabaretera porque no la soportaba."

Cayó al suelo en medio de la calle, las faldas alborozadas indignamente, enseñando más de lo que jamás se había visto a sí misma, y Doña Muerte, caprichosa, se permitió la innoble maldad de dibujarle una mueca extraña en los labios... asemejando una sonrisa.

Dicen que nadie acudió al cementerio, en un entierro sin servicio, y que en la funeraria, mientras la preparaban para el sepelio, se vieron incapaces de devolver una forma normal a aquella cara carcomida por las arrugas. Nunca, decían, en su profesión, habían visto algo igual: ojos abiertos, tristes, opacos. Y unos labios de sonrisa imposible. Tanto que asustaba.

Doña Recato murió como había nacido: sin pronunciar sonido. Y pronto se esfumó como vivio... en completo silencio.

lunes, 20 de octubre de 2008

WARNER Y EL GUIRI

Sí, Parque Warner y el guiri, porque ese día, como un niño pequeño, fue para él. Llegamos sobre las cinco de la tarde, ignorantes hasta el momento de llegar a la puerta de que por ser finales de Septiembre cerraban a las ocho de la tarde y no a las 12 como creíamos. Así que nos tocó correr. Paseíto bajo un cielo nublado que amenazaba lluvia, y unas cuantas atracciones. No nos atrevimos con las mejores, los grandes loops y caídas en picado, yo llevaba un trancazo enorme, con fiebre, y no había comido nada en todo el día.
Aún así, el guiri se divirtió como un enano viendo el espectáculo de Batman Begins, que no es más que una recreación de algunas de las mejores escenas de lucha de la película, sin el querido Christian Bale de Elphaba pero con mucho tío cachas, motos, el Batmovil y mucha traca. Creo que mayores y niños se divirtieron por igual (me parece que los mayores más que los niños a juzgar por sus gritos), y el guiri lo capturó todo en vídeo (¿por que la llaman cámara de vídeo si lleva un dvd?).


Cuando pasábamos frente al hotel encantado, sin embargo, no me pude resistir. Tenía curiosidad, y esperaba sinceramente que no fuera algo tipo el tren y la bruja, que siempre me ha aburrido soberanamente. Recuerdo un año de los últimos que vi esa atracción en la feria, que le robamos la escoba a la supuesta bruja y le atizamos con ella por no dejarnos en paz.



El caso es que después de esperar interminablemente en una larga cola, se nos hace pasar por grupos a una estancia que asemeja una biblioteca. Hay un sillón junto al fuego crepitante de la chimenea que de vez en cuando estalla como cuando se echan castañas a las llamas. A ambos lados de la chimenea, sobre sendas columnas hay dos bustos que de repente se encienden y comienzan a hablar. El efecto es tremendo. Es como si en su interior hubiera una persona, imagen holográfica en tres dimensiones, contando las peripecias de esa noche del infortunado señor de la casa, que aparece a su vez en el espejo sobre la repisa y cuenta cómo de repente desapareció convertido en llamas y humo. Se iba a casar y nunca llegó a su cita...
De ahí te hacen pasar a otra sala, donde hay una larga mesa preparada para un banquete largamente abandonado, con candelabros apagados cubiertos de telarañas. Una novia convertida en esqueleto por la larga espera está sentada presidiendo la mesa, su torso sobre la misma, inerte.
Nos hacen sentarnos sobre unos banquitos, nos ruegan pongamos bolsos y chaquetas en el suelo a nuestros pies. Está prohibido grabar o tomar fotos. Nos piden que alcemos los brazos y juntemos las piernas. Una barra metálica se cierne sobre nuestros abdómenes, asegurándonos al asiento. Aquí es cuando empiezo a arrepentirme de haber entrado. Se apagan las luces, la novia se ha incorporado y empieza su larga perorata... de la cual no escucho nada porque de repente siento una presión en la base del cuello, miro a Jay que se está prácticamente descojonando y me dice: "es que se mueven las paredes". El efecto es totalmente real. Parece que la habitación esté dando vueltas... o mejor dicho, que tu asiento está dando vueltas y que se acerca peligrosamente hacia el techo y vas a dar una voltereta... en realidad es la pared a tu alrededor que gira, los bancos sólo se inclinan hacia delante o atrás.
Una pena que no lo pudiéramos grabar, pero ¡hey! Maravillas de Internet, San Google y Youtube... alguien sí lo hizo. Ambos videos son similares, pero en uno se aprecia algo mejor que en el otro los efectos...




