miércoles, 21 de enero de 2026

Cuando en Irlanda la anticoncepción era ilegal

 

Cuando llegué a Irlanda en 1997, mi hostmum me comentó que tan solo unos años antes, comprar condones no estaba permitido si no era con receta médica -como la píldora- y además tenías que estar casada/o y tener una buena razón para que te los recetaran. Desde 1935 y hasta 1993. Tan solo 4 años antes de mi llegada.

Sin embargo, este cambio en las libertades y derechos de los ciudadanos de poder adquirir métodos anticonceptivos sin necesitar acudir a un médico ni buscar el beneplácito de la "santa" madre iglesia, comenzó a forjarse en 1968 gracias a una simple ama de casa llamada May McGee.

Cuatro embarazos en menos de dos años casi acabaron con su vida, los médicos le dijeron que otro traería fatales consecuencias y la prevención por métodos no naturales era ilegal y casigados con prisión nada menos.

May tuvo su primer embarazo a los 24 años. Padecía preeclampsia, con la tensión a nivel estratosférico y el riesgo de que le diera un ictus o le fallaran los órganos o falleciese. Tanto ella como el bebé sobrevivieron pero se le aconsejó no volver a tener más hijos. Pero a los pocos meses, se volvió a quedar embarazada. Y luego otra vez. Y una más. En su tercer embarazo se desmayó y estuvo en coma cuatro días, al borde de la muerte.

Solo un médico se atrevió a hacer lo que éticamente debía aunque la ley lo prohibiese: le prescribió espermicida y un diafragma pero al ser ilegal en el país, MAy yu su marido las pidieron de UK pero Aduanas interceptó el paquete y a los pocos días les lelgó una carta avisándole de que cualquier otro intento de obtener métodos anticonceptivos, terminaría punitivamente.

Por entonces May tenía 27 años y muchas ganas de vivir y ver crecer a sus hijos. Tampoco su marido quería verla en un ataúd. En la Irlanda de los 60 muchas mujeres morían debido a este tipo de enfermedades, sus cuerpos desgarrados en partos sucesivos sin medida ni control. La iglesia católica, tan santa ella, prefería ver a las mujeres morir y a sus hijos huérdanos antes que permitir controlas la natalidad. 

Las opciones de la familia McGee eran solo dos: morir durante un nuevo embarazo o desafiar a la ley y acabar en prisión. El aborto, divorcio y la contracepción eran tan ilegales como robar o asesinar. Y las mujeres tenían que aceptarlo.

Ah, pero a May McGee no le dió la real gana y decidió, con la ayuda de su médico y la Asociación de Planificación Familiar llevar a los tribunajes al Estado alegando que prohibir los métodos anticonceptivos vulneraba sus derechos constituionales de privacidad y autonomía marital.

En 1971 el Tribunal Supremo tumbó la demanda y decretó que la prohibición era constitucional. May y su marido apelaron al Tribunal Superior con la siguiente premisa: ¿Tenía derecho el Estado a forzar a una mujer a arriesgar su vida denegándole acceso a la contracepción? El equipo legal de los McGee defendió que las parejas casadas tenían el derecho constitucional de tomar decisiones privadas sobre su familia sin la interferencia del Estado.

Durante el juicio se le preguntó a su marido Shay, un devoto católico, cómo se sentíría si su mujer tomaba anticonceptivos. Su respuesta fue clara: Prefería verla tomando anticonceptivos a tener que ir a verla al cementerio.

El 19 de diciembre de 1973, el Tribunal Supremo decidió en favor de los McGee por 4 votos a favor y 1 en contra, bajo la premisa de que la Constitución Irlandesa pretegía los derechos a la privacidad matrimonial y esto incluía el uso de contraceptivos. La prohibición de 1935 era inconstitucional, una decisión totalmente transformadora desde el punto de vista social en la historia del país, dejando una brecha en un sistema que basaba su ley en la moralidad más arcaica.

Sin embargo, aún habrían de pasar unos años para legalizar los "métodos" anticonceptionales. Los políticos retrasaron la decisión y no fue hasta 1979 que los casados podían conseguir anticonceptivos de manera legal con receta médica. En 1985 los adultos no casados pudieron comprar condones y en 1993, la friolera de veinte años después de la decisión judicial, se acabó todo tipo de restricción: ni estar casados, ni recetas, ni excusas (obviamente para la píldora a día de hoy es necesario tener receta por las implicaciones médicas, como en la mayoría de países).

Como dato a añadir, una semana después de ganar el juicio, la familia acudió a misa en su parroquia. El cura desde el púlpito los señaló nombrándolos a gritos como terribles pecadores amorales. Ni que decir tiene que May y Shay se levantaron dignamente y se fueron para nunca volver.

A partir de ahí su vida no pudo ser más normal. Crió a sus hijos, fue una mujer normal, no se convirtió en famosa a pesar de que su logro fue uno de los mayores en un país pacato y anticuado. Murió silenciosamente en 2024 a los ochenta años. No una celebridad, no una revolucionaria. Simplemente una mujer luchando por su propia supervivencia.









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