La historia se me asemeja mucho a una de Edgar Alan Poe, he estado mirando su libro por encima pero no encuentro la historia que busco... en cualquier caso, pasada la alarma inicial, me lo pasé de fábula.
Entramos también al simulador de Batman, otra tontería como las muchas de las que se alimenta este parque, donde pasas más tiempo haciendo cola que en el interior de las atracciones. Para mí, lo que más me gustó realmente, fue pasear por las calles de Cartoon Town, ver la casa de Bugs Bunny...


Justito al lado de la de Piolín, que por cierto, no había un sólo Piolín en todo el parque. Encontramos a todos los personajes de Looney Toons excepto a este lindo pajarito. Quizá por ser el favorito de todos, estaban sus muñecos tan sobaos que han tenido que retirarlos, pero lo cierto es que no estaban en ninguna fuente, en ningun rincón bucólico, y ni siquiera en el interior de la casita... Uno de esos misterios sin resolver...

Naturalmente el guiri no perdió ocasión de posar delante de un cochazo de esos que a él le gusta, y había varios modelos "tipical Warner" prácticamente aparcados en cada calle.

Yo me entretuve haciendo fotitos de los personajes más característicos: Silvestre, Bugs Bunny, el Correcaminos, el Pato Lucas, y otros muchos, que por cierto al guiri le hace mucha gracia los nombres que en España se les puso a estos personajes, porque con excepción de Bugs Bunny y pocos más... el resto nos lo hemos sacado de la manga...

El Pato Lucas se llama Daffy the Duck...




Taz o Tasmanian Devil se queda igual también..


Y el que le llama poderosamente la atención: Para nosotros, Claudio. Para el resto del planeta... Foghorn Leghorn. Pepé Le Pew (la mofeta), Marvin the Martian, o Yosemite Sam (el de los largos bigotes rojos) son otros.
Gracias a Dios, Superman será siempre Superman.



YA ES ESA EPOCA DEL AÑO NUEVAMENTE: HALLOWEEN




Llegando Halloween, las tiendas se llenan no sólo de calabazas, esqueletos y brujas. También de los dulces que guardarán en sus casas la gente para recibir a los niños pidiendo su Trick or Treat, aunque ahora la mayoría ya pide directamente dinero.
Aún así, los supermercados hacen su agosto con grandes paquetes de caramelos, chupa-chups de marcas dudosas y bolsas de frutos secos (echo de menos las castañas, aquí no las suelen traer, y cuando las traen son pequeñas, italianas, infestadas de gusanos a veces).
Pero el típico dulce por excelencia de estas festividades conectadas al mundo de los muertos, es el Halloween Brack o Bram Brack, un dulce con frutas totalmente delicioso, que tradicionalmente se toma acompañado de té. Se puede servir tostado y con mantequilla (la eterna costumbre irlandesa de poner mantequilla a todo), pero a mí me gusta más al natural, recién sacado del paquete, qué queréis que os diga. La miga es dulce, pero no tan empalagosa como la de un pastel.

El Bram Brack tradicionalmente contenía varios objetos que se horneaban dentro de la masa -algo así como nuestro Roscón de Reyes-, y esto propiciaba un juego de fortuna: según el objeto encontrado, así sería tu suerte. Antiguamente solían llevar: un guisante, un palillo o trozo de palo, un trocito de tela, una pequeña moneda (generalmente una de 6 peniques de plata), y un anillo. Cada objeto, cuando te tocaba en una rebanada, traía un significado para la persona que la hallaba. El guisante simbolizaba que la persona en cuestión no se casaría ese año (todos juntos: Ohhhhh); el palillo o palo ("con el que pegar a la esposa de uno") quería decir que tendría un matrimonio infeliz o uno siempre con disputas. El trozo de tela trae mala suerte o simboliza la pobreza; la moneda, el que la encontrase tendría buena fortuna o sería rico. Y el que encontrara el anillo, se casaria en el periodo de un año.

Hoy en día estas tradiciones se han ido perdiendo, y los Brams comerciales sólo incluyen un anillo de juguete. Sin embargo, si os apetece cocinar uno, es bien sencillo y podríais incluir todos o algunos de los objetos mencionados. No suelo poner recetas aquí, pero esta va dedicada especialmente a Charo Barrios y a todos los que tienen blogs de cocina, como algo curioso y diferente.
Ingredientes:
-250 gr de harina blanca
-15 gr de levadura de pan
-50 gr de azúcar blanco refinado
-100 ml de leche templada
-media cucharadita de pimienta de Jamaica o canela mezclada y nuez moscada
-media cucharadita de sal
-un huevo
-50 gr de mantequilla sin sal
-50 gr de fruta surtida (mixed peel, es como fruta cortada sin piel, naranja, melocotón, de fruto seco)
-60g de sultanas y pasas
Los pasos a seguir en itálicas son opcionales:
  1. Dejar la fruta toda la noche macerando en un té flojito
  2. Calentar la leche un poco, entonces disolver la levadura y una cucharadita de azúcar en dos cucharadas de mesa de la leche y dejar fermentar 1o minutos.
  3. Derretir la mantequilla y dejar enfriar
  4. Mezclar la harina, la pimienta de Jamaica (o canela y nuez moscada) y la sal en un cuenco, y añadir el resto del azúcar. Echar el resto de la leche, y la mezcla de levadura que se dejó reposar los 10 mins. Remover.
  5. Batir el huevo, mezclar con la mantequilla, añadir al cuenco, remover un poco, y amasar la mezcla durante 5 minutos hasta que la masa sea elástica y no se pegue al cuenco.
  6. Cubrir con un trapo humedo.
  7. Dejar que suba en un lugar cálido durante una hora.
  8. Secar la fruta que se dejó en té. Mezclar la fruta y las sultanas, cortar en pequeños trocitos y pasar por un poco de harina.
  9. Añadir la mezcla a la masa y amasar vigorosamente.
  10. Engrasar un molde de horno y colocar la masa en él, dejar subir durante 30 minutos.
  11. Calentar el horno a 200 ºC, y dejar cocinar durante 25 minutos, entonces reducir el calor a 190ºCy seguir horneando un poco más.
  12. Dejar el barm brack reposar durante 15 minutos después de sacarlo del horno, antes de sacarlo del molde y permitir que se enfríe del todo antes de cortar. Servir con té y mantequilla.

Y ahora, con vuestra venia, me voy a comer el mío...





PREMIO COLORES, DE SALEGNA


Salegna con su maravilloso Blog Sacando Punta a Mis Lápices de Colores, ha decidido concederme, entre otra gente, este premio creado por ella. Me viene, como algún otro, sin instrucciones precisas, sólo que debo volver a entregarlo, así que escogeré tres blogs con color: tres blogs dedicado a las Kekas... ¡toma colorines!
De modo que mis nominadas son:
-Sonia y su Nancy de Famosa.
¡Ea, a disfrutarlo!

domingo, 19 de octubre de 2008

REVISITANDO LIMERICK Y LAS CENIZAS...



Ayer revisité Limerick, con ojos renovados, se puede decir.

Cuando vives en una ciudad, hay ciertos detalles, ciertos edificios, que tiendes a ignorar. Pasas a diario frente a ellos y para tí son sólo un compendio de ladrillos y cemento. Ayer vi edificios que creía conocer, y los vi desde otra luz. Conociendo su historia, lo que fueron un día, y lo que son hoy. Porque ayer, hice por primera vez el Tour de las Cenizas de Angela con el historiador Michael O'Donnell, experto en la obra de Frank McCourt y que le diera el tour al mismo escritor el pasado Agosto. Lo hice porque Vanessa, su hermana Leticia, su marido Alberto y su primo Juan Carlos me encontraron a través de este blog, por el artículo que escribí sobre el Limerick de McCourt y venían a visitar la ciudad ayer Sábado, sóla y exclusivamente empujados por la lectura del libro. Querían conocer los lugares donde transcurrió la vida del pequeño Frank, su familia y sus amigos. Y por ello decidí apuntarnos al tour que Michael realiza casi a diario a las dos y media de la tarde y que parte de Arthur's Quay, cuyo parque y Oficina de Turismo no existían ni mucho menos en aquella época. Allí se levantaban los "pisos", por llamarlos de alguna manera, donde familias enteras residían en una sola habitación, compartiendo todos los vecinos un único toilet situado abajo, cerca de la entrada. Nos contaba Michael que cuando leyó la descripción que en el libro se hace de esas habitaciones, la supo reconocer muy bien: él mismo vivió allí de niño con sus padres y dos hermanas, vecinos de la familia Clohessy, cuyo hijo era uno de los mejores amigos de Frank y que aparece en su novela. Cuenta Michael que durante el día todos se veían obligados a compartir el mismo cuarto de baño, pero a la caída de la noche no se podía usar, por las ratas que venían del adyacente río Shannon, que corrían con total libertad por la planta baja. Así, se veían obligados a tener una esquina con un cubo, donde hacían sus necesidades toda la familia y que era vaciado en la mañana en ese mismo retrete. Un día, los O'Donnell recibieron una carta del Ayuntamiento. El edificio había sido declarado "no habitable por motivos de salud". Todos aquellas cobachas iban a ser derruídas. Mediante un sorteo, a los O'Donnell, como a otras tantas muchas familias, les correspondió una casa de protección oficial, con dos dormitorios, una salita, su cocina, jardín.. y un cuarto de baño interior, para ellos solos. Se sintieron como reyes.

Dice Michael que dos puertas más abajo de la suya en su nuevo hogar, vivía una familia cuya hija mayor, Mary, de 18 años, acababa de conseguir su primer empleo, en un "Fish-and-chips", es decir, vendiendo pescado y patatas fritas en una tiendecita. Mary se había comprado una bicicleta de segunda mano para ir cada mañana al trabajo y desde entonces se creía la reina de la calle. Una mañana la madre de Michael estaba en el jardín y la vio pasar en su bici. "Buenos días, Mary, estupenda mañana, verdad?" le dijo sobre la empalizada. Pero Mary la ignoró, demasiado ocupada mirándose su propia nariz, enarbolando un snobismo impropio de su clase y condición social, y la buena mujer le dijo a Michel: "Mira a Mary, aún con la marca del cubo bajo el culo y se cree la reina del lugar".

No voy a comentar todo el tour porque ya lo hice en su tiempo, cuando creía conocer todas las localizaciones todavía en pie en Limerick. Sin embargo, nos llevó a lo largo de Henry Street a la que fuera la antigua escuela de la misma Angela, hoy convertida en un Centro de Ayuda Social. Es un edificio de ladrillo rojo, cercano a una iglesia, que he visto miles de veces y creía era un centro diocesano. Justo enfrente se halla una callecita con un grupito de casitas de dos plantas pintadas en alegres colores, con macetones colgando de sus fachadas, a ambos lados de las puertas de entrada. Nos contó nuestro simpático guía que hace unos años tuvo la suerte de llevar en el Tour a Malachy McCourt, el hermano de Frank, y que él nunca había sabido encontrar, por más que había preguntado y se había documentado, dónde estaba la casa exactamente o dónde había estado, del amigo de Frank que les cobraba cada viernes por ver a sus hermanas lavarse desde la ventana del piso superior. Malachy le dijo que si Frank no lo había mencionado en el libro, sería porque no quería decirlo, pero ante la insistencia de Mr. O'Donnell, que le juró que jamás lo revelaría, le señaló la calle, frente a esta escuela, aunque no estaba seguro del número. En cualquier caso, la casa sigue en pie aunque la familia se mudara hace muchos años.

No lejos de allí, cercana a Barrack's Hill, una cuestecita tras los acuartelamientos, en cuya cima se encontraban los inmundos callejones en que los McCourt habitaran, hay unas casitas diminutas, de nuevo pintadas en alegres azules, rosas palos y amarillo, que son una réplica de la casa donde viviera la abuela de Frank, la Sra. Sheehan, madre de Angela.

Cuando Alan Parker vino a Limerick a rodar la película, se desilusionó al comprobar que poco quedaba ya de las localizaciones reales. Limerick había cambiado mucho -y ha cambiado bastante más desde el rodaje-, y él quería calles adoquinadas. Habían contratado a Michael para ayudarles a conseguir localizaciones y éste les aseguró que la calle más parecida era esta cercana a Barrack's Hill. Nada quedaba similar a las casas de aquella época, y desde luego, no hay una sola calle adoquinada en toda la ciudad. La única que él conocía de esas características y que permanece igual desde tiempos inmemoriales, es la calle donde se encuentra la fábrica de Guinnes en Dublín, y allí se rodaron finalmente algunas de las escenas del famoso film.


Desde acá nos fuimos en dirección a otras calles, acercándonos cada vez más a Leamy School, el colegio de Frank, que aunque hoy es unn edificio de oficinas, su exterior permanece exactamente igual. Esta calle se encuentra detrás del edificio donde vivo, y enfrente de la escuela, hay un callejoncito casi escondido, pequeño y oscuro. Allí se yergue aún una de las casas donde vivió la familia McCourt. Aquella donde uno de los gemelos muriera. Sucedió en la habitación tras la ventana del primer piso.

Ahí está su casa, frente a la que he pasado casi a diario, y lo ignoraba por completo. Supongo que el interior está renovado y alquien lo habita o bien es un almacén de la oficina que ocupa el edificio del frente, aunque poseen dos puertas separadas. No hay placa que hable de sus antiguos ocupantes. Nadie apenas lo sabe. Pero fue aquí donde Frank vivió bastante tiempo.

En Little Catherine Street, a la vuelta de la esquina de mi apartamento, también hay un edificio que Frank visitó, o mejor dicho, debería haber visitado con asiduedad, y que ahora es la Clínica Cadbury (que nada tiene que ver con el chocolate), y que es una clínica de hipnosis para dejar de fumar (y otros tratamientos diversos). Este edificio pequeño y coqueto, otrora fue la academia de baile a la que sus padres apuntaron a Frank, mientras éste se quedaba el dinero de las clases y se iba al cine.

De modo que, como bien, se dice, nunca te acostarás sin saber una cosa más. El tour me ha gustado tanto, y Michael lo ha explicado todo tan bien -contando pasajes completos del libro-, que me he animado a hacer el Tour Histórico de la ciudad, que supongo nos llevará por calles desconocidas para mí totalmente, al otro lado del rio Abbey, que no frecuento demasiado porque no es un área muy aconsejable si no se sabe a dónde se va.

Os mantendré informados.

jueves, 16 de octubre de 2008

LA LOCA LEONOR

Esta historia a tiempo para Halloween se la dedico a todas las Trinitarias, por las fechas que estamos, en especial a Geno por todo su trabajo y a Sonia, porque igual no duerme...
Leonor aburría sus tardes de joven viuda en impuestas obras de caridad, bajo la tutela y el ojo reprochador del Padre Damián. Las mujeres de la aldea la miraban con envidia pasear su enlutado cuerpo por las calles polvorientas, el rostro cubierto por un tupido velo negro, mientras iba a atender a alguna anciana en necesidad de ayuda o simplemente a limpiar la iglesia.
Leonor se había casado joven, a los 17, inocente e insegura, obligada por su padre en un contrato de conveniencia tan usual en su época. Sus amigas, hoy casadas, algunas con hijos, la habían envidiado. Torcuato, su nuevo marido, era treinta años mayor que ella pero aún se le podía considerar un hombre atractivo. Tenía fama de ser buena persona. Y estaba podrido de dinero.
Pero Leonor jamás lo amó. Aferrada a sus románticas ideas, soñaba despierta que algún día podría mirarle a los ojos y no tener que fingir. Pero el día no llegó, y tras un duro invierno de inundaciones y nieves, Torcuato, que ya no era un niño, contrajo pulmonía y se apergaminó fervorosamente en su cama de doseles de caoba y cortinajes de terciopelo, hasta que su llama se apagó, dejando viuda a una Leonor de esplendorosos veinticinco años, seca de amor pero bañada en billetes.
Decían por el pueblo que Torcuato no había dejado absolutamente nada a sus dos sobrinos, y que estos culpaban a la muchacha de su desheredo. Leonor ni siquiera había conocido a los acusadores de semejante patraña, su vida había evolucionado tras las grandes paredes de su hacienda junto al río, bordando tapices insulsos y hablándole a Perico, su cacatua muda. Aunque Torcuato había sido bueno con ella, la única cosa que le sacaba de quicio eran sus amigas alborotadoras y sus conversaciones banales. El tiempo, las malas caras, habían llevado lejos a las amigas, como empujadas por una ráfaga de viento.
Sola entre las sábanas frescas de su solitaria cama, Leonor se preguntaba qué sería de su futuro ahora. El dinero no iba a darle la felicidad. No en aquella aldea diminuta cuajada de ojos envidiosos y rastreros, donde su destino ya estaba decidido. No quería limpiar tumbas ni barrer entre los bancos de la capilla durante el resto de su vida. Ni vestir el negro riguroso que la sociedad le exigía. Leonor estaba llena de vida, y por eso, aduciendo tristeza y soledad, anunció a sus padres que se iría unos días junto a su ama de llaves a Cádiz, donde el mar y la risa marina harían bien a su pálido rostro y a su atormentado corazón. Nadie opuso resstencia. Ciertamente Leonor parecía marchitarse día a día, decían, malherida por la pérdida de su amantísimo esposo.
Durante días Leonor y su ama pasearon por las playas desiertas del todavía cálido otoño, habiendo enterrado sus trajes de luto. Aquí nadie sabía su nombre, su pasado o su presente. Se adentraba por las callejuelas y realizaba compras de jaboncillos y perfumes, de libros de poesía y dulces de anís. Se hospedaban cerca del balneario, y desde su habitación contemplaba cada tarde el hermoso atardecer dorado sobre los muros de piedra del Castillo de Santa Catalina, alejándose de su balcón sólo cuando el astro rey se hundía para siempre en el mar, suspirando por hallar el amor ansiado que compartiera aquellas puestas de sol a su lado.
Y una mañana sucedió. Paseaba por la Plaza de España, alimentando a las ávidas palomas con trocitos de pan, cuando atisbó el hermoso rostro de un joven tras la ventana de una torre. Sus ojos negros la cautivaron como nadie lo había hecho antes. Una paloma se alzó al vuelo ante su mirada y el rostro desapareció. Se quedó allí durante horas, observando cada ventana, esperando volver a verle, pero su espera fue en vano. Envió a su ama a preguntar quién habitaba la casa.
-Mi señora, me cuentan que la casa está deshabitada desde hace más de un cuarto de siglo. Era su dueño un joven mercante, que desposó a una joven de la zona. La joven tenía familia en Cuba y se embarcó para visitarlos. Su barco naufragó en una tormenta y la pobre chica pereció junto al resto del pasaje. Su esposo, el joven mercante, se dejó morir de amor.
-Es una hermosa casa. ¿Cómo es que nadie la ha adquirido aún? Ha de tener maravillosas vistas sobre el puerto.
-Dicen que está poseída por su dueño, que vaga por sus estancias gritando el nombre de su amada y maldiciendo a los Cielos. La casa pertenece ahora al hermano del joven comerciante, que decidió mudarse a ella por ser mayor que su hacienda. Tras una noche aquí, huyó despavorido, no pudo soportar los lastimeros gritos de su hermano, por más que le suplicó que acabase con su sufrimiento eterno.
Leonor regresó cada día, convencida, siempre, de ser observada en la distancia por aquellos penetrantes ojos de ébano. Una tarde que el ama corría como mozuela tras los pájaros de la Plaza, se acercó a las macizas puertas de madera. Espió por la ventana tras los raídos cortinones. Nada. Soledad y ratones, paredes en necesidad de una mano de cal, suelos polvorientos. Su mano se posó un segundo en el cristal. La retiró de inmediato.
Un latido. Un pulso.
La casa estaba viva, viva de amor y sueños, y la llamaba. Lo sabía. Era una locura, pero aquella casa tenía que ser suya. Suya y del dueño de esa mirada perdida...
Y lo fue. Las lenguas viperinas hablaban a sus espaldas en el pueblo mientras recogía sus más preciadas posesiones. Su holgada fortuna le dio la licencia necesaria para enfrentarse a sus padres e ignorar las miradas curiosas. Ni siquiera se llevó a su ama consigo. Contrató un grupo de doncellas que la ayudaran a adecentar su nuevo hogar y, antes de comprar muebles, subió a la torre, que, según le aseguró el vendedor, albergaba algunos de los antiguos muebles de sus anteriores habitantes. Su corazón galopaba en su pecho a medida que ascendía las escaleras de helada piedra. Se paseó por la estancia llena de apolillados enseres cubiertos de polvorientas sábanas grisáceas. Acarició las superficies lacadas, las yemas de sus dedos deslizándose suavemente sobre la madera como sobre la piel de un amante...
Se quedó algunos muebles. Poco a poco, con increible energía, convirtió la olvidada casona en un lugar habitable. Y aún no había avistado al objeto de sus sueños, la invisible sombra cuya presencia ignoraba y que sabía, casi de cierto, la espiaba mientras dormía en la cama que una vez fue suya, y aún así la esquivaba por los largos pasillos.
Un día, sin más, decidió hacerle frente. Sabía que estaba allí, tal vez le delató el ligero movimiento de las nuevas cortinas, o el cambio en el aire, o su olor mustio, de otros tiempos. Le hacía en un viejo traje, como aquellos que había encontrado en los baúles de la torre junto a los bellos trajes de mujer, mullidas faldas, pomposos sombreros coloniales, envueltos delicadamente en papel de seda y bolitas de alcanfor. Como el traje que vestía ahora. No sabía qué endemoniado impulso la había llevado a deslizarse en aquel sueño de gasa y muselina aguamarina. Quizá deseaba despertar alguna reacción en él. Y lo hizo, al parecer.
Leonor se sirvió otra taza de té y mirando al fuego, habló, a sabiendas de que era oída.
-Sé que estás aquí, quien quiera que seas. Y no te temo. ¿Cómo temer a esa mirada triste? Dicen que la casa está embrujada pero llevo aquí una semana y no me has sometido a la tortura a la que subyugaste a tu propio hermano. Háblame...
Pero él no contestó. Sabía que la observaba. Sus mejillas se tornaron sonrosadas, y casi le pareció sentir su aliento en el cuello, el titilar de sus cuidadas manos, apenas un roce, sobre la piel de sus hombros. Y luego nada. Así, día tras día, hablándole a la habitación, al sillón opuesto, a la silla vacía al otro lado de la mesa. Porque Leona siempre conocía el lugar exacto en el que se hallaba su desconocida sombra.
-Estoy loca -se dijo un día, desesperada-. Hablando a la pared. ¿Por qué habría nadie, o nada, replicar a una demente como yo?
-Porque estas sola... -susurró la voz en su oido. Cálida, resonante, seductora. Leonor aspiró aire y alzó la vista. Delante de ella, la imagen borrosa, débil, mínima, del ser más hermoso que había visto jamás, tal y como le había soñado, tal y como le había sentido.
-¿Quién eres? -acertó a musitar, y su voz sonó ronca, extraña y lejana.
-Armando. Y tú eres Leonor.
-Esta era tu casa.. ¿me odias por venir a interrumpir tu paz?
-Tú me has traído la paz, Leonor. -y desapareció.
Su amistad creció conel paso de las semanas. Leonor vivía felíz, enamorada de un ente, de un espíritu que le hacía compañía como ningún humano se la había procurado antes. Conversaban largas horas, leían juntos, reían, bailaban. Danzaban en la azotea, mirando al mar en la noche, sucumbiendo a la locura de la luna llena, riendo como almas posesas en un mundo irreal. Danzaban por las escaleras, como borrachos de licor al cierre de las tabernas. Danzaban en los corredores, en los patios y en las alcobas. Danzaban con la música silenciosa de sus mentes.
Las lenguas envidiosas no existían sólo en el pueblo, sin embargo. Pronto las supuestas excentricidades de Leonor atravesaron los muros de su casa, aquella donde nunca abría la puerta a nadie ni recibía visitas. Sus padres oyeron a los sobrinos de Torcuato transmitir los chismes de plazoletas y tascas. La bella Leonor, enloquecida de amor, encerrada en una cárcel de blancas paredes y cortinas de encajes, riendo y hablando sola, sirviendo té en dos tazas mientras se sentaba a solas en su recibidor. La habían visto a través de las ventanas, la habían oído corretear por las azoteas, hablando al viento y cantándole a las estrellas.
Se la llevaron una mañana de levante, gritando, con una camisa de fuerza. Se la llevaron lejos de Armando, lejos de su amado, arrebatada de desolación. La encerraron en un sanatorio, donde no quiso hablar con nadie. En su celda, a solas, repetía su nombre, acurrucada en el suelo, derramando lágrimas tan amargas como la hiel.
-No llores, mi amada -él la acogió en su pecho, como tantas noches, acarició sus largos cabellos, besó sus mejillas-. He venido para llevarte conmigo. Para siempre. Jamás nos separarán de nuevo.
Dicen que murió de amor, de loco amor, que la llevó a la demencia más profunda. La casa, la de la torre, la del portón de aldabas de bronce y muebles antiguos permanece todavía cerrada. Han pasado más de 80 años pero dicen que, si escuchas con cuidado, les oyes riendo y danzando alegramente bajo la luna de Agosto. Y si abres bien los ojos, puedes ver sus siluetas, perfectamente unidas, mecerse en las noches de poniente, ahí arriba, sobre la azotea, al otro lado de la Plaza.

RECORTABLES

Ayer recibí un misterioso paquete. En su interior, un buen grupo de hojas de recortables. Su remitente, desconocido. El sello, de Madrid.

Si lees esto, manifiéstate... Para que pueda darte las gracias. ¡Me ha encantado!

















miércoles, 15 de octubre de 2008

LORCA Y EL TRAJE MARRON


En el verano del 89 conocí a Nickolas Grace. ¿Que quién es, aparte del señor de las fotos de mirada inquieta?
Nickolas Grace se hizo muy popular en España en los ochenta gracias a su interpretación en la serie para televisión Lorca, Muerte de Un Poeta, de Juan Antonio Bardem, serie basada en la biografía del poeta perfectamente retratada por Ian Gibson.
Pero yo no le conocí entonces. Fue dos años más tarde, cuando junto a Stephanie Zimbalist (famosa por su papel de Laura Holt en Remington Steele), Rue McClanaghan (Blanche en Las Chicas de Oro), Ken Howard y Simon Dutton rodaban El Hombre del Traje Color Castaño, novela de Agatha Cristie, en Cádiz, escenario de múltiples películas.
Cádiz ha sido Cuba en numerosas ocasiones debido a su peculiar parecido con la Habana, la zona del Malecón y las casitas del Campo del Sur.
Pero en El Hombre del Traje Color Castaño, Cádiz es utilizada como tres escenarios diferentes: Egipto, Mombasa y un tercer lugar que ahora no recuerdo, tal vez Marruecos o Tánger. Es un telefilm de bajo presupuesto, que no pasará a la historia por su calidad interpretativa o de contenido. Estuve en este rodaje, tras la silla del director, durante la semana escasa que estuvieron allí. Comí con ellos en el improvisado comedor en el patio del entonces Colegio Valcárcel (o quizá fuera en Capuchinos), en una carpa enorme instalada con mesas y más mesas. Comí junto a Nickolas y frente a la chica de maquillaje, y lo pasé de fábula, compartiendo risas y cotilleos del rodaje.
Nickolas fue todo un encanto, muertecito de calor bajo el inclemente sol de un Agosto de esos que ya apenas se ven, de sol picajoso y extenuante.
Hablaba perfecto español, a pesar de que no le hizo falta demasiado para su papel de Lorca porque fue doblado en la pequeña pantalla, pero le fascina la cultura española, y recuerdo que me confesó que jamás había estado en Cádiz pero sí en algunos otros puntos de nuestra geografía y que le encantaba nuestra cultura.
Nickolas me pareció un hombre con los pies en la tierra, disfrutando de su recién hallada "fama"dentro de nuestras fronteras. Probablemente haya sido uno de los mejores papeles que ha interpretado este actor inglés relegado a papaeles secundarios y de televisión, aunque tiene tablas en el teatro, muchas tablas, incluso desde la silla de dirección.
Aquí os dejo la foto que nos hicimos aquel día, él de blanco impoluto y chanclas caleteras. Yo de negro riguroso y con un tipín que ya me gustaría tener de nuevo... Ah, aquellos maravillosos años... (y esta vez con gafas de montura metálica).


A UN ARBOL


Hay un árbol frente a mi ventana.

No es un recio olmo, ni un poético ciprés ni tampoco un vulgar pino.
Es simplemente... un árbol. No es alto ni corto. Un árbol de ciudad.
No sé en qué momento ha cambiado el color de su hoja. Habría jurado que tan sólo ayer eran intensamente verdes, pero hoy se mueve al son de la brisa con sus hojuelas doradas, algunas de un reticente amarillo tan áureo como el esquivo sol de Noviembre.

Es otoño y se desnuda ante mí, ante todos, sin pudor. Incluso hace honor a la impecable calva que comienza a despuntar en sus ramas más altas y sus secos deditos parecen saludar desde el otro lado del cristal como un niño travieso.


Es sólo un árbol. Testigo inamovible de mi vida.

martes, 14 de octubre de 2008

MI BSO


Hoy me apetecía escucharlos, llevo días tarareando las canciones que aprendí cada sábabado por la tarde, o cada Domingo... aunque finalmente no he tenido tiempo. Están conmigo desde los tiempos de la tele en Blanco y negro, los Lps originales de Los Payasos, y el de Pippi, en español, por supuesto.

Nunca habrá otros Payasos como estos (los únicos que no me dan miedo), con sl Sr. Chinarro siempre a la zaga, su audiencia en directo de niños de pantalón de campana y cortes de pelo idénticos. Esas canciones que aún hoy suenan en las ferias de la España más profunda.
Y Pippy, la niña bohemia, madura para su edad, con su mono y su casa, y su caballo y ese policía tan tonto, y la nieve y las aventuras...
No, nunca habrá otras series como las que vivimos, ni unos Payasos tan entrañables y tan de andar por casa.
Pero siempre nos quedará la musica